¿Es hora del Preparacionismo?

En lo que llevamos de año han pasado tantas cosas que la verdad, ya no sé qué pensar. Se podría decir que estoy totalmente ensimismado, descolocado, desenfocado o mil cosas más. Pero en el fondo, los dos sabemos que no es así ¿Verdad?

Verano del 2020, hoy volvemos a superar los 30ºC y la verdad, no me importa.

Apenas son las seis de la tarde y el café, o más bien lo que queda de él, ya está frío. Quizá otro día cualquiera esto habría sido motivo de conversación, pero hoy precisamente y tras la noche vivida, carece de importancia..

Estoy cansado, ciertamente, Entre la calor estacional y no haber podido pegar ojo después de lo acontecido… Casi que pido otro café.

02:30h, mientras intento buscar la posición para sentir el airecito que ocasionalmente entra por la ventana, escucho una detonación. No sé si estoy profundamente dormido o es la imaginación, y el cansancio que arrastro por las calores del verano.

¡Bum! Otra detonación… ¡Bum! ¡Bum! Dos más. Estoy confuso, sobresaltado ¿Estoy soñando?

Parece tan real… Pero ¿Petardos a estas horas? No, el sonido es diferente, no logro identificarlo. Vuelvo a cerrar los ojos, pero no puedo dormir, ¿O quizá sí? Me siento confuso, anoche me tomé un anti inflamatorio para el dolor de talones y me ha pegado fuerte. Bueno, la verdad es que últimamente me duele todo por poco que haga. ¿Será la edad? ji ji.

¡Bum! Ahora sí, no es la imaginación. Pero sigue siendo muy extraño, es como si explotase algo dentro de una piscina. No sé, como una detonación ahogada. Nada que ver con el típico ¡Boommm! seco…

Una extraña luz ilumina tímidamente la estancia, intermitentemente, pero irregular. Hay que levantarse, pero me siento desorientado, no encuentro la ropa, es la primera vez que me pasa esto, no encuentro nada. Pero tengo que salir y mirar.

Me asomo a la ventana y me sorprende un resplandor , tengo que salir a la terraza, sigo sin encontrar la ropa. En este punto me da igual, mil pensamientos se agolpan en mi cabeza y temo que ninguno bueno.

Avanzo torpemente por el pasillo, la oscuridad es total, pero aun así, logro alcanzar la puerta y abrirla con celeridad. Un golpe de luz cegadora impacta contra mis ojos en el justo instante en el que sólo pienso una cosa ¡El Barranco! ¡Joder, el Barranco!

En el transcurso en el que la puerta se abre, en lo que dura ese pequeño espacio de tiempo, la sospecha da paso al temor y éste, al terror. Si el Barranco está en llamas, hay que abandonar la casa ¿La Casa? No, toda la urbanización tiene que abandonar sus hogares ya mismo, sin pensar, sin dilación, sin esperar un minuto antes de que toda la zona sea pasto de las llamas.

Ah! Perdón, olvidé comentar que vivimos en una montaña, rodeados de barrancos que actúan como verdaderas mechas incendiarias que y como ya te puedes imaginar, nadie se hace cargo de su mantenimiento… Esto es un verdadero polvorín en espera de una oportunidad, sólo una, para desencadenar una catástrofe sin precedentes de esas que luego todo el mundo, desde sus cómodas oficinas, dirá lamentar.

Pero no, en realidad nadie lo hace. Los barrancos discurren como un caprichoso entramado de arterias que recorren todo el término municipal, abarrotados hasta la saciedad de cañas, zarzas, y miles de especies más…

Sin saber cómo, estoy en la terraza, con el teléfono en la mano, marcando el número del Centro de Emergencias, el famoso 112. Mientras lo hago,  siento un extraño alivio al descubrir el origen de aquella luz, no es el Barranco.

A tan sólo unas decenas de metros, 50 quizá, una tremenda y compactada, casi esculpida columna de humo, se pierde en la infinita noche. Una voz rompe el silencio pocos metros más allá, es una vecina diciendo a voz viva que el 112 ya está avisado. Corto la llamada y reacciono, el coche de mi venido está en llamas. Tengo que llamarle ya mismo.

Volviendo sobre mis propios pasos, enciendo las luces del pasillo que antes había tenido que adivinar y llego hasta la habitación, necesito ropa, tengo que salir rápidamente. En cuestión de segundos, estoy nuevamente fuera, bueno, casi. Al otro lado de la valla, una voz, la de mi vecino, el dueño del coche en cuestión, que me advierte: ¡Raúl, la mascarilla!

Es curioso, pero en una situación de alarma así, en lo que menos he pensado es en la famosa y ya omnipresente mascarilla. Así que una vez más, he de volver sobre mis pasos. Es como si alguna fuerza oculta me impidiese reaccionar, ¿El medicamento quizá? Seguro que sí.

La temperatura ha bajado bastante, se está de lujo al exterior. Y el viento, bueno, la verdad es que no sopla nada de nada.

No sé cuántos minutos han pasado ya, pero por fin estoy en la calle. Con suma cautela, bajo torpemente por la gravilla. Por cierto, lo único que hay asfaltado es la general, así que ni te cuento lo que es convivir con un camino de piedra.

Unos metros más abajo encuentro a mi vecino, inmóvil, en silencio, contemplando la dantesca escena sin poder hacer nada. No sabría cómo explicarlo, pero ni parpadea mientras su coche es pasto de las llamas.

Respetando su silencio, me sumo a la observación.

La zona está llena de broza seca (hierba) y los árboles de alrededor son una bomba de relojería. Se adivina un chorro de agua que sale tras una verja para morir en aquella masa de hierros devorados ferozmente por la danza del fuego. Como si de una extraña reunión se tratara, todos los vecinos nos hemos congregado alrededor, temerosos y como prohibiendo que aquello escape del lugar. Nuestras casas, nuestras familias, nuestras vidas, todo depende ahora de aquellos apenas 3 metros cuadrados de infierno.

El agua sigue cortando el aire para misteriosamente, desaparecer. La Guardia Civil más abajo y el motor de un gran vehículo que se acerca. Son los bomberos, ya están aquí.

A partir de este instante, hipnotizados quizá por las luces azules que transforman la columna de humo en un espectáculo de colores, todo cambia. Es como si aquellas almas, decididas por entrar en combate sin dudar un sólo instante y armadas por la potencia desgarradora de la magia del agua, llegasen para salvarnos.