Cosas del Verano

Domingo 16 de junio de 2019.

Llevo una semana de lo más extraña. Si bien durante la noche del viernes los mosquitos se pegaban todo un festín a mi costa, hoy es el humo de un pequeño incendio el que se ceba conmigo.

Y así es como empezaba un domingo que prometía ser de lo más relajante, pasando de un desayuno copioso y sin ninguna prisa por levantarme de la silla, a vivir una intensa mini aventura totalmente impredecible.

Todo empezaba a eso de las 12:40h, cuando salía por la puerta de casa con la única intención de bajar al pueblo, tomar un café y aprovechar para plasmar algunas ideas para la presentación de mi primer libro de aventuras y al que estoy dedicando tanto esfuerzo, ilusión y cariño «Expedición Virgen de las Nieves».

Al paso de las casas de mis vecinos, iba pensando en cómo cada uno de ellos vivía los fines de semana, ya en época estival, con las piscinas llenas, limpias y las barbacoas a punto.

Justo en esta época, por qué no decirlo, es cuando familia, amigos e incluso conocidos, se animan a hacerte una visita. Ya sabéis, nada como un día de campo alejado de la ciudad.

Ya a punto de salir de la urbanización y en eso que te giras por si viene algún coche (aquí van muy rápido, pese a los límites de velocidad) cuando diviso una columna de humo blanca justo al otro extremo.

Siendo domingo, sé que está prohibido pegar fuego, pero ya sabes, a muchísima gente las prohibiciones les de igual.

Al llegar a la carretera principal y cambiando el sentido de la marcha, veo como de la columna de humo sale una más estrecha, de mayor virulencia y en este caso, negra como el tizón.

Aunque mis conocimientos sobre incendios no dejan de ser básicos, sí que conozco el significado de ambos colores, siendo el blanco el que corresponde a la quema de vegetación y el negro a la de productos químicos, plásticos o acelerantes (gasolina, por ejemplo).

Y justo en este punto es cuando saltan todas las alarmas ¿Otro incendio? Pues sí, así es. 

Vivo en una zona de pequeñas montañas divididas entre sí por un sin fin de barrancos que la verdad, vistos desde el aire deben parecer un laberinto de lo más divertido, ji ji.

El caso es que todos sabemos que el fuego va más rápido en sentido ascendente, los barrancos que pertenecen a la Confederación Hidrográfica del Júcar están llenos de cañas (vamos, mantenimiento nulo) y por consiguiente, resultan ser como una larga mecha que pondría en peligro tanto al pueblo como a la mayoría de núcleos diseminados (aquí se hacen llamar urbanizaciones) que hay en la zona en caso de que algo se vaya de las manos. Vamos, esos típicos días de calor asfixiante, con vientos de poniente y algún «tiparraco» sin ningún tipo de escrúpulos y con ganas de hacer mucho daño.

Y este es el caso de la mía, que con unos 200 chalets repartidos en dos montañas, están expuestos a los caprichos del primer «Pirómano» o irresponsable al que se le ocurra pegar fuego, ya sea intencionadamente como accidental. Entiendo que arrojar una colilla encendida desde un vehículo, implica presuponer que puedes causar un incendio ¿Verdad?

Vamos, blanco y en botella, leche.

Entre pensamientos, suposiciones y ya en el casco urbano, donde el humo había alcanzado las calles con su característico olor y tras haber llamado a la Policía Local, me da por acercarme al origen de las llamas, evaluar en primera persona la situación y por primera vez, compartirlo en las redes sociales.

Ignorante de mí, algo con lo que no había contado y que es primordial en estas situaciones, era tener en cuenta la dirección del viento y por tanto, avance del fuego. Así que mientras grababa, escuchaba cómo las hierbas explotaban pasto de las llamas y caminaba con la piel de gallina, me encontré con el frente del incendio, frenazo tan sólo por un ribazo y un pequeño campo sin cultivar que hacía de cortafuegos.

¡Madre mía! ¡A quién se le ocurre!

Supongo que justo así es cómo se producen la mayoría de accidentes, simplemente respondiendo a la curiosidad humana.

Una vez situado y a una distancia insultantemente insuficiente por lo que pudiese pasar, me encuentro totalmente solo. Bueno, en realidad es imposible saber si al otro lado había alguien más, lo único cierto es que el avance de las llamas se había detenido ante mí. Pero… ¿De verdad?

Te puedo decir que pese a que el tiempo se cuenta en segundos, los pensamientos van mucho más rápido en estas situaciones, así que mi reacción fue contactar con el 112, vamos, el número del centro de coordinación de emergencias.

En este punto y tras una rápida conversación, surge una duda. ¿Ambos tenemos las mismas informaciones?

¿La respuesta?  ¡No!

Mientras que para el 112 sólo hay un conato de incendio en un campo abandonado y situado cerca de una cooperativa, para mí hay un incendio a 3 ó 4 metros del fondo de un barranco infestado de cañas y el cual no tiene ningún tipo de mantenimiento, las cosas como son.

A los pocos segundos y tras ampliar la información al 112 con mi visión del incendio, escucho la sirena de un coche de la policía local, escoltando a su vez a un camión de bomberos hasta el mismísimo barranco.

No sabes la sensación de alivio sabiendo que en el caso de que las llamas alcancen las cañas, esto habría sido un desastre. Al igual que casi lo fue el año pasado cuando 200m más allá y en el mismo barranco, el fuego sí que se originó (presuntamente) en las propias cañas.

De entre el ya no tan espeso humo veo aparecer la silueta de un tipo, bueno, más bien veo algo naranja que emerge de la nada, llega hasta casi mi posición por el mismo caminito de tierra en el que estoy y antes de decir hola, contacta con los del otro lado del humo para informar de la situación.

A partir de aquí, paso a ser un mero observador, en esta ocasión, de todo el operativo. Aparece un segundo bombero arrastrando una interminable manguera de agua, poco después un tercero, y a los pocos segundos, otro más con una tablet desde la que iba haciendo fotos. Finalmente y por el mismo camino que había llegado un servidor, un vehículo en el que rezaba «Agente Medioambiental» o algo así. 

Y a los pocos segundos justo detrás de él, un grupo de jóvenes ciclistas del pueblo, atraídos supongo que por la misma curiosidad que yo y que sin saberlo, podrían haber corrido la misma suerte que un servidor en caso de que se hubiese reavivado el fuego, claro.

Tras esta inesperada historia y ya en busca (por segunda vez) de mi primer café, una pregunta se instala en mi cabeza ¿De verdad que en el pueblo nadie se ha enterado? ¿Y en los chalets?¿Y si todo se hubiese desmadrado?

Y volviendo a la misma pregunta que cuando salí de casa ¿De verdad que mientras unos piensan en piscinas, barbacoas y paellitas, el trabajo de otros es cuidarlos a todos sin que ni ellos mismos lo sepan?

Y así de curiosas son nuestras vidas y día a día, para que vivamos tranquilos, hay gente que se dedica a cuidar de nosotros «Siempre». Ya sea un cuerpo de seguridad del estado, un guarda rural, un bombero o en muchos casos, un simple voluntario que no duda en ofrecer su tiempo en beneficio de ajeno.

Bueno, es hora de terminar el café, llegar a casa y pegarme una ducha. Huelo tanto a humo que tiro para atrás 😉