La Noche más Oscura
Reconozco que soy de los que creen que en esta vida todo pasa por algo, aunque si te soy sincero, en muchas ocasiones no sé ni el por qué, ni debido a qué, y ni tan siquiera si tiene algún sentido para mi. Pero pasar, te aseguro que pasa.
Parece que los astros han vuelto a alinearse y la calor de este interminable verano tiene los días contados.
Aunque se resiste durante las horas diurnas, admito que ya no aprieta tanto y que al llegar la madrugada, hace frío. Mi cuerpo lo ha notado y he recuperado casi toda la energía.
Con estos cambios y el anuncio de las primeras nevadas en el Pirineo, la propuesta de lanzarme a vivir el último capítulo de la Virgen de las Nieves vuelve a estar sobre la mesa.
En esta ocasión y tras seguir de cerca la espectacular trayectoria de Raúl Vida, un joven montañero de Barcelona que podéis encontrar en fb y que sorprende continuamente con sus espectaculares conquistas y fuertes valores, he creído que sería muy bonito que alguien así formase parte de esta aventura.
De hecho en cuanto le participé de la propuesta me dijo que sí de inmediato, lo cual me honra 🙂
Pero no pasarían muchas horas hasta que los caprichos del destino volviesen a reclamar mi atención y aplazar nuevamente mis planes.
Como ya sabéis, creo firmemente que en esta vida todo pasa por algo y por supuesto, no tardé mucho en descubrir el por qué.
Y así es como he llegado a vivir una de estas curiosas y en este caso concreto, insólita situación.

Desde la Sexta
Son pasadas las 18h, pese a estar en pleno otoño y a las puertas de una alerta naranja por lluvias torrenciales, el día ha sido más bien caluroso. Hoy mis pasos me han llevado hasta un lugar especial que ofrece unas excelentes vistas del paisaje, con el mar a un lado, las montañas al otro y una extensa y curiosamente nivelada llanura, entre ambas.
Bajo la protección del cristal, puedo detener la mirada cuantas veces quiera para recrearme en observar lo que ocurre ahí fuera, no hay prisa. Y es curioso, porque el tiempo a este lado se detiene y todo funciona a otro ritmo, de hecho parece que vivamos en un mundo aparte.
Ha transcurrido poco más de una hora desde que llegué y algo se ha pasado por mi mente de manera más que fugaz, sutil.
Es cierto que no es la primera vez que estoy en un sitio así, en unas ocasiones como “cliente” y en otras como “acompañante”, de hecho en esta ocasión siento que ni una ni otra. Hoy soy un simple observador.
¡Ah! Y tampoco es la primera vez que escribo un artículo inspirado en este sitio, curiosamente lo hice en el año 2014 y fue justamente una planta más arriba, en la Séptima. Curiosamente además, ese fue el título del escrito “Desde la Séptima…”
Pero no, esta vez es todo un tanto diferente.
Si ya sabes algo de mi o te has pasado por la Bio del Blog, descubrirás que tengo una vida un tanto diferente, incluso podrías ver como extraña. Funciono a otro ritmo, vivo sin horarios e intento tener las menos ataduras posibles.
Voy de aquí para allá y además de trabajar en las cosas más dispares (tengo cierta facilidad para desenvolverme en cualquier situación) viajo, escribo y hago fotos, ji ji.
Pues bien, esta misma mañana se me planteaba el cuidar a una persona de avanzada edad, en el hospital donde esta ingresado ya varios días.
Aquejado de una enfermedad repentina y una infección de lo más inoportuna, el cuadro médico que presenta es de lo más pesimista. Supongo que muchas veces unas son desencadenantes de las otras.
Llevo varias semanas siguiendo la evolución de lo que pasa, pero aun así no me lo pensé y dije que sí.
Por cierto: He decidido omitir tanto los datos personales como el parentesco o relación que pueda tener con este paciente o su familia. Ya sabéis, por respeto y por ética.
Pero quería trasladaros lo que estoy sintiendo ante como ya he dicho, una situación extraña para mi y estoy seguro que para ti, también.
Y en este punto es cuando digo ¿Qué pasa cuando sabemos que nuestro tiempo se está consumiendo? ¿Viene a nuestra mente la estúpida frase típica de que sólo te arrepientes de lo no hecho?
¿O quizá todos los recuerdos acumulados pasan ante nuestros ojos casi apagados?
Estoy sentado ante él, y él está tumbado ante el creador, paciente, sereno, tranquilo, esperando ese último aliento con el que abandone lo que conocemos como Vida.
Sí, es una situación extraña. Aquí estamos los dos, esperando que pasen las horas, viendo el tiempo como las caras de una moneda. Para uno es una cuenta atrás, para el otro, unos días, unas horas o unos minutos más. Todo es incertidumbre.
Ante mi presencia, un hombre con más de 8 décadas a sus espaldas.
Un desconocido que espera ser juzgado por algo que se nos escapa de la mente, por un ser superior o simplemente por la nada.
Ya no importa, nuestra opinión es irrelevante, todas esas personas que formaron parte de su día a día son solo un recuerdo, todas aquellas que en algún momento se cruzaron, una simple anécdota insignificante.
No somos nadie, amigo, no somos nadie, amiga. Pasamos la vida quejándonos de todo, viviendo de rodillas bajo sistemas económicos en los que somos simples números, máquinas independientes de hacer dinero para enriquecer a los de siempre y, por supuesto, por mucho que ganes en esta vida, aquí se quedará todo.
Como dicen en mi pueblo, nunca serás el más rico del cementerio.
Necesito un descanso, el sol está cayendo por el horizonte y las horas de luz están contadas. Eso es lo único que sé seguro.

Necesito un Café
La tarde ha sido intensa, los enfermeros gestionan tantas tareas que podría decir que apenas hemos estado solos. De verdad, creo que es algo de agradecer en estas circunstancias. Y no por mal, sino porque como digo, es todo un tanto extraño.
Pero a medida que se acerca la noche, ese ir y venir se va desvaneciendo. Los sonidos se van espaciando y la intensidad de los mismos, también.
Me estoy preparando para abandonar la habitación por unos minutos, justo lo que me lleve atravesar todo el ala (pasillo) y llegar hasta una pequeña sala en donde se dan cita un par de ascensores, los cuartos de baño, una máquina de bebidas que también ofrece algo que comer y mi favorita, la del café.
A primeras podría parecer una sala normal, pero ya te digo que no es así. Estamos ante una gran cristalera, esa con la que empezaba esta historia y la cual me ofrece ahora un espectáculo totalmente distinto. El día se apaga, las sombras avanzan rápidamente desde las lejanas montañas y miles de lucecitas dibujan un mapa estelar, confundiendo el cielo con la tierra. Es pura magia.
Pero no son esas luces las que más llaman la atención, sino las de la maquinita que tengo ante mi y que por unas monedas va a satisfacer mis ganas de café.
Siento que esto ya lo he vivido y es así, la misma sala, el mismo café, las mismas horas y el silencio… Demasiado quizá.
Siento un escalofrío, pero no tengo miedo. Estoy solo, el calor del que tanto me quejo ha desaparecido y mi piel busca ahora la protección de ropa más confortable y cómoda. Ha bajado la temperatura, supongo.
No pienso en nada, la mente se ha quedado en blanco y una dantesca escena se pasa por mi cultivada imaginación.
¿Estaré quizá aquí esperando a la muerte mientras tomo un café? ¿Es esto lo que me inquietaba todo el tiempo? ¿Estaré presente en ese justo momento en el que mi nuevo y desconocido amigo se vaya?
Te lo aseguro, aunque te parezca fuerte, son miles las preguntas que se te pueden pasar por la cabeza en un instante, y cada una, más desconcertante que la anterior.
Pero lo sé, una cosa es pensar y otra ser capaz de darle forma a través de mis escritos. En este punto te voy a contar algo, mientras escribo, siento que no estoy solo, siento que tengo alguien con quien hablar y compartir este momento. Siento que estás ahí.
Así que te doy las gracias, sin más, porque tengo el corazón en un puño y gracias a todo esto, acabo de descubrir cual es mi papel en este momento, en este hospital, en esta planta y con este hombre. Que se sienta acompañado en estos últimos pasos en lo que ha sido su camino por la Vida.
Quizá no sepa que lo acompaño, pero no voy a soltar su mano.
Quizá no sepa que estoy aquí, sólo él sabe dónde está en estos momentos.
Quizá cuando ya no esté, no haya nada más. Pero no es importante, al final me tuvo a mi.
Pero ¿Verdad que tampoco yo sé si me estás leyendo o no? Nada hay verdaderamente importante en esta vida, sólo lo que sentimos y en lo que creemos. Y por eso me siento mejor, porque creo que estás ahí, conmigo.
Aun así, siento nervios en el estómago. Cuanto más escribo, más intensos son. Pero no dejo el café, siento el calor del oscuro brebaje en mi mano y me recuerda dónde estoy.
Y por el momento, no puedo terminar este artículo. Por un lado me alegro, porque aunque la muerte ronda, todavía no se lo ha llevado. Por el otro, porque eso mismo, mientras en su corazón siga la llama de la vida, esta historia no tendrá final.
Yo le acompaño, él dicta las palabras.

Pre Amanece
Sí, a estas alturas del año los días son más cortos y a las 07:15h todavía es noche cerrada.
Pero ya sabéis que en la sala de un hospital los ruidos se intensifican a partir de estas horas, justo antes del cambio de turno, que es sobre las 08h de la mañana.
Puertas que se abren, otras que se cierran, carritos llenos de material médico que recorren los largos pasillos, luces que alteran la tranquilidad de esa cierta privacidad que te brinda cada habitación y voces que rompen el silencio.
Empieza una nueva jornada y eso significa que es hora de un buen café… Bueno, tiramos de maquinita, elegimos uno con sabor a avellanas y no seremos muy exigentes 🙂
¿Os imagináis cómo me sentí hace unas horas cuando pensaba que estaba tomando café en la noche más oscura? El destino es incierto, así que tendrá que esperar un poco más para llevarse a mi amigo.
Y ahora sí, el ritmo frenético en el exterior está en pleno apogeo, decenas de trenes pasan ante mis ojos y un goteo constante de vehículos se deslizan por las principales arterias periféricas de la ciudad del Túria. Tremendas lenguas de asfalto que lo cubren todo.
¿Sinceramente? El paisaje es aterrador. No importa hacia donde mire desde mi gran ventanal, ese que horas antes me ofrecía tan espectaculares vistas. No sé cómo interpretar tanta contaminación, vivo en la más viciada de las atmósferas.
Me siento ridículo, la verdad. Anoche estaba tan preocupado por la llegada de la muerte imaginándola como un ser mitológico, algo así como una sombra más intensa que la propia noche, o quizá como una nube de humo espeluznante. Pero, no, la verdad es que me equivocaba y estaba en lo cierto al mismo tiempo.
Con las primeras luces, ante todo lo que veo y que osan llamar civilización, progreso y muchas otras estupideces, soy consciente de que en realidad la muerte, somos nosotros.
Nosotros la provocamos, nosotros destruimos el entorno a costa de absurdas excusas, nosotros contaminamos el aire, nosotros contaminamos el agua, para despues venir a este lado del cristal a que nos curen. Cínicos ¿Verdad?
No era un ser diferente ni oscuro, no. Somos nosotros mismos, una sociedad hipócrita que se envenena cada día. Mientras unos te castigan, otros se enriquecen. Mientras unos luchan, otros se malvenden por unas monedas. Mientras unos nacen, todos morimos en la más triste y absurda soledad. Y digo nosotros, no otros.
Vuelvo a observar a mi amigo, paciente, relajado, apagándose poco a poco y me pregunto ¿Tan seguros estamos de quién es quién? ¿Estará pensando lo mismo de nosotros?
Porque te digo, él ya ha vivido su vida, nosotros no.

20 segundos… Seguimos
La noche ha sido un tanto larga, supongo que es lo que pasa cuando el cansancio va haciendo mella en tu estado físico y la situación general, en el emocional.
Y supongo que esto es así. No solo estamos acompañando a nuestro amigo en su lucha por la vida, también y sin poder evitarlo de alguna manera, nos involucramos en otras historias de la propia sala, conversando con esos familiares que siempre encuentras a tu paso en las muchas idas y venidas que van sumando metros en los pasillos.
Con esas personas con las que además coincides en la cafetería, o incluso más allá del lugar, con esos momentos de soledad y profunda reflexión en los que acabamos navegando sin saber cómo salir ni por donde. El tiempo se detiene, el silencio se apodera de nuestros sentidos y de repente, somos meros espectadores de eso mismo llamado Vida.
Hoy es mi cuarto día entre estas paredes, sin contar los previos de visita. Han sido tranquilos, la verdad. Y superadas las primeras fases de estar en un mismo lugar sin poder abandonarlo, perdón, sin deber hacerlo, ya lo siento como un pequeño hogar.
Supongo que te sorprenderán mis palabras, pero hay que estar aquí para vivirlo, aunque quizá hayas pasado por algo parecido y directamente pienses “yo también lo sé”.
Durante esos pequeños descansos que me voy tomando para estirar las piernas, hacer algún estiramiento, tomar un café o simplemente despejar la mente, he recorrido todo el Hospital de bloque en bloque.
En este punto tengo que decir que tenía una gran motivación. Una de las enfermeras me dijo casualmente y tras una charla en la que hablábamos de las largas colas que se forman en la cafetería, que en cada bloque podía encontrar una diferente.
Bueno, que me digan eso es música celestial para mis oídos, ji ji.
Así que con ese subidón de motivación y el sentimiento que sólo un explorador conoce, me lancé a conquistar todas y cada una de ellas. Pero como todo en esta vida, lo bueno acaba rápido y mi decepción por no haber contrastado la información de dicha enfermera, fue más que evidente nada más descubrir que de cafeterías en cada bloque del Hospital ¡Nada de Nada!
Es decir, o la mujer estaba confundida por las maquinitas de café que sí que hay por doquier, o todavía se estará riendo de mí (quiero pensar lo primero, ji ji).
Pero todo tiene su lado positivo y ese es con el que me quedo. Hice un tour por todo el Hospital al tiempo que estiré las piernas y despejé la mente, incluso me atreví a asomarme a la puerta de la calle, pero esto sí que fue una mala y desagradable experiencia.
Si en este país tenemos una interesante costumbre, esa es la de fumar en puertas de colegios, de cafeterías, de paradas de autobús y por supuesto, de puertas de hospitales.
Sí, así es. En mi caso no fumo ni he fumado nunca, de hecho es algo que me molesta y mucho. Pero además de esto, me irrita y mucho el desprecio que muchos fumadores tienen hacia el civismo.
Esto es algo así como el que está fumando en la parada del bus y suelta la última bocanada en el momento que está entrando al vehículo. Y por supuesto, tira el humo dentro, claro.
Y ya no hablemos de esa gente que de higiene personal, cero. Su ropa huele a tabaco, su pelo huele a tabaco, sus manos huelen a tabaco y su aliento, ni te cuento. Pero no hablamos de cualquier fumador, sino de esos en los que el olor es rancio, viciado, putrefacto. Después se meten en los ascensores, claro.
Pues que lo sepas, está lleno y encima son los primeros que reclaman respeto hacia ellos. Increíble*
*Aquí es cuando soy diplomático y no utilizo la palabra “Hipócritas”
Pero sigo con este extraño viaje que más que promover un destino, se basa en la propia vida.
La noche ha sido larga, muy larga y las maquinitas de los múltiples goteros, lejos de ser mis amigas, acaban siendo una pesadilla. De hecho es como si tu cerebro se programase para despertar antes de que piten y así, evitar sobresaltarte en mitad de la noche. Pero bueno, forma parte del juego.
Son poco más de las 07h y queda menos de una hora para el cambio de turno. El enfermero que ha estado llevando el tema esta noche se despide de mi. Un tipo bien parecido y con una sonrisa de esas que ofrece simpatía y seriedad al mismo tiempo.
La verdad es que no puedo decir nada malo del equipo en cada turno, son muy amables en todo momento y siempre están ahí para todo.
Decido vestirme rápido y hacer una escapada a la cafetería. Seguro que hoy soy el primero en llegar.
Me dijeron que a las 07:30h abrían las puertas, pero descubro que tan sólo 5 minutos más tarde, ya hay un montón de gente haciendo cola. ¡¡¡Ploff!!!
Vaya, me toca esperar, a continuación tomar rápido el café y salir corriendo a lo que me ha motivado salir de la habitación tan pronto, hacer una foto del amanecer.
Pero no he tenido suerte, la atmósfera está tan cargada de humedad y hay tantas nubes que aunque no logro ver el sol, sí a una vecina de casa que trabaja aquí y con la que tengo la oportunidad de charlar un ratito.
Una cara conocida siempre es de agradecer.
De vuelta a la habitación y apenas transcurrida una hora más, aparece un tipo alto, serio, tranquilo y con una etiqueta en la bata que dice “Médico”.
Con una voz suave y muy tranquila pregunta por cómo ha pasado la noche mi protegido. Revisa unos papeles, hace unas cuantas preguntas e inspecciona los monitores y sus etiquetas.
Tras un par de minutos, me pide amablemente que salga con él. Bueno, esto suele ser así. Los médicos evitan hablar delante del paciente, independientemente de que éste pueda entenderlos o no.
Bueno, en lo que calculo que fueron 20 segundos y pese a que sé que no debe afectarme, esa misma voz suave y tranquila me dice lo que piensa de manera tan directa que no llego a reaccionar.
Es así, en los tiempos que corren la sinceridad es algo que escasea y mucho. Se agradece, pero creo que a estas alturas, no estamos preparados.
Y así es como sentí que acababa de despertar a una realidad diferente que confirmaba todo lo que te contaba cuando empecé a escribir esta Historia.
Las cartas están echadas, una puerta abierta y el reloj con las arenas del tiempo, dejando caer sus últimos granos…
Puedo sentir su respiración, puedo sentir cómo la fuerza abandona su cuerpo y puedo sentir que algo está de camino. Pero también veo esa llama en su interior, esa luz que se niega a sucumbir a la oscuridad y ese destello de vida que no entiende la derrota.
Sigo estando aquí, a tu lado. Tú lo sabes, yo lo sé.
Es hora de un nuevo café.

Otro día más… Incertidumbre.
Han pasado 13h desde que me levanté, todo sigue igual. En los pasillos y pese a ser sábado, no hay mucha gente, de hecho me ha sorprendido los pocos familiares que vienen a esta planta.
Quizá sea así, aunque puedo ver cientos de coches aparcados incluso de cualquier manera ahí fuera y eso me desconcierta.
Está lloviendo otra vez, la temperatura ha bajado sensiblemente y los charcos que antes se divisaban desde mi sala de café, prácticamente han desaparecido.
También puedo sentir el cansancio en mi cuerpo, noto que me muevo más lento, que hablo más despacio y que pienso como a cámara lenta. Bueno, quizá sea el sueño, el agotamiento mental o simplemente la mala alimentación que acabas teniendo entre estas paredes.
A diferencia de los pacientes, los acompañantes somos como meras sombras. Nadie dice nada, pero ahí estamos, intentando no estorbar, procurando no molestar, simplemente invisibles.
No es fácil, la verdad. Una cosa es venir de visita y otra muy distinta ir sumando horas, días e incluso semanas en algunos casos.
Nadie está ahí para apoyarte, tampoco para hablar contigo ni aconsejarte. Es así, creemos firmemente que somos un apoyo importante para unos y no podemos pensar en que otros lo sean para nosotros.
No importa, al fin y al cabo no debemos pensar en ello, no estamos aquí para eso.
Mientras escribo estas líneas, ha vuelto a desaparecer la luz del sol, las caprichosas nubes se han fundido como el humo y las sombras han avanzado implacables una vez más. El manto negro de la noche ya está aquí.
Con movimientos muy lentos y como si no quisiera perturbar la paz de la habitación, reviso cada dispositivo electrónico, cada gotero, cada fina tubería, cada rincón.
Todo está bien, me relajo y sigo pensando, reflexionando, filosofando… Y me doy cuenta que aunque prácticamente nadie sabe que estoy aquí, he cambiado mis paseos para tomar café y las Redes Sociales, por whatsapp´s con la familia de mi nuevo amigo, por mensajes llenos de datos, de cifras, de contenidos inusuales, pero también de motivación, de ánimo mutuo e incluso de esa cierta esperanza que como se suele decir, nunca se pierde.
Y así, escribiendo con la esperanza de que me leas y de alguna manera me escuches, doy otro día más por finalizado… O no.
Amanece… He vuelto a ver el Sol
Se me cierran los ojos, hay algo en el ambiente que me molesta. Pero no, no es nada malo, es sólo desgaste.
Hoy me he levantado diferente, un tanto molesto quizá. Creo que aunque la noche ha sido un tanto arrítmica en sueño (el subconsciente siempre alerta de cualquier sonido que identifique como un peligro) esto empieza a pasarme factura.
Sí, una vez más mi lado rebelde ha reclamado su protagonismo.
Son poco más de las 08h, ya es de día. Recojo torpemente mi zona de acampada improvisada, un gran sofá-cama que a saber de qué historias ha sido testigo. No me quejo, reconozco que se puede descansar y superar varias noches sin descolocarte cada hueso de la espalda, ji ji.
Tengo sueño, mucho, pero sigo con una rutina ya automatizada en mi mente. Enciendo la luz del baño y abro la puerta con cuidado. La distribución de la habitación hace que entre esta hoja y la de la propia entrada al recinto, tan sólo unos centímetros de distancia puedan provocar un desagradable accidente.
Cabizbajo, avanzo hasta un lavabo todavía semicubierto por la toalla de la ducha. Te lo prometo, el agua y la humedad no escapan de este baño. ¿Sabes? La ducha está tan mal diseñada que cuando el agua que se precipita en el aire llega al suelo, corre en todas direcciones sin encontrar oposición alguna. Alguien olvidó darle forma con sus características inclinaciones hacia el desagüe… (Sin comentarios)
Llega el turno de los dientes, esos a los que tan poca atención solemos brindar y que tan responsables son de nuestra salud. Es increíble la cantidad de enfermedades que se producen o derivan de una boca sin higiene.
Alzo la mirada ante un gran espejo, uno que espera paciente cada mañana mi visita. Lo miro fijamente y me encuentro un tipo de aspecto desmejorado y con unas cuencas oculares que delatan un sinfín de carencias…. Esto me está pasando factura, mi enfado va a más.
¡Ups! Increíble, hemos dejado a nuestro amigo en un segundo plano para preocuparnos más por nuestra propia salud ¿A que es irónico?
Supongo que todo esto refuerza mis anteriores reflexiones. Estamos solos, nadie piensa en nuestro bienestar y por supuesto, a nadie importa ¿O acaso debería?
Pero un nuevo pensamiento surge como estrella fugaz en el cielo de la noche ¿Acaso no debes dar gracias por ser un chico sano? ¿Es que no tienes la capacidad de recuperarte? Y por último ¿No conoces el café?
Una sonrisa aparece en mi rostro, no puedo evitarlo. Creo que nos hemos acostumbrado a quejarnos por tantas cosas, que olvidamos que el ser humano en sí, es una máquina de precisión capaz de recuperarse de tantas y tantas cosas, que incluso nos puede hacer sentir invencibles en muchos casos.
Aire para mis pulmones, agua para mi cuerpo, tierra para mis viajes y fuego para mi café.
Esos son mis elementos, ese es mi estilo y ese es mi camino para para seguir luchando por la Vida. No hay más, a partir de este punto, se abre ante nosotros un sin fin de experiencias y recuerdos que nos llevarán inevitablemente, esperemos que pasen muchos años, aquí otra vez.
¿Irónico verdad? Al fin y al cabo, la vida es un ciclo más. Nacemos, crecemos, nos reproducimos y… Vaya, esto me recuerda a un anuncio de insecticidas en el que se utilizaba esta leyenda, ji ji.
El poder de la mente es increíble, de hecho recuerdo una experiencia que viví durante una travesía de varios días en un lugar llamado “Los Carros de Fuego”.
Y mira que he recorrido valles y collados, conquistado los lugares más inverosímiles y arropado por los más bellos mares de estrellas. Pero sólo en este lugar descubrí lo que el agotamiento extremo y la fuerza de la Naturaleza, irónicamente sin ningún esfuerzo para ella, pueden hacer en tu cuerpo y sobre todo, en tu mente. Pero esta es otra historia que merece ser contada en su propio artículo 😉
Sigo con mi café, aquí en la planta baja, a pie de calle. Una gran cristalera me separa del mundo real. Gente que viene y desaparece igual de rápido. Personal sanitario que se reúne tras el largo turno de noche, para compartir ese momento mágico que un temprano desayuno te ofrece. De hecho creo que viene a ser como una especie de terapia en grupo que les permite desvincular el trabajo que desempeñan, con sus vidas personales. Porque recordemos que si, ellos también son personas como nosotros.
¿Sabéis? Cuando pasas tiempo en un hospital, observando paciente todo lo que sucede a tu alrededor, empiezas a comprender cosas que se escapan al visitante.
Un hospital va mucho más allá de ese sitio a donde nos llevan o vamos cuando algo va mal, cuando el dolor aparece o la salud hace mella en nosotros.
Un hospital es mucho más que ir y venir de ambulancias, celadores, auxiliares, personal de limpieza, cafetería, sanitarios, médicos, personal de seguridad, técnicos e incluso personal de oficinas… En un hospital hay tantas cosas y personas que comparten su día a día, que me atrevo a pensar que acaban siendo como una especie de gran familia.
Supongo que algo diferente a la que entendemos por lazo de sangre (esa no la elegimos, ji ji). Pero como bien digo, aquí se crean unos vínculos muy fuertes. Bueno, tampoco quiere decir que ellos piensen lo mismo que yo, pero esta es mi opinión y creo que es bastante acertada.
Además, debo añadir que hay algo que me preocupa y mucho. Hablo del gran desconocimiento social que tenemos respecto a estas inmensas moles de cemento y todo lo que en ellos se hace. Hablo de esos en muchas ocasiones difíciles trabajos que en nuestro egoísmo indocumentado, siempre juzgamos y por supuesto, para mal. Hablo de esas personas en las que confiamos nuestra vida y a las cuales tan sólo vemos como batas blancas o poco más.
Y vuelvo a pensar en mi ventana, esa de la sexta planta, (aquí la llaman la 6G) Esa que me regala increíbles panorámicas las 24h y esa que me recuerda que entre un lado y otro del cristal, más que unos milímetros de material transparente, hay un abismo no de altura, sino de desconocimiento.
Desde que empecé este artículo, relato, crónica, historia o escrito, no lo sé, me surgía una duda sobre en qué momento debía ponerle fin.
Pienso que a nivel personal me ha aportado una experiencia más que increíble, profunda. Supongo que de esas que te hacen crecer como persona. Desde que estoy aquí, hace ahora 4 días, he aprendido a observar cómo funcionan las cosas desde otro punto de vista. He descubierto que no importa lo que hagamos en esta vida ni con quién, porque al final y por triste que sea, estamos solos.
Y no me refiero a que venga la gente a vernos o no, esto no es importante. Me refiero a que durante el tiempo en que luchamos por vivir o morir, estamos sumidos en la más absoluta soledad.
Nuestro cuerpo, es sólo eso, un cuerpo. Nuestra mente, te puedo decir que no lo sé. Pero sí que hay algo que hace que sepamos, aunque estemos en estado comatoso y no haya conexión alguna con el mundo real, que en algún momento, un desconocido, una bata blanca, un familiar o un nuevo aunque tardío amigo, ha estado a nuestro lado hasta el final.
No voy a seguir escribiendo más. Ya no importa si mi respetable amigo aguanta más o menos. Todos tenemos los días contados, lo que hagamos con ellos, es nuestro problema y por supuesto, lo único que vale la pena.
Mi consejo, mi único consejo… ¡VIVE!
Domingo 21 de octubre de 2018, ha vuelto a salir el sol.
P.D.
Mi agradecimiento anónimo a todas esas personas que se han cruzado en mi camino y que han sido atentas y amables con mi amigo y conmigo, permitiéndonos formar parte de esa gran familia al menos por un pequeño espacio de tiempo. En especial, a la Sexta planta del Bloque G.
Desde el Hospital Universitario y Politécnico La Fe (Valencia-España)
Raúl Díaz

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