Castellón, un ciclo en mi Vida

Amanece triste, la temperatura es relativamente suave y los cielos, de suaves pinceladas azules tras un manto infinito de nubes grises.

La ciudad todavía despierta, acaba de empezar el mes de septiembre y el mundo laboral se activa de nuevo.

Las primeras luces se cuelan por la ventana, empujando las espesas cortinas, conquistando lentamente cada rincón de la estancia.

Todavía tengo sueño, me muevo con pereza, pero la mente que va por libre me empuja hacia el abismo de la realidad.

Ha sido una noche larga, inquieta, de esas en las que los recuerdos vuelven a ti o mejor dicho, tú vuelves al lugar donde se produjeron, tiempo atrás, muy atrás.

Han pasado 30 años y una vez más, la vida cierra un ciclo.

Es media mañana, estamos en clase de tecnología jugando con elementos electrónicos y de repente un intenso pinchazo me deja sin aliento. No puedo respirar, literalmente.

Ante la mirada incrédula de compañeros y profesor, abandono la clase. El dolor es tan intenso y desconocido que lo único que pasa por mi cabeza es correr en busca de la protección que sólo una madre te pueda dar. Pero no llego.

Nadie me ofrece su ayuda, sigo respirando un hilito de vida.

Sin saberlo, la cuenta atrás ha empezado y el tiempo se consume como nunca. Avanzo decidido hacia la puerta del instituto, necesito salir de aquí. Como una sombra en la noche, atravieso la garita de un Vigilante de Seguridad al que incrédulo ante la escena, no le da tiempo a reaccionar. Siento su plomiza mirada sobre mi espalda, pero no es importante, ya no.

Estoy en la calle, necesito un poco más de aire, todo es confuso. Puedo escuchar una voz tras de mí mientras el corazón aumenta el ritmo y bombea con más fuerza. Intento girarme, me siento torpe, apenas lo consigo. Así de refilón puedo distinguir el cartel que tantas veces me había dado la bienvenida y del cual hoy sólo logro distinguir un nombre: «La Misericordia»