Café Dakar

Es curioso, como ciertos recuerdos vuelven una y otra vez a nuestra mente…

Recuerdo un lugar, al que sólo se llega en la noche,

un lugar rodeado de inmensas llanuras,

un lugar más allá del horizonte.

Recuerdo también, aquella pequeña terraza orientada a las estrellas,

decorada por nubes de algodón y cielos cristalinos.

Como cada noche, tras un largo día de trabajo y procedentes de los lugares más remotos, 

un puñado de voces repetían como si de una vieja canción se tratara, unas mismas palabras… «Sam, un café».

Embriagados por el aroma de aquel oscuro brebaje, largas y profundas conversaciones rompían el silencio de la noche.

Hoy, cuando alzo la mirada y miro a mi alrededor, veo soledad, tristeza y pena.
Hoy, la complicidad de las personas se esfuma como sombras al amanecer.

Hoy, echo en falta aquellas reconfortantes noches en las que a pesar de compartir con extraños, 

un vínculo tan simple como una taza de café era capaz de unir, aunque fuese un instante, a personas sin importar raza, cultura o religión.

Siempre he pensado que la vida es de lo más curiosa,
que quien no te conoce, es el primero en tenderte una mano,
que sólo un enemigo, es incapaz de traicionarte,
que los valores aunque en extinción, todavía existen,  
que por muy dura que sea la situación, siempre hay un después.

En fin, no importa cual sea tu realidad, lo único que hay que hacer en esta vida es luchar, luchar y luchar. 

Porque nos merecemos lo mejor, porque estamos aquí para vivir y no para dejar pasar el tiempo, 

porque siempre habrá un lugar en el que recuperar el aliento, dejar de pensar y saborear un buen café.

Raúl Díaz