Por un café…

Es una noche extraña, no puedo dormir. A medida que avanzan las horas, el cansancio se va apoderando de mi… es imposible conciliar el sueño, ahí fuera, algo está pasando.

Como si de una cruel batalla se tratara, miles de gotas se precipitan desde las negras nubes que esta noche cubren el cielo, estrellándose contra las tejas. Es una noche diferente, esta noche, el cielo se ha roto.

El viento, aliado feroz de la lluvia, azota cada ventana, la tierra ya no empapa más. Estamos sumidos en lo que durante millones de años nos ha asustado tanto, una increíble tormenta, la naturaleza está enfurecida.

Hace tan solo unos minutos que amaneció, la mar está en calma y el sol, luce esplendoroso… El aroma de un café acaricia nuestros sentidos, nace un nuevo día, da comienzo la semana.

En estos momentos y en numerosas partes del planeta, personas de diferentes religiones, culturas y maneras de pensar, realizan un ritual similar al mío ante este misterioso brebaje.

Es algo muy curioso, pero mientras siempre me he preguntado qué es lo que impulsa a decidir cómo tomarlo (con leche, azúcar, edulcorante, alcohol, sólo, etc)…ahora me pregunto cuál es el precio que hay que asumir en cada caso.

Hace tan solo unos días y durante el transcurso de una conversación con Enrique Molina (Life coaching, Alicante) en la que ambos coincidíamos tomando café al mismo tiempo pero en ciudades diferentes, dábamos un giro vertiginoso al punto de vista teniendo en cuenta el esfuerzo económico y/o personal, que una misma persona podría tener bajo ciertas circunstancias, es decir:

Tomando como referencia a un sujeto que toma café de forma regular, cuya economía sufre alteraciones y que en unas ocasiones no le importa soltar unas monedas, pero que en otras, pasa a ser una gran decisión.

Adicional, también nos planteamos situaciones en las que por la situación geográfica, nuestra tarjeta de crédito se transforma en un simple plástico y el dinero en metálico se agota en nuestros bolsillos…algo que hemos experimentado en más de uno de nuestros viajes a zonas de alta montaña.

Pero ¿qué es lo que nos impulsa a realizar este ritual? ¿qué buscamos durante estos minutos de posible desconexión? ¿es el café en realidad o simplemente un alto en el camino, una parada para descansar, para estar con nosotros mismos?

Hace tan solo unos días también, Enrique Molina, profundizaba aún más en el tema invitándonos a reflexionar sobre la necesidad de vivir el “aquí y ahora”, de estar presentes en cuerpo y mente en ese momento en el que el aroma nos invade, la espiral que dibuja la cuchara nos hipnotiza y el sabor del líquido negro nos cautiva invitándonos a despertar de nuestra realidad y dejar a un lado el pasado y el futuro.

Café, algo tan simple pero tan poderoso capaz de congregar a personas, ser testigo de conversaciones, negociaciones, rupturas, uniones…

Es hora de volver a casa, a ambos lados del camino los campos de cultivo están empapados, los verdes de los árboles son mucho más vivos y el olor a hierba y tierra mojada te traslada a lo más profundo de nuestra geografía.

Estoy aquí y ahora, pero no puedo ni quiero dejar de soñar.

Raúl Díaz