Manto Negro

Desde muy joven, una de las cosas que más me ha fascinado, es la noche y su poder de atracción en mi.

Hace ya muchos años, abandoné la ciudad para vivir tierra adentro, lejos del mar, pero en una montaña lo suficientemente alta como para tenerlo a la vista cuando lo echo de menos, que es cada amanecer.

Durante todos estos años, una misma pregunta se ha repetido cada vez que alguien venía a visitarme, tanto adultos como niños ¿y no te da miedo estar solo por la noche? La noche, ufff.

Una de mis costumbres secretas, la cual hacía cada vez que iba de la ciudad a mi casa, era detener mi moto en el puente que me sacaba de la Autovía para lanzarme a la oscuridad, allí donde la civilización desaparece y los campos de cultivo dan paso al mundo rural.

Desde ese punto, me quitaba es casco, los guantes, aflojaba la cremallera de mi confortable chaqueta y miraba al cielo, ufff, qué sensación…la noche, el frío, el viento, un mar de oscuridad y la luna, tan bella como siempre, flamante y enigmática en todas sus formas.

Hace ya unas horas que amaneció, la jornada llega al ecuador del día y un sentimiento difícil de explicar merodea en mi cabeza cada vez que salgo a correr.

Desde las pasadas Navidades, cambié algunos de mis hábitos con la idea de perder unos kilos y empezar a mirar más por la salud que, a medida que pasan los años nos hace más conscientes del valor que tiene.

Aun saliendo a media tarde, las horas de luz del invierno se consumían demasiado rápido, por lo que la noche siempre me sorprendía. Después, a medida que avanzaba el año y el mercurio subía, mi hora de salida se iba retrasando, buscando el frescor al terminar el día.

Muy diferentes lugares han sido testigos de mi paso, desde el duro asfalto de la ciudad, las irregularidades de los caminos de montaña o la arena de la costa valenciana, en donde aprendí la importancia de andar descalzo para el buen funcionamiento de toda la espalda…

Pero hay una cosa que no cambia y es complicado de explicar si no se ha experimentado, y eso es correr abrigado por la noche, guiado por la luz de la luna sumido en el silencio, sintiendo un frío que hiela tus mofletes, nariz y orejas, sorprendido quizá ante la presencia de alguna de las criaturas que salen en busca de alimento.

Estás sólo, tu corazón late con fuerza pero tranquilo, puedes sentirlo todo, ya no eres un extraño, eres parte de la noche, de la naturaleza, de tí mismo…todo es homogéneo, todo es complicidad.

Cada vez que termina un largo día de trabajo, por agotados que estemos, una extraña fuerza nos empuja a vestirnos con nuestras prendas deportivas más cómodas, a calzarnos esas zapatillas que nos hacen volar, que se adaptan al firme, que nos transmiten las irregularidades que van quedando atrás a nuestro paso…y salir a correr.

Cada noche, nos despojamos del día a día para liberarnos, para dejar de pensar, para encontrarnos a nosotros mismos, para llegar a nuestro interior.

Me preguntan ¿y no tienes miedo? y mi sangre gallega contesta con otra pregunta ¿miedo de qué?

Sólo hay algo que podría darme miedo, sería que la noche nunca llegase o alguien rompiese la magia.

Es hora de cuidarse, dicen que el deporte no entiende de edad. Cuando nuestro cuerpo empieza a sentirse mejor, nuestra actitud cambia también, somos más positivos, más activos, y eso, nos beneficia en todo.

Raúl Díaz.