Límites

Hace ya un ratito, que el camarero mira con descaro mi taza. Tras más de una hora de contemplación, los restos de espuma de leche ya forman parte de la decoración en la fina porcelana.

Como es ya sabido por los que me conocen y han tomado café conmigo en alguna ocasión, tengo la costumbre de buscar el rincón más discreto y tranquilo de las cafeterías para atrincherarme durante largos periodos de tiempo, en los que aprovecho para reflexionar, organizar la agenda, hacer llamadas y dar un paseo por las Redes, en donde hablo con “amigos”, aprendo cosas nuevas y de paso, trabajo.

Sigo sorprendiendo al que me vigila atentamente, como si de un ave rapaz se tratara. Creo que voy a empujar la taza como gesto para invitarle a la mesa…así que se quedará más tranquilo, y yo también.

Es en estos momentos en los que surge una nueva comunicación, sin palabras, sin maquinitas, sin miradas, tan sólo eso, un pequeño movimiento capaz de “comunicar” a dos personas…me encanta, qué fácil puede ser la vida poniendo cada uno un poquito de su parte y facilitando las cosas con un simple gesto.

Ayer, tras hacerle una visita a mi madre, un recuerdo del pasado me paralizó instantes antes de abandonar el lugar. Ante mi, aquella escalera en la que tantas veces salté, por la que aprendí a subir y bajar de uno en uno sus escalones, para más tarde hacerlo progresivamente hasta lograr, con el paso de los años, hacerlo desde el séptimo…y que ahora me saludaba e invitaba a jugar una vez más.

Más de 35 años después (tengo 38), descubro que lo que en su día era inalcanzable, que aquellos innumerables intentos de alcanzar la cima y, que todo aquel esfuerzo, era algo más que un juego de niños. Hoy entiendo que los problemas son para superarlos, aprender de ellos y crecer como personas.

Hoy son otras las inquietudes, quizá más grandes y difíciles de conseguir, pero son las que le dan aliciente al día a día, las que me hacen sentir y las que me llevan, en muchas ocasiones de cabeza…pero me gusta, porque cada vez que encuentro un problema, pienso en aquella escalera de la infancia, en aquellos enormes escalones que cada día se hacían más pequeños, en aquellos vuelos hacia el cielo en los que sentía como los huesos se estrellaban contra el suelo.

Hoy entiendo que la vida no tiene límites, que el ser humano es capaz de alcanzar lo que se proponga, que somos responsables de nuestros miedos y, que paso a paso, por muy empinada que sea nuestra escalera, podemos alcanzar la cumbre.

Porque si podemos vernos allí arriba, es porque es nuestro lugar.

Y como ya he dicho en alguna ocasión:

“Cada uno tiene sus límites, yo vivo por encima de ellos”

Raúl Díaz.