En ocasiones, también veo muertos

Siete de la mañana de un día cualquiera, una última ráfaga de viento invade la estancia y un bonito resplandor anaranjado dibuja un espectacular amanecer en el horizonte. Es hora de empezar el día.

Como es habitual desde que empezó mi particular verano, salir de casa a toda prisa para fotografiar las primeras luces, es un reto que, la verdad, pocos días logro alcanzar (qué sueño, ji ji).

Casi una hora antes de salir de casa, sobre las seis y pico, el sol va tomando posiciones cada vez más altas y sus rayos estivales calientan rápidamente la atmósfera. Es momento de más que andar, correr en busca de ese primer café.

Pero en esta ocasión, la pequeña población valenciana me sorprendería una vez más, ya no por sus habitantes, sino por aquellos que lo fueron y ahora descansan abrigados por la tierra… ¿o no es así literalmente?

Pero nos remontaremos al invierno de 2012 cuando utilizaba este itinerario para mi#nvipTraining y descubrí que frente a la última casa del pueblo, a escasos metros del Polideportivo Municipal y la Oficina de Turismo, yacía una cruz tallada en piedra, a la cual hice rápidamente una foto y subí por aquel entonces a Twitter.

Pero deberían de pasar algunos meses para que alguien, uno de los más mayores del pueblo, arrojase luz a mis preguntas:
¿De quién era esa Cruz? ¿Era más bien una lápida? ¿Qué hacía allí si el cementerio está al otro extremo de la población?

Pues bien, lo único que llegué a saber es que en su día, fue Campo Santo propiedad de la Iglesia y puesto que nadie quiso hacerse cargo de los gastos de traslado, fue abandonado a su suerte.

Domingo 20 de julio de 2014, todavía recuerdo las tormentas de hace una semana, las cuales y por “llover sobre mojado” han derribado muros, destrozado caminos y arrastrado tierra en muchos puntos del término municipal…

He cruzado el barranco, húmedo todavía en su lecho y sigo caminando directamente hacia el delicioso café que me espera. Estoy a punto de alcanzar “El Mirador”, un pequeño jardín que cuenta con un par de banquitos, un árbol y esa cruz de piedra, arrojada a un lado, más allá de la vista y que no distrae del paisaje, dominado por campos de naranjos, la montaña poblada de pinos donde tengo mi casita y el barranco que divide físicamente todo aquello.

Pero debería ser por la tarde cuando al volver a pasar por el mismo lugar y la misma intención de tomar café, cuando sorprendido, estupefacto, sin saber qué decir o qué hacer, descubra ante mi, decenas de huesos y un total de 5 cráneos, 3 de ellos en perfecto estado y que por la proximidad, harán pensar en una fosa común.

Una llamada al 112 y en cuestión de 5 minutos se persona la Policía Local y, en otros 5 minutos, la Guardia Civil.

El paisaje es dantesco, sacado totalmente de contexto. Niños que van y vienen a ese mismo parque para jugar y el cual forma parte del típico paseo de “La ruta del colesterol” practicada por vecinos de todas las edades y,