Como una espinita

Hace ya un par de días que decidí volver a casa, tras pasar parte de este verano en un pueblecito valenciano de lo más acogedor.

Durante el mes de agosto y como si de un ritual se tratase, cada mañana y cada tarde, acudía con mi portátil a tomar café y trabajar al mismo lugar, un conocido y respetuoso “establecimiento” en donde ser socio ha resultado ser imprescindible para acceder a sus instalaciones.

Reza la leyenda que a mediados del siglo XIX, tanto la burguesía como la clase trabajadora, crearon una serie de centros en los que la difusión de la cultura era el principal objetivo y la palabra “libertario” quedaría abanderada para siempre…pero tras estos ideales, siempre están las personas.

Durante la mañana del pasado sábado día 1 de septiembre y tras muchos cafés, testigos de reuniones de negocios, artículos escritos, experiencias vividas y gentes conocidas, un amable señor se acercó a mi mesa para interesarse primeramente por mi trabajo, después pedir explicaciones sobre mi procedencia, ofrecerme a continuación ser socio a cambio de una cuota, después hacer gala de un alzamiento de poder en caso de negativa por mi parte y, finalmente, contarme su vida y experiencias como emprendedor y empresario frustrado… Vamos, una mañana de lo más interesante.

Al margen de lo que pueda pensar de este “señor” y su “influyente corte“, y dando por descontado que no he vuelto por un lugar en el que primeramente se me concedió permiso para ir a trabajar, he pagado en cafés una cantidad de dinero superior a la cuota anual y se me ha coaccionado como consumidor y utilitario de una zona “de libre acceso al público no socio”…me siento profundamente decepcionado de volver a encontrar una vez más este tipo de mentalidad en pueblos que exigen modernidad y al mismo tiempo están anclados al pasado.

Un local en donde lo primero que encontraremos al entrar es la foto de un dictador español y que se vanagloria de albergar políticos, personas ilustres y autoridades…lo siento, no lo entiendo.

Al margen de la experiencia vivida, me resulta curioso que este “señor”en calidad de secretario del lugar, se lamentase de que el número de socios hubiese descendido dramáticamente a los 400, la mayoría de ellos personas jubiladas y que la gente joven no sintiese simpatía por las actividades que de forma regular allí se realizan.

¿Hablamos de prospectos? ¿Clientes? ¿O dejar agonizar una iniciativa que durante decenas de años ha sido todo un referente?

La gente sigue desconfiando de un forastero que lleva un ordenador portátil bajo el brazo, un teléfono móvil con el que en lugar de hablar accede a internet y posiblemente, trabaja acompañado de un café.

La mayoría de la gente prefiere bajar la cabeza y guardar silencio, favoreciendo que otras personas se sientan cada vez más fuertes, con más poder y día a día, más despreciables.

Señores, estamos en el año 2012.

Raúl Díaz