¿Calma o quietud?

Son ya muchas las noches que me desvelo e instintivamente miro a través de la ventana, atraído quizá por su magia y el movimiento inquieto de los pinos, que guardan celosamente la casa.

Dicen que 30 años nos separan de un invierno tan ventoso, algo que he comentado con algunos amigos durante estos días y que no deja de sorprenderme.

Habitualmente, no se le da mucha importancia, pero en realidad, es algo bastante molesto a nivel general, llegando al punto de peligroso en algunos casos.

Esta mañana, mientras caminaba hacia el pueblo en busca de un buen café y unas horas de trabajo en mi despacho improvisado, algo atípico me ha hecho detener la marcha en seco, una extraña sensación de quietud.

Quizá se pueda confundir con la calma que ofrece el silencio, la ausencia de viento, de vehículos, de transeúntes, incluso la soledad. Pero es algo que ya conocía, salvo que en un marco bien diferente.

A lo largo del año, una de las cosas que más me gusta hacer es coger el equipo de pesca y salir a pasar parte del día en algún embalse cercano, en el cual y si el buen tiempo lo permite, la gran masa de agua se transforma en una balsa de aceite, en la que todo se refleja, en la que nada la perturba y la cual, atrae de tal forma tu atención que logra aislarte totalmente del mundo, absorbiendo toda tu atención ¿te ha pasado alguna vez?

Pues este mismo sentimiento, contradictorio quizá por el entorno, es el que hace tan sólo unos minutos sentía.

Pasaban coches, soplaba el viento, el sonido de los niños jugando en la guardería corría por todos los rincones del pueblo, mis pasos, la respiración profunda… Y pienso:

¿Se puede congelar el tiempo y dejar que todo siga su curso simultáneamente?

Vivimos en un mundo lleno de preguntas y en el que siempre buscamos respuestas.

Feliz día a todos :-))

Raúl Díaz