MI EXPERIENCIA EN SOLITARIO

Quizá para muchos sea una tontería, pero cuando te lanzas a vivir en solitario una aventura así, las cosas cambian y mucho.

No hablamos de la típica salida de fin de semana en la que quedas con alguien y metes todos los trastos en el coche, sin importar destino y con la certeza de que a malas, el mismo vehículo te sirve de protección. Tanto para dejar las cosas en el interior a modo de “almacén” como para transformarlo en una habitación donde dormir, o incluso, y en más de una ocasión me ha sucedido, pasar largas horas atrapado en la nieve, alguna fuerte tormenta o una lluvia torrencial (que no es lo mismo, aunque lo parezca).

Estamos hablando de jugar en otra liga, de ser conscientes de que cualquier error en planificación repercute directamente en el buen funcionamiento del viaje y de que en caso de que pase “algo”, sea lo que sea, debemos ser capaces de solventar la situación por nuestros propios medios.

Con todos estos datos y sin pensarlo dos veces, decidí ser lo más responsable posible y hacerlo a mi estilo “Sobre la marcha”.

Ji ji ji, lo sé, parece una locura, pero soy así. Me encanta viajar sin horarios, sin un destino fijado, sin mapas, sin condicionantes. Tan sólo una sonrisa al final de cada jornada, tras la incertidumbre de lo desconocido y la emoción de la sorpresa.

La satisfacción de disfrutar de cada kilómetro, de cada minuto, de cada sentido. Así es como lo hicieron los primeros nómadas, aquellos legendarios exploradores, los grandes viajeros y ahora también, nosotros.

Por otra parte, está claro que cuando hablamos de ir a los Alpes, pensamos en llegar a Chamonix y hacer allí la primera noche y que a partir de ese momento, empiece todo (es la ventaja de haber viajado durante una década a este precioso sistema montañoso).

Pero las cosas cambian a cada minuto y lo debemos tener en cuenta. Los Alpes son así, una sorpresa continua en la que no hay que dar nada por hecho.