El Valle de las Avalanchas

Así lo conocí.

Aunque la historia empieza a finales de los noventa, tuvo que pasar casi una década para poder escribirse un final.  Lo que surgió como una simple relación entre compañeros de trabajo, de esos que cada lunes se saludan para saber cómo ha ido el fin de semana del otro, acabó convirtiéndose en una importante amistad.

Quizá la más humana incluso, que he tenido en la vida.

Toni García, que es como se llamaba aquel chico y al que había conocido en la fábrica de muebles donde ambos trabajábamos, se había convertido en uno de mis mejores amigos. Bueno, además del principal responsable de que un solitario como yo, y del que prácticamente nadie sabía nada, se transformase en un amante de la comunicación.

Fue tal su influencia, que el uso del móvil en mis viajes pasó de ser un complemento, a una herramienta de seguimiento obligatorio. Y por supuesto, con la aparición más adelante de Internet, las primeras plataformas sociales y los blogs, el detonante final para compartir un estilo de vida incomprendido por unos y deseado por otros.

Pero esto llegó un poco más tarde, claro 🙂

Y así es como cada vez que realizaba un viaje, todo se reducía al intercambio de SMS y llamadas. Después, una vez ya en casa, organizábamos una comida o cena, según mi hora de regreso, con el objetivo principal de que le narrase mi última gran Aventura.

¿Sabes? Hoy recuerdo con nostalgia un detalle concreto, siempre llegaba con una bolsa de chuches, un montón de comida envasada en plan sibarita y alguna que otra bebida energética.

Y es que Toni era un tipo relativamente grande, superaba el metro noventa y pesaba unos 134 kilos. No sólo eso, a veces me parecía un gigante. Ahora entiendo que aquella bebida le daba mucha vidilla.

De entre las muchas cosas que tenía Toni y que a mí más me gustaba, era un gran sentido de la ironía y esa curiosa forma de hablar, con un tono de voz tenso y que fue el responsable de que algunos le apodasen eso mismo, “el Tenso”.

A mí no me gustaba el mote, pero realmente vocalizaba como si se le hubiesen endurecido todos los músculos de la boca al tiempo que perdía la mirada en sus propios pensamientos. Unido al sentido de la ironía que antes comentaba, hablar con él era toda una experiencia. Me encantaba.

Era increíble, siempre cuestionando el por qué hacía esto o aquello, para qué gastaba tanto dinero en equipamiento técnico, para él, caprichos, y el por qué de tantas otras cosas. Por supuesto, al cabo de un rato de interrogatorio, acababa tocándome las narices.

No me gusta dar explicaciones, nunca me ha gustado y además, ´l lo sabía.  Personalmente pienso que no sirven para nada. Cada uno vive como mejor puede, y punto ¿O no?

Siguiendo con la historia, lo mejor de todo sucedía donde menos te puedas imaginar. Después de comer o cenar, subíamos al tejado, todavía sin terminar, de mi casa. Desde allí, tumbados panza para arriba sobre el frío cemento, mirábamos al cielo, contemplando las estrellas durante horas, mientras le narraba, con todo lujo de detalles, dónde había ido, qué había conocido, las cosas que había descubierto y por supuesto, todas esas anécdotas que sólo el que viaja puede contar.

Fueron buenos tiempos, de esos que permanecen en el recuerdo y que cobran sentido, cuando tienes la oportunidad de conocer a un tipo como Toni. Alguien que un día se cruzó en mi vida, o quizá yo en la suya, y con el que compartí tantas cosas.

A todo esto y siguiendo con mi trayectoria viajera, fue con la aparición de Twitter cuando la tecnología me atrapó del todo, allá por el 2010, permitiéndome llegar a muchísima más gente, y como a mí más me gusta, en tiempo real.

Pero una vez más, el paso del tiempo suele distorsionar los recuerdos y amoldarlos a lo que más cala en nuestras almas.

Y así es como empieza este viaje, con una fecha tan remarcada como especial y que por supuesto, te voy a contar.

Pineta, el Valle de las Avalanchas.

Enero de 2010. España está siendo azotada una y otra vez por una implacable Ola de frío Siberiano.

Las heladas nocturnas se repiten, alcanzando los 5 grados negativos de media, y poco más de 3 durante el día. Hay hielo en la carretilla, en el cubo de Scooby (mi fiel compañero) y por supuesto, en todas las tuberías que han quedado expuestas en el jardín. Durante el día, el sol no tiene la suficiente fuerza como para descongelarlas.

Pero lo más emocionante ha sido la piscina, con la superficie totalmente congelada y cuya capa de hielo alcanzará los 3 ó 4 centímetros. Por supuesto, lo más inteligente que se me ha ocurrido, es meter el portátil y hacer unas cuantas fotos para Twitter.

La sensación de observar, a sabiendas de que en cualquier momento podría romperse el hielo y hundirse, es de lo más extraña. 

Hoy han dicho en las noticias que lo peor ya ha pasado, pero la realidad es que el frío persiste y todo el Norte del país está cubierto de nieve.

Por mi parte, ya hace unos años que estoy adquiriendo equipamiento más técnico para viajar. Mi mejor amiga (Mayte) y yo hacemos un buen equipo y viajamos juntos constantemente. Así que creo que es hora de hacer la mochila y partir. Nos vamos a los Pirineos.