El Valle de las Avalanchas

Así lo conocí.

Aunque la historia empieza a finales de los noventa, tuvo que pasar casi una década para poder escribirse un final.  Lo que surgió como una simple relación entre compañeros de trabajo, de esos que cada lunes se saludan para saber cómo ha ido el fin de semana del otro, acabó convirtiéndose en una importante amistad.

Quizá la más humana incluso, que he tenido en la vida.

Toni García, que es como se llamaba aquel chico y al que había conocido en la fábrica de muebles donde ambos trabajábamos, se había convertido en uno de mis mejores amigos. Bueno, además del principal responsable de que un solitario como yo, y del que prácticamente nadie sabía nada, se transformase en un amante de la comunicación.

Fue tal su influencia, que el uso del móvil en mis viajes pasó de ser un complemento, a una herramienta de seguimiento obligatorio. Y por supuesto, con la aparición más adelante de Internet, las primeras plataformas sociales y los blogs, el detonante final para compartir un estilo de vida incomprendido por unos y deseado por otros.

Pero esto llegó un poco más tarde, claro 🙂

Y así es como cada vez que realizaba un viaje, todo se reducía al intercambio de SMS y llamadas. Después, una vez ya en casa, organizábamos una comida o cena, según mi hora de regreso, con el objetivo principal de que le narrase mi última gran Aventura.

¿Sabes? Hoy recuerdo con nostalgia un detalle concreto, siempre llegaba con una bolsa de chuches, un montón de comida envasada en plan sibarita y alguna que otra bebida energética.

Y es que Toni era un tipo relativamente grande, superaba el metro noventa y pesaba unos 134 kilos. No sólo eso, a veces me parecía un gigante. Ahora entiendo que aquella bebida le daba mucha vidilla.

De entre las muchas cosas que tenía Toni y que a mí más me gustaba, era un gran sentido de la ironía y esa curiosa forma de hablar, con un tono de voz tenso y que fue el responsable de que algunos le apodasen eso mismo, “el Tenso”.

A mí no me gustaba el mote, pero realmente vocalizaba como si se le hubiesen endurecido todos los músculos de la boca al tiempo que perdía la mirada en sus propios pensamientos. Unido al sentido de la ironía que antes comentaba, hablar con él era toda una experiencia. Me encantaba.

Era increíble, siempre cuestionando el por qué hacía esto o aquello, para qué gastaba tanto dinero en equipamiento técnico, para él, caprichos, y el por qué de tantas otras cosas. Por supuesto, al cabo de un rato de interrogatorio, acababa tocándome las narices.

No me gusta dar explicaciones, nunca me ha gustado y además, ´l lo sabía.  Personalmente pienso que no sirven para nada. Cada uno vive como mejor puede, y punto ¿O no?

Siguiendo con la historia, lo mejor de todo sucedía donde menos te puedas imaginar. Después de comer o cenar, subíamos al tejado, todavía sin terminar, de mi casa. Desde allí, tumbados panza para arriba sobre el frío cemento, mirábamos al cielo, contemplando las estrellas durante horas, mientras le narraba, con todo lujo de detalles, dónde había ido, qué había conocido, las cosas que había descubierto y por supuesto, todas esas anécdotas que sólo el que viaja puede contar.

Fueron buenos tiempos, de esos que permanecen en el recuerdo y que cobran sentido, cuando tienes la oportunidad de conocer a un tipo como Toni. Alguien que un día se cruzó en mi vida, o quizá yo en la suya, y con el que compartí tantas cosas.

A todo esto y siguiendo con mi trayectoria viajera, fue con la aparición de Twitter cuando la tecnología me atrapó del todo, allá por el 2010, permitiéndome llegar a muchísima más gente, y como a mí más me gusta, en tiempo real.

Pero una vez más, el paso del tiempo suele distorsionar los recuerdos y amoldarlos a lo que más cala en nuestras almas.

Y así es como empieza este viaje, con una fecha tan remarcada como especial y que por supuesto, te voy a contar.

Pineta, el Valle de las Avalanchas.

Enero de 2010. España está siendo azotada una y otra vez por una implacable Ola de frío Siberiano.

Las heladas nocturnas se repiten, alcanzando los 5 grados negativos de media, y poco más de 3 durante el día. Hay hielo en la carretilla, en el cubo de Scooby (mi fiel compañero) y por supuesto, en todas las tuberías que han quedado expuestas en el jardín. Durante el día, el sol no tiene la suficiente fuerza como para descongelarlas.

Pero lo más emocionante ha sido la piscina, con la superficie totalmente congelada y cuya capa de hielo alcanzará los 3 ó 4 centímetros. Por supuesto, lo más inteligente que se me ha ocurrido, es meter el portátil y hacer unas cuantas fotos para Twitter.

La sensación de observar, a sabiendas de que en cualquier momento podría romperse el hielo y hundirse, es de lo más extraña. 

Hoy han dicho en las noticias que lo peor ya ha pasado, pero la realidad es que el frío persiste y todo el Norte del país está cubierto de nieve.

Por mi parte, ya hace unos años que estoy adquiriendo equipamiento más técnico para viajar. Mi mejor amiga (Mayte) y yo hacemos un buen equipo y viajamos juntos constantemente. Así que creo que es hora de hacer la mochila y partir. Nos vamos a los Pirineos.

Hay que reconocer que nunca se está lo suficientemente preparado para este tipo de climas tan adversos, pero a nosotros nos encanta el mal tiempo y cada vez que viene una Ola Siberiana, Polar o similar, salimos disparados a su encuentro.

Nuestro objetivo para la ocasión vuelve a ser Pineta, aquel valle en el que años atrás descubrí el esquí de travesía y que hoy, quiero conquistar de nuevo.

Hace poco tiempo que compré mi propio equipo y la verdad, tengo muchas ganas de estrenarlos. Ésta es una gran oportunidad y aunque sé que no es buena idea lanzarse a realizar una travesía sin saber esquiar como toca, lo vamos a intentar.

Total, es ir arrastrando las tablas y poco más ¿Verdad?

Aun así, vamos a llevar también las raquetas de nieve para, una vez en el sitio, valorar.

Twitter

Twitter acaba de colarse en mi vida, hace nada que surgió como plataforma de microblogging y lo confieso, estoy totalmente enganchado.

Me he pasado la noche anunciando los pasos preparatorios del viaje, despidiéndome para dormir en repetidas ocasiones hasta altas horas de la madrugada, dando los buenos días después y por supuesto, subiendo alguna foto del primer café. Me encanta.

La Ruta

Dentro de mi estilo de viaje y teniendo en cuenta el estado de las carreteras, el itinerario para esta ocasión, será diferente. Queremos ir por autopista hasta Reus, desde allí buscar Barbastro y finalmente, llegar a Ainsa.

Más que evitar repetir rutas anteriores, aun sabiendo que nos encanta descubrir todos los posibles caminos que nos llevan a un mismo lugar, la seguridad es lo principal. Así que optamos por seguir carreteras grandes donde suponemos que suelen pasar los quitanieves de forma regular y claro, estén mantenidas con sal.

No sé si lo sabes pero la sal actúa como anticongelante. Sirve para evitar que la lluvia se congele y hace que la nieve se descongele, al caer al suelo. Con ello se evitan las peligrosas e invisibles placas de hielo, que tantos accidentes provocan en las carreteras.

Y así es cómo empieza un viaje de características tan especiales como peligrosas, diferente a todos los anteriores gracias a internet y dedicado al que fue mi mejor amigo, Toni García Cáceres.

Amanece… una vez más.

Son las 07:15h, acabamos de entrar en la Autopista del Mediterráneo (AP7) y durante al menos un par de horas, el camino promete ser de lo más aburrido. Sí, como te lo cuento ¿O ya lo había hecho? Ji ji.

Viajar por autopista supone un gran avance para el transporte rodado, conectando ciudades distantes con carreteras habitualmente mejor cuidadas y que facilitan considerablemente la circulación. Bueno, mientras no sean fechas puntuales como operaciones salida o regreso, claro.

Por mi parte, aunque las utilizo también, me resultan aburridísimas, de hecho lo son. El único aliciente suele ser esos coches que pasan a grandes velocidades, adelantamientos interminables de algún camionero que otro, vehículos que van serpenteando por sueño o despiste, alguna obra que obliga a reducir la velocidad drásticamente o lamentablemente, accidentes. Lo único que salva el día, son las áreas de servicio en donde siempre hay alguna historia que vivir.

Y así es, como el cerebro desconecta de la realidad en un momento dado (siempre en calidad de copiloto o simple pasajero, claro) y llega a los pensamientos, las reflexiones, los recuerdos y la imaginación de lo que está por venir.

Insisto, las autopistas me aburren y mucho, lo minutos parecen horas y las distancias, eternas, aunque en realidad, sólo es una sensación. ¿Me estoy repitiendo? Ji ji.

Pero dejamos atrás el gran río de asfalto y decidimos parar en Reus. Es hora de estirar las piernas y tomar algo en una cafetería ya conocida por mí, situada cerca del paso a nivel.

Me gusta venir cada vez que tengo oportunidad, es súper luminosa, la gente muy simpática y hacen unas tostadas “a la catalana” (pan, tomate rallado, aceite de oliva, toque de pimienta y jamón, Uhmmm…) que te puedes morir de buenas, ji ji.

Pero suele ser una parada rápida, así que en una media horita volvemos a estar en marcha.

A todo esto, las notificaciones del pajarito son continuas. El estoy aquí o estoy allá, mira lo que estoy comiendo o fíjate lo que acaba de pasar… Uff, es un sin parar.

El tema twitter es toda una revolución, puedes conectar con gente de todo el planeta, pero teniendo en cuenta las limitaciones que te imponen, tales como el tamaño máximo del texto (motivo por el que se ha hecho famoso) o el idioma. Pero una vez te adaptas, ya te puedes considerar todo un profesional, ji ji ji.

Montblanc, Tárrega, Balaguer, Alfarrás, Benabarre, El Grado y todo el Embalse del Mediano, que resulta del abrazo de dos grandes ríos, el Ara y el Cinca, siendo éste último el que seguiremos aguas arriba hasta llegar a la población de Bielsa.

Una a una, vamos conquistando poblaciones, atravesándolas sin miramiento, para a continuación dejarlas atrás hasta llegar a Ainsa, bien conocida por viajes anteriores y en donde hacemos una nueva parada técnica, quizá repetitiva en contenido, pero no en emociones.

Los tiempos han cambiado y la búsqueda de café ha evolucionado con nuevos requisitos, necesitamos puntos wifi que sacien la sed de datos de nuestros pequeños dispositivos móviles y por supuesto, enchufes.

Estamos en pleno tonteo de lo que será una estrecha relación entre el mundo de la restauración y los todavía desconocidos knowmads, personas que van de un lugar para otro con sus oficinas portátiles y entre las cuales, me incluyo.

Pero esto forma parte de otra historia 😉

Hablando del tiempo, hace frío, mucho frío. Cada vez que llegamos a este pueblo es como si abriesen la puerta del congelador y nos azotasen con un látigo invisible de hielo. Aunque sé que no es así, cuando hemos venido en pleno verano, era el horno lo que habían encendido, ji ji.

Bromas aparte y tras un ratito actualizando informaciones, tomando café y cómo no, cambiando de agua al pajarito, retomamos la marcha.

Te confieso todo es diferente, algo así como si viajásemos en grupo y la intimidad e incluso privacidad del anonimato hubiese desaparecido.

Está claro que no tengo por qué hacerlo, pero simplemente me apetece, de hecho algunas personas me han agradecido en privado que comparta mis aventuras y fotos de cada destino. Sienten que viajan conmigo, a través de las fotografías, de los pequeños escritos, de las actualizaciones y de los comentarios.

Es bonito, incluso en momentos puntuales pido consejo y ellos responden. Son mis nuevos compañeros de viaje, virtuales, pero al fin y al cabo, están ahí.

Mayte está cansada, trabajó la noche anterior y no ha dormido en las últimas 24h.

Labuerda, Laspuña, Lafortunada… Llegamos al desvío de Plan, pero esta vez lo pasamos de largo. Tengo un bonito recuerdo del precioso Valle de Chistain, pero como digo, esta vez lo pasaremos de largo.

Ya no queda mucho para llegar a Bielsa, lo estamos deseando. Creo que es la primera vez que vamos tan directos y con tan pocas paradas por el camino.

Eso sí, es Mayte quien marca las pautas. Si dice hasta aquí, pararemos en seco y la aventura no seguirá hasta que recupere sueño y fuerzas, claro.

Pero seguimos, unos cuantos kilómetros más y llegaremos a Bielsa, en donde hemos decidido pasar la tarde y hacer noche. Con tanta nieve caída y un frío que corta el aire, lo más prudente es que sea mañana, descansados y a primera hora del día, cuando lleguemos al Valle de Pineta.

Como siempre digo, la seguridad es lo primero. Y más con el invierno que llevamos.

Otra vez en Bielsa.

No sé cómo lo hemos hecho, pero serán nuevamente las 17h, más o menos. La noche está llegando y el valle se ha sumido en la oscuridad casi total.

Sin salir de la carretera principal, llegamos al hostal Pañart, aunque en realidad, yo siempre lo he visto como un hotel.

El parking está vacío, bueno, tan sólo un vehículo en un extremo que parece llevar tiempo parado. Así que aparcamos en la mismísima puerta.

Hace mucho frío, más incluso que en Aínsa. Claro, estamos metidos en plena montaña y el paso del río, cargado de humedad, aumenta la sensación térmica, pero en negativo.

Salir del coche y recorrer esos pocos metros es toda una aventura, el contraste de temperatura es bestial, pero lo hemos conseguido.

Nos registramos para pasar la noche, vamos a ir sobre la marcha, así que según lo que pase mañana, repetiremos o no. El coche está llenísimo de trastos, creo que nos hemos pasado, pero ya sabes, mejor prevenir.

Estamos en temporada baja y en un lugar donde no suele pasar nada, así que sacaremos lo justo y el resto lo taparemos con una manita negra. Ojos que no ven, amigos de lo ajeno que pasan de largo, ji ji.

Bielsa, volvemos a estar aquí, una vez más, con toda una Aventura por vivir o quizá, no. No lo sé.

He dejado a Mayte en la habitación, está tan agotada que es mejor que ella descanse un rato mientras yo me encargo del coche, es decir hacer ese pequeño escrutinio entre lo que se queda y lo que me subo a la habitación.

Mientras mi compañera de aventuras se recupera un rato (quizá no despierte hasta mañana), saboreo un café en el salón del hostal.

La planta baja está dividida en dos partes. En la de la izquierda según entras, está la cafetería. Empieza con una segunda puerta que da a las escaleras de acceso directo a las plantas superiores, es decir, las habitaciones. A continuación una gran barra con algunas mesitas que la acompañan en todo el recorrido, es decir, la cafetería.

Al otro lado de la puerta principal, el asador, con una gran zona de fuego para leña y un salón comedor salpicado de mesas para 4 comensales.

Ambas zonas están claramente diferenciadas. O por el momento me quedo cerca de la máquina de café y lejos del increíble olor a carne a la brasa.

Uhmmm… ¡Qué manera de sufrir! ji ji

La verdad es que quería hacer alguna cosa productiva, pero una vez abres el twitter, estás perdido. Llevo más de dos horas perdido entre tweets, Hashtags y demás. Insisto, estoy en la fase de “Adicción Twittera”. Y no es broma.

A eso de las 20h Mayte se presenta en el comedor, con cara de recién levantada (Obviamente) y pidiendo un café.

  • ¿Salimos a dar un paseo por el casco urbano?

Esa es mi Mayte, disfrutando a tope cada momento del viaje y sin dejar escapar cualquier oportunidad de vivir alguna gran experiencia. Diez minutos más tarde, estamos en camino.

Lo primero que hacemos es cruzar el pequeño puente que nos separa del pueblo.

Es como si ya no hiciese tanto frío, aunque está claro que sólo es una sensación. Supongo que esas horitas de descanso han hecho que los cuerpos se recuperen un poco y enfrentemos mejor las bajas temperaturas.

Enlazando calles, llegamos directamente a la plaza principal, la cual nos resulta ya muy familiar. La verdad es que cuando ya conoces un lugar, todo es diferente.

Se siente el silencio en la noche, las calles están vacías y los únicos que se atreven a pasear por puro placer en una noche así, son los dos de siempre (ya sabes, nosotros).

No tiene mucho sentido estar dando vueltas y más sabiendo que debemos descansar lo máximo posible. Así que decidimos volver a nuestro alojamiento de carretera y dar por finalizado el día.

Buenas noches 😉

07h. El sonido de las primeras duchas irrumpe en la estancia y el corretear de alguna maleta por el pasillo, también. Son los típicos ruidos de cualquier hotel. Bueno, entre unos y otros, lo único que cambia es el civismo de con quién compartas planta.

Ya sabes, te puedes encontrar gente con el síndrome del gallo (esto es de cosecha propia) que piensa que cuando ellos se despiertan, todo el mundo debe hacer lo mismo.

Y por otro lado, gente que derrocha educación y que tiene la consideración de respetar el descanso ajeno.

En realidad nunca sabes si alguien ha llegado a altas horas de la noche, está enferma, tiene niños o simplemente, necesita descansar más horas que tú. Es una cuestión de civismo.

Algún día te contaré historias vividas en hoteles que parecen más de ciencia ficción, que del mundo real, ji ji.

En resumidas cuentas, que de estar solos y tener todo el edificio para nosotros, nada de nada.

Aunque todavía es de noche, las primeras luces van dibujando o más bien descubriendo, el valle donde estamos ubicados.

Desde mi cómodo y protegido puesto de observación, el cristal de la sólida ventana invita a no salir. Pero ahí fuera, el seductor paisaje por explorar incita a todo lo contrario.  Es pura contradicción.

Una fila de pequeñas estalactitas de hielo recorre la cornisa del negro tejado, como si de un baile se tratara. Además de la caída de nieve acumulada, estas puntas de lanza suponen una suerte de peligros. La caída de una sola de ella, podría matar a una persona.

Pero con una maceta en un día de viento pasaría lo mismo ¿verdad? La naturaleza al igual que los núcleos urbanos están llenos de peligros, que muchas veces pasan desapercibidos a nuestros ojos. Debemos de ser prudentes, no hay más.

Sigo observando desde detrás del cristal, de cuando en cuando, me acerco tanto que se empaña. Sí, demasiado cerca. Lentamente, bajo la mirada, haciendo un barrido desde las cimas, hasta el cauce del río. Justo a mis pies, el parking, una docena de vehículos y un denominador común, todos ellos tienen una fina capa de hielo en el techo.

¡Ah! Y la carretera, esa infinita lengua de alquitrán que nos trajo hasta aquí, con signos visibles del paso de las quitanieves y aun con restos de sal en las cunetas.

Siempre he sentido la tentación de coger un trocito y probarla, pero cuando te acercas, ya sabes, está negruzca de toda la porquería que hay en el asfalto entre restos de caucho, contaminación de los coches, tierra, etc.

Cansado de mirar y ya consumidos mis “cinco minutos más”, bajo a la cafetería en busca de un primer café. Estoy en una segunda planta, así que quizá me encuentre a alguien por el camino, nunca se sabe.

Una vez abajo, en la cafetería, descubro que al fondo de la misma, hay una parejita desayunando. En la barra, preparando los desayunos, hay una chica que no había visto la noche anterior.

Tras los buenos días y pedirle un café, me contesta con un acento interesante que no logro identificar. Perfecto, ya tengo tema de conversación.

– ¿De dónde eres?

  • De Rusia.
  • Hablas muy bien el español.
  • Llevo años aquí y he tenido que aprender.

Ya te lo puedes imaginar, lejos de encender el portátil y sumergirme en el mundo virtual, me lo pasé conversando con aquella simpática mujer hasta que apareció Mayte y nos pusimos a desayunar.

A veces apetece detener motores, pararlo todo y tomarse un respiro. Un cambio de actividad es algo que la mente siempre agradece, te lo aseguro.

De hecho y ahora que hablamos de ello, te aconsejo que cuando te sientas saturado por cualquier tema, hagas lo mismo. Dale un respiro a tu cerebro, introduce información nueva, diferente o simplemente, ninguna.

Un de los principales problemas que arrastramos en la actualidad es la saturación mental, lo cual ya te puedes imaginar de que además de pasar a ser improductivos, no es nada bueno.

Es como un cortocircuito, el cerebro se funde.

Por cierto, conocer a personas durante un viaje es bueno, sano y como digo, nos hace crecer interiormente. Las relaciones humanas “cara a cara” están desapareciendo. Y vaticino que la llegada de internet, aunque sea una gran herramienta para muchas cosas, va a hacer más daño que otra cosa. Pero ya sabes, sólo el tiempo tendrá la última palabra.

Son casi las ocho y ahora sí, toca abrir el portátil y dar unos buenos días twitteros. Es una locura, todo el mundo saludando y los mismos contestando una y otra vez. Pero mola, mola mucho.

Desde la noche que estuve haciendo fotos y el anuncio del viaje, mucha gente está pendiente de mis movimientos, siguiendo cada paso, cada publicación, esperando nuevas noticias, saber qué hago y dónde voy. Bueno, al menos es como lo estoy viviendo.

Ya te digo, es un viaje diferente, compartido a través de internet y por ello, todo un reto para mi. Quiero ser fiel a mi estilo de viaje,  tener la capacidad de transmitir lo que siento en ciertos momentos, vamos, como una vez alguien me dijo:

La comunicación consiste en que la información que tú transmites a una persona, sea interpretada de igual manera por ésta última. Es decir, eres responsable de que lo que dices sea lo que la otra persona entiende.

¡Uff! En realidad fue mucho más sencillo que todo eso, pero no lo recuerdo bien, ji ji. Lo único que se me quedó del juego de palabras, fue lo de “Eres el responsable”.

Cuando son prácticamente las 09h, las ruedas de nuestro pequeño 206 empiezan a moverse. Salimos del parking y nos dirigimos a una gasolinera cercana en dirección a Francia, poco antes de la frontera. Ya habíamos estado aquí, por lo que no hace falta dilatar mucho la parada. Los precios del carburante aunque han ido subiendo, todavía permiten viajar con soltura. En cambio la hostelería, ya empezó a picar.

Al cambio, (de pesetas a euros), cuando empecé a viajar, el precio de un hotel de 3 e incluso 4 estrellas, para dos personas, rondaba los 12€. Ahora supera los 35€.

En cambio, los sueldos en España no suben ¿Irónico verdad? También recuerdo que la primera vez que hicimos noche en el Refugio de Pineta, pagué 3,5€. Ayer cuando llamé para ver si estaba abierto, me pidieron más del doble.

Mientras el chico de la gasolinera llena el depósito, descubro que Mayte me está mirando con una sonrisa de esas que invitan a preguntar

  • ¿Qué estás pensando?
  • Nada
  • ¿Nada? Venga, que te conozco.
  • ¿Cruzamos a Francia y vemos qué hay al otro lado del túnel?

¡Dicho y hecho! Haciendo honor a aquello de ir sobre la marcha, nos incorporamos a la carretera principal, dejando atrás la población de Parzán y en dirección al vecino país galo. Ya la última vez que vinimos nos quedamos con las ganas, así que hoy toca saciarlas.

El Túnel de Bielsa

Tras unos kilómetros en los que nos cruzamos con tan sólo un par de vehículos, un cartelito anuncia la proximidad de un túnel, el de Bielsa. La siguiente población, ya en tierras francesas, será Aragnouet, pero ya se sale mucho de nuestros planes y la descartamos, claro.

Llegamos a un túnel de un solo tubo de doble sentido de circulación (así lo describe la wikipedia) y de poco más de 3 kilómetros. A más o menos la mitad del recorrido, encontramos la frontera, al menos la línea imaginaria, ji ji.

Pero dejando los temas políticos y territoriales atrás, el túnel nos escupe a un paisaje sin igual. Si en la vertiente española había nieve, en la francesa es bestial.

Todo es blanco, el sol pega de lleno y el manto nivoso tendrá un espesor que deberíamos calcular en metros. Es increíble, precioso, espectacular. Blanco, blanquísimo, es una pasada.

Paramos a un lado de la carretera para a continuación saltar literalmente del coche. Insisto ¡¡¡Qué burrada de nieve!!!

En un intento imposible de caminar por el arcén, escucho unas voces que vienen del fondo del valle, justo en el lado donde hemos parado. Con atención, buscamos el origen de aquellos susurros, quizá producto de la emoción del momento o simplemente, imaginación. 

Pero sí, allí están. Dos puntitos rojos destacan sobre el fondo blanco. Están ascendiendo por una ladera, primero despacio, en algunos tramos, super rápido. De cuando en cuando se adivina una fina cuerda también oscura. Pero no mucho más, la luz es tan molesta que decidimos a riesgo de parecer ridículos, utilizar las máscaras de niebla.

Quizá en este punto pienses que soy un exagerado y que el uso de este tipo de gafas está sujeto a las pistas de esquí. Pero la verdad es que te equivocarías estrepitosamente.

Cuando empezaron los viajes a la nieve, tuve que estudiar qué tipo de lente era la más adecuada para proteger la vista. Conozco mucha gente que ha ido a pistas con gafas antiniebla y las ha utilizo en un día soleado como el que tenemos aquí.

El resultado es que han terminado la jornada (incluso algunos no lo han logrado) totalmente deslumbrados y con dolor de cabeza.

Esto suele pasar mucho en los viajes escolares y en las típicas “Semanas Blancas”. La información que se le da a los niños, e incluso a los padres, es insuficiente y habitualmente, inexistente.

Las gafas antiniebla son para eso mismo, para la niebla. Lo ideal para la nieve es una máscara que cubra toda la zona ocular, parecida a las que se utilizan para bucear en el mar, dotada además de un doble cristal.

La cámara de aire resultante nos protege de las bajas temperaturas y el cristal de fuera, cubierto por láminas de diferentes características, de los rayos del sol, sobre todo de los ultravioletas que tanto daño hacen.

Así pues, entramos de lleno en el mundo de los cristales polarizados, fotocromáticos, categorías 3 y 4, etc. Eso sí, cuando hablamos de cristales en realidad lo hacemos de policarbonatos, no de cristal. Buscamos materiales que no se rompan o agrieten, la seguridad es lo primero.

Aquí ya podemos hablar de la típica montura que todos conocemos, pero adaptada a deportes de montaña, con pequeños accesorios extraibles en algunos casos, destinados a la protección lateral en condiciones extremas.

Dejando atrás la pequeña reseña sobre máscaras de nieve y gafas de montaña, proseguiremos con nuestro viaje…

Blanco, todo es blanco. No importa dónde mires, lo único que rompe la continuidad del lienzo natural es la lengua de asfalto que por supuesto, desaparece tras la primera curva.

Diez minutos aquí y ya tenemos un nuevo problema, queremos saber a dónde lleva la carretera. Pero claro, tendrá que ser para otra ocasión.

Lo reconozco, cuando hemos visto la inclinación y lo abrupto del paisaje, nos hemos cagado. Ni esquiar, ni hacer raquetas, como mucho unas fotos rápidas y poco más.

Medio congelados, entramos en el coche para ser tragados una vez más, por el mismo túnel que minutos atrás nos escupía.

Bueno, la verdad es que la visita nos ha impresionado mucho, tanto que ha dejado muy claro que tenemos un nivel más que bajo para atrevernos a hacer según qué cosas. Aunque nunca se sabe, quizá algún día vuelva y sea capaz de emular a los dos pequeños puntitos rojos, ji ji.

Entre tú y yo, no lo creo.

Seguimos sumando kilómetros, con toda la tranquilidad del mundo, hasta llegar otra vez a Parzán. Creo que nos hemos ganamos un buen café, así que paramos en una pequeña cafetería que hay en el lado opuesto a la gasolinera de antes.

La parada es realmente rápida, después del chute de motivación de hace unos minutos, sólo pensamos en llegar a Pineta. Así que te puedo decir que no me acuerdo de cómo era el local, sólo pienso en nieve. De hecho estoy que me nievo encima, ji ji.

Teléfono en mano, retomo contacto con el mundo virtual. Con pequeñas frases, voy comentando lo acontecido hasta el momento  al tiempo que subo algunas fotos.

Mi teléfono, un Nokia 5800, está dotado de una pequeña cámara VGA. La resolución es básica, pero suficiente como para dejar constancia de lo vivido. Quizá algún día sean mucho mejores, pero hoy, es lo que tengo y estoy bastante contento. El sonido es una pasada, tiene algunas aplicaciones divertidas y claro, es mejor que nada ¿verdad?

Como digo, la era digital acaba de empezar.

Sigue haciendo frío, parece que hoy el sol no lleva ida de calentar, aunque también es verdad que no tanto como hace una horita, allí sí que hacía frío. Aunque ahora que lo pienso, era diferente, como más seco.

HU-V-6402 ¡Toma! Como para tener que aprenderse el nombre, ji ji. Pero debería, acabamos de incorporarnos a la carretera que nos llevará directos al Valle de Pineta.

Nada más terminar el puertecito de montaña, el embalse alimentado por el río Cinta nos regala una vista de postal. Estamos en la Presa de Pineta, es simplemente, espectacular.

Aparcamos a un lado de la carretera para verlo de cerca y hacer algunas fotos. Estoy twitteado constantemente, no puedo parar. De repente, un ave se funde con el paisaje, sobrevolando las cristalinas aguas a tan sólo unos centímetros de distancia.

¡Zasss! ¡Foto! ¿Alguien ve al pajarito?

No quiero pensar, estoy maravillado, así que subo la foto acompañada de la pregunta con la esperanza de compartir la emoción del descubrimiento.

La gente reacciona e incluso algunos amplían la imagen, en busca del ave. Recuerdo que alguien se atrevió a decir la especie a la que pertenecía (Buenos recuerdos, Esteban Rodrigo).

De todo el trayecto, creo que este ha sido el momento más emotivo, en lo que a la parte virtual se refiere, claro. Así, con estas pequeñas acciones, la manera de viajar va cambiando, poco a poco, experimentando, evolucionando, probando, tomando forma.

Las horas pasan rápido y debemos seguir, ya no demorando kilómetros, sino experiencias. El Valle tiene una longitud de unos 12 kilómetros de un extremo a otro, así que se puede decir que estamos a punto de llegar.

Inevitablemente los recuerdos de aquella primera vez, vuelven a aflorar. Los mismos árboles, las mismas construcciones, las mismas escasas curvas, nada ha cambiado. Siento que de alguna manera, vuelve a ser la primera vez. Pero es sólo eso, un montón de bonitos recuerdos que luchan por escapar del olvido.

Bueno, algo sí, la carretera está totalmente despejada. Ni un solo copo de nieve. Y eso es lo que tienen los Paradores, que se les cuida bien para que los clientes puedan llegar sin contratiempos.

La velocidad del pequeño 206 se mantiene baja, sabemos que no hay que despistarse, y menos en las zonas de umbría. Aunque sepamos que hay sal, el hielo siempre acecha.

Sigo mirando por la ventana, con el cristal bajado para que no se empañe la luna delantera y la cara medio helada. Este viaje ha sido un poco complicado con el tema del vaho, han habido tantos contrastes de temperatura que tan pronto lo veías perfecto como que de repente se empañaba de golpe y te obligaba a reaccionar con rapidez.

Hemos probado varios productos, pero al final se acaba empañando igual. Lo más efectivo es llevar un peluche para limpiar, ir jugando con la calefacción y estar muy pendiente de todo.

Ya estamos cerca del Refugio, acabamos de pasar el cartelito que anuncia su proximidad. Pero hemos decidido llegar hasta el Parador y ver cómo está el tema, así que mantenemos la marcha.

¡Aquí no hay ni un alma! Creo que está cerrado. La barrera de la puerta principal está bajada y el parking, vacío. Creo que está cerrado.

Dejamos el coche a un lado de la entrada y paseamos hacia la entrada del parque. Parece que ya no hace tanto frío, pero esa brisita que viene de la parte más alta de las montañas, hace que te duela la frente y las orejas.

No sé si lo sabes, pero son uno de los puntos más sensibles a la congelación que tenemos, de hecho duelen mucho cuando están expuestos a fríos intensos ¿Te ha pasado alguna vez? Estoy seguro de que sí.

A unos pocos metros, nos topamos con una Ermita, la de Nuestra Señora de Pineta.

Se trata de una edificación relativamente pequeña, más bien me recuerda a un refugio de montaña. Con un tejado a dos aguas y un par de campanas superpuestas, la construcción de piedra y pizarra se alza poderosa.

Al entrar, la sensación de frío es todavía más intensa.El interior es prácticamente diáfano, unas cuantas filas de barquitos y al fondo, una enorme reja que da protección a la Virgen.

Aunque es triste tener que ver estas enormes rejas, resultado de la conducta delictiva del ser humano, debo decir que hay verdaderas obras de arte en lo que a la forja se refiere.

Aunque nos hemos acostumbrado a ver las verjas vallas como eso mismo, en muchas ocasiones nos topamos con verdaderas obras de arte. No obstante, la forma no deja de ser un oficio de artesanal y por ello, parte del patrimonio cultural de nuestro país.

¿A que no lo habías pensado?

Dejamos atrás las viejas piedras de la ermita, para buscar por dónde burlar, las gélidas aguas del Cinca. No tardamos mucho en llegar al único puente que hay y que da acceso permanente  a la entrada del parque. Pero nos encontramos con una temida sorpresa, un charco de hielo de grandes dimensiones nos impide el paso.

Mayte intenta bordearlo por un lado, agarrándose a las frágiles ramas de un puñado de jóvenes árboles, pero es demasiado complicado y sus pies resbalan una y otra vez.

Decidimos volver al coche y coger las raquetas de nieve.

Te cuento, éste tipo de artilugios sirve sobre todo para aumentar la flotabilidad en la nieve. Supongo que si has visto alguna película de esquimales y fijado en esa especie de raquetas de tenis que usan en los pies, sabrás a qué me refiero. Total, que aumentan la huella y evitan que te hundas tanto. En el mercado hay varios modelos , unos más grandes y otros más pequeños, es decir, adaptados para aguantar diferentes pesos.

La mayoría de ellos además, tienen unos pinchitos que sobresalen por la parte inferior y que sirven para evitar deslizamientos en nieves más duras.

Y puestos a hablar de artículos técnicos, debes saber que nada sustituye el uso de unos crampones, es decir, algo así como una suela metálica de pinchos exclusiva para hielo y que hemos olvidado en casa, claro.

Diez minutos después, provistos de nuestras flamantes raquetas y por supuesto, unos bastones, superamos el charco sin dificultad.

Es genial disponer del artículo adecuado para cada ocasión. La inversión suele doler, pero una vez en el sitio, se te pasan todos los males.

Aunque seguimos caminando por nieve, el uso de raquetas ya no es necesario, apenas es profunda, así que las dejamos en el suelo de manera que se puedan ver de lejos. Nuestro próximo objetivo, la caseta del Guarda, ji ji.

Pero no creas que fuimos muy lejos, entre el puente y la entrada oficial del parque, habrán unos 200m, Por lo que todo está concretado en la misma zona.

La caseta de madera, es totalmente prefabricada, vamos, de esas que traen con un camión y se dejan caer. Supongo que en este tipo de zonas debe ser una gran ventaja. Además de ejemplo de no edificación permanente, claro.

Llamo a la puerta con un par de golpes secos, pero como era de esperar, nadie contesta. Aquí no hay mucho que hacer, así que seguimos investigando la zona.

Entre montoncitos y más montoncitos de nieve, descubrimos lo que resulta ser un iglú. ¿Sabes lo que es? Pues sí, una estructura en forma de media pelota cuyo material de construcción es la propia nieve.

Supongo que ya sabrás también que la temperatura en el interior se mantiene en cero grados mientras que la del exterior puede bajar mucho durante la noche o incluso alguna ventisca diurna. Vamos, algo así como encerrarse dentro de la nevera de casa y cerrar la puerta, ji ji.

Intento entrar, pero no me atrevo. En cuanto las rodillas toquen suelo, el pantalón se empapará de agua. Todo un fastidio.

Ya de vuelta al coche, observamos que en la puerta del hotel hay cierta actividad, es nuestro día de suerte, resulta que sí que está abierto.

Es hora de entrar en calor con un  buen café. O de entrar en calor y tomar un café, ji ji.

La verdad es que entre unas cosas y otras, se nos ha ido toda la mañana. En unas 3 horas las últimas luces abandonarán el valle y la oscuridad abrazará la noche. Mejor nos vamos al Refugio, comemos y nos limitamos a dar un paseo por la zona.

Refugio de Pineta, vale, lo reconozco, con el mal recuerdo que guardo, se me van las ganas de llegar. Pero el interés supera las opciones, así que toca bajarse los pantalones y pasar la noche en él.

Llegamos al refugio dejando el coche en la mismísima puerta. La rampa congelada que años atrás nos impidió bajar, muestra nieve compactada, pero esta vez nos atrevemos a descender . Sé que la bajada ha sido fácil, pero no tengo claro que se congele cuando queramos salir y toque llamar a la grúa. Esperemos que no.

Entramos al Refugio y nos recibe, ya en recepción, un tipo diferente, casi más grande yo. Vaya, esto empieza bien.

Tras cumplimentar el típico registro de entrada y lejos de descargar el coche, decidimos aprovechar lo que queda de luz para caminar hasta el río que ahora quedaba en el lado opuesto e investigar de paso, unas casetas abandonadas que habíamos visto entre los árboles en dirección al Parador.

Volvemos a salir a pasear, sin raquetas y como unos campeones.

La nieve es poco profunda, tal vez unos 10cms de espesor, pero tan compacta que las botas crujen, pero no llegan a hundirse.

Caminamos durante aproximadamente un  cuarto de hora siguiendo lo que se adivina como sendero, esa especie de línea imaginaria que conduce directamente al eje del valle y que acaba dejando atrás al pequeño bosque.

El sonido bajo nuestros pies ha cambiado, es como si el hielo estuviera hueco. Hemos llegado a lo que parece el lecho de un inmenso río sin agua.

En realidad, debe llenarse en la época del deshielo, ya en primavera. Es algo así como el funcionamiento de los barrancos, que se llenan cuando llueve y el resto del año están secos.

Estoy solo. Hace unos instantes que he detenido la marcha y visto cómo mi compañera de aventuras se alejaba de mí, poco a poco y en dirección a una ruidosa cascada de agua protegida en su base por rocas gigantescas. Supongo que los desprendimientos y las avalanchas tienen mucho que ver.

Estoy parado, inmóvil, con todos los sentidos en alerta. He vuelto a sentir la voz de una mujer pronunciando mi nombre, algo así como un susurro en el viento. Me resulta familiar, tenue e incluso seductora, pero miro alrededor y  no veo a nadie.

Sí, estoy aquí, una vez más y en medio de la nada, buscando en las cimas, también entre los árboles, pero sigo sin descubrir la silueta de mujer que resuelva tanto misterio.

Seguro que es ella, la de mis sueños, o quizá sea eso mismo, que estoy soñando. No importa, debo seguir caminando o me atrapará la noche.

Estoy muy cerca del río, ese fino hilo de vida que escapa del lecho principal, desde aquí puedo ver los reflejos plateados. Juraría que tan sólo hay un par de palmos de profundidad, pero la experiencia dice que no me fíe, que cuanto más cristalinas, más mentirosas y peligrosas son las aguas.

Siguiendo las pequeñas huellas de Mayte, consigo llegar al otro la lado. A veces no sé cómo nos atrevemos a pasar por ciertos sitios, de verdad. Pero es ese pequeño subidón de adrenalina el que da sentido a todo esto. Es como una droga.

¿Te había dicho que la cascada era ruidosa? Pues me quedé corto.

El ruido es ensordecedor, millones de litros de agua precipitándose al vacío, desde cimas de más de 200 metros, para estrellarse justo aquí, delante de mí, a mis pies.

Es salvaje, Indescriptible, Bestial.

El agua salpica por todas partes y una corriente de frío todavía más intenso, advierte del peligro. Estar aquí no es buena idea, pero cuando quieres saber qué es lo que se siente y cómo son realmente estas maravillas de la Naturaleza, el riesgo está en cierta medida, justificado.

Por si acaso, mejor que tú no lo hagas ¿Ok?

Está oscureciendo más rápido de lo esperado, hoy vamos de sorpresa en sorpresa. La temperatura sigue bajando y entramos en esa hora tan rara en que las cosas pierden su nitidez y empezamos a forzar los ojos en un intento de ver mejor.

Llegamos al Refugio prácticamente sin luz, nos habíamos dejado hasta las linternas en el coche. Reconozco que esta vez hemos escapado por los pelos de perdernos. ¡Qué desastre!

Entramos hasta el salón para echar un vistazo y vemos que la gente ya esta cenando. Por un momento olvidé que en el mundo montañero, los horarios son radicalmente diferentes. La gente madruga, come pronto y cena sobre las 19 ó 20h y a las nueve, ya está durmiendo.

Claro, algunos se levantan a las 05h para ascender a los picos más altos y tener tiempo para regresar con luz.

No sé si te lo había dicho, pero a partir de las 17h, la meteorología suele cambiar drásticamente, habitualmente a peor.

Es algo así como la hora de la cenicienta para los montañeros, siempre dependientes de los elementos.

Mientras Mayte se encarga de llevar los sacos a la habitación y extenderlos en las literas para que vayan cogiendo forma, yo me encargo de la cena.

Esta vez, en lugar de atravesar todo el refugio, accedo desde una puerta trasera que da directamente a la cocina libre, una pequeña estancia dotada con una enorme pila metálica a un lado y una barra del mismo material, que hace de bancada, al otro.

Como era de esperar, está helada, me va a tocar cocinar con guantes. Pero bueno, por el momento estoy solo, así que me lo tomaré con calma y disfrutaré del calorcito que desprende el propio fogón 😉

Dentro del mundo de los quemadores la mayoría utilizan gas, es la verdad. Pero desde que me regalaron un kit de cocina de alcohol (ya puedes adivinar quién) mi vida ha cambiado.

Te cuento, en lugar de la típica botella de gas, mi kit lleva una especie de depósito en donde pongo una pequeña cantidad de alcohol de quemar. He probado varias marcas, pero la que mejor funciona es SPB o algo así. Con lo que vale un litro (poco más de 1€) puedo estar cocinando días y días, es una pasada.

El kit en cuestión está compuesto por una cazuela, una pieza similar a la cazuela que es donde se encaja el quemador y hace al mismo tiempo de base-soporte, dos platitos, el propio quemador, una tapadera que es sartén al mismo tiempo, un asa plegable y lo mejor de todo, una flamante tetera. Ya te enseñaré alguna foto.

El sistema de trabajo que utilizo siempre es el mismo:

Para montar el kit, pongo la base en una superficie lo más estable posible, coloco el quemador y lo enciendo con cuidado de no quemarme, lleno la cazuela de agua (normalmente por la mitad), la coloco acoplada en la base  y la tapo para que aumente mucho más rápido la temperatura interior y con ello, reducir el tiempo que tarda en llegar a la ebullición. Algo así como una olla exprés.

¡Ah! Cuando unes las dos piezas principales, hay una especie de hendiduras que hace que se queden unidas como un solo bloque.

Aunque hay que tener cuidado, te puedo decir que este tipo de llama, si eres rápido en quitar la mano en caso dado, no quema. Es algo de lo más curioso.

Una vez termino de cocinar, habitualmente pasta, pongo la sartén en marcha y hago carne o embutidos. En este punto siempre tengo en cuenta si podré lavar después en condiciones o no, claro.

La grasa es lo peor de lo peor y el uso de lavavajillas es agresivo con la Naturaleza, por lo que hay que tener en cuenta que ante todo, hay que portarse bien y ser lo más respetuosos posible.

Una vez retiro la sartén, es el momento perfecto para empezar a comer mientras se calienta el agua de la tetera con el alcohol restante. Así pues, tenemos preparado el tema para una infusión, café soluble o similar.

Bueno, en lo que se refiere a comidas y cenas, claro. Para los desayunos se puede calentar leche, aunque personalmente te recomiendo que siga siendo agua y la materia prima, en polvo.

En resumen, esto viene a ser como un ritual en el que intento complicarme la vida lo menos posible. Cuanto más sencillo, mejor.

Por último debo recordaros que todas las piezas son metálicas y después de un rato con el fuego encendido, obviamente están muy calientes.Hay que extremar las precauciones para no quemarse.

Ji ji, disculpa el rollo en plan tutorial, pero seguro que desconocías este tipo de cocina tan económica y que tan buenos resultados puede dar.

¡Ah! Como apunte final debo añadir que a partir de ciertas temperaturas, en lo que a frío se refiere, el alcohol pierde fuerza y debemos dar paso al quemador de gas que todos conocemos, con su respectivo cartucho.

Ya sabes, también hay variedad de ellos, tanto por el tipo de conexión como las mezclas del contenido. De hecho incluso existen los multifuel, pero esa ya es otra historia.

La verdad es que por muy mala pinta que tenga y sabiendo que se pasa frío en este tipo de instalaciones, tiene su lado romántico. En concreto, cuando ha pasado mucho tiempo y la mente asimila algunos recuerdos como buenos, ji ji.

De la cena no te puedo contar mucho, nos dedicamos a comentar todo lo que había pasado hasta el momento e intentar planificar lo que sería un pequeño paseo a bordo de nuestros flamantes equipos de travesía, para el día siguiente. Me moría de ganas.

Y así es cómo terminó nuestro segundo día de Aventuras en el corazón de los Pirineos, contentos, relajados, repuestos del cansancio del viaje de ida y motivados, muy motivados.

La Huellas del Tren.

Amanece, serán casi las 08h y creo que somos los últimos en salir de la cama. Anoche me acosté creyendo que iba a soñar con un montón de cosas, pero nada, he dormido de tirón y no me he enterado de nada. ¡Uff!

En este refugio la norma es que a las 09h todo el mundo esté fuera. Es cuando los guardas se dedican a labores de limpieza.

No tengo ganas de correr, así que bajamos al comedor tranquilamente para desayunar, mientras se ventilan los sacos. Algo que siempre hay que hacer antes de volver a confinarlos en una funda de compresión.

El salón está vacío, seguimos siendo los últimos también en desayunar. Nos sentamos en el borde de una mesa grande, algunos platos y tazas todavía por retirar sugieren que al menos cuatro personas pasaron por aquí.

La temperatura ha bajado bastante aquí dentro, así que el uso de una chaqueta se hace obligatorio. Yo creo que es una manera de optimizar recursos, porque no es la primera vez que nos pasa.

De hecho recuerdo una vez que estuvimos en un refugio en los Lagos de Covadonga, donde apagaron la calefacción de la única estufa de leña que había. Por aquél entonces nuestros sacos de dormir eran muy básicos y te lo digo, pasamos mucho frío.

Así que desde entonces, aunque en el refugio digan que hay mantillas y podamos llevar un equipo más liviano, no me fío un pelo. Prefiero ir cargado con un buen saco y asegurarme un buen descanso, que repetir una experiencia tan desagradable que además, no fue precisamente económica.

Faltan pocos minutos para las 09h, hemos terminado de desayunar y el coche ya está cargado.

La temperatura en el exterior sigue siendo baja, pero tenemos un sol precioso. Ha llegado el momento, hoy toca salir con esquís.

Justo antes de salir del refugio, hay una sala habilitada para dejar todo el equipo de montaña, sobre todo sabiendo que suele llegar mojado y con barro.

Apurando los últimos minutos, nos vestimos para la ocasión. La idea es recorrer el valle partiendo desde aquí y dar la vuelta antes de llegar a la caseta del guarda. Pero bueno, vamos a ver qué pasa.

Equipados con unas flamantes botas de travesía, empezamos a mover las pesadas tablas como si de una locomotora a vapor se tratara. Hay que calentar la musculatura sin olvidar que acabamos de desayunar, lesionarse es lo más fácil que puede pasar cuando se hacen mal las cosas.

Pero ya te lo puedes imaginar, somos como niños con juguetes nuevos, ji ji.

Nos lanzamos a conquistar el valle siguiendo la misma ruta que hicimos ayer hacia la cascada. Nada más dejar el bosque, nos desviamos a la derecha, río arriba, con la intención de recorrer la zona más llana. El paisaje es espectacular, ya te lo digo.

Acabamos de empezar a caminar y siento que la calor me agobia. Es increíble que con lo fácil que parecía, se haga tanto esfuerzo. Parezco un pato intentando quitar la nieve que se almacena sobre las tablas al tiempo que cada dos o tres zancadas, me voy para atrás. Me siento ridículo, pero me lo estoy pasando genial.

Mayte ha tomado la delantera, reconozco que su forma física es bastante mejor que la mía. Supongo que con todo lo que anda en el hospital al cabo del día, podría hacer hasta maratones. ¿Te había dicho que es enfermera? Pues sí, por ello lo de los turnos tan raros y viajar mayoritariamente entre semana.

La Luz es cegadora, el sol se refleja allá donde mires, molesta incluso con las gafas de sol puestas. Y encima no paran de empañarse. Así que decidimos utilizar las máscaras de nieve.

¡Uff! ¡Qué cambiazo! Siento cómo mis ojos se relajan al momento. No me había dado cuenta de hasta qué punto los puedes forzar con unas condiciones de luz tan agresivas.

Está claro que el uso de protección ocular en la montaña, es imprescindible. Vamos, que las gafas de sol no son sólo para el veranito, aquí tienen un papel súper importante,  durante todo el año.

En mi caso siempre utilizo unas gafas de factor 4 que además están polarizadas.

Las máscaras de nieve además, tienen un cristal fotocromático, es decir, se oscurecen según la luz ambiental. A más luz, más oscuras. Menos luz, más claras.

Te lo digo, da gusto llevarlas puestas, incluso durante horas. Ah! Y normalmente, no se empañan.

De los guantes, chaqueta y demás, no te he dicho nada. Pero en cuanto empiezas, toda la ropa de sobra.

Y respecto a los palitos, cuanto más grande sea la roseta, mejor.

El Pinchito.

Llevamos un rato siguiendo unas extrañas huellas, al principio pensaba que eran de algún otro esquiador, pero no tiene sentido, son perfectamente paralelas. Mantenemos como podemos la marcha, haciendo muchas paradas para evitar agotarnos y estirando las piernas. Los movimientos son muy diferentes a caminar, por lo que los músculos trabajan de forma diferente y se contraen demasiado.

Decidimos abrir nuestra propia huella, que es lo que tiene esto de la travesía, y buscar el cauce del río. Aunque de forma muy sutil, vamos cogiendo altura, poco a poco, con suavidad. Ya no faltará mucho para llegar a la zona de acampada, justo antes de lo del guarda.

Mayte, a unos 30 metros por delante de mí, decide intentar regresar hasta mi posición. Demasiado complicado para seguir por allí, las ramas semicubiertas enganchas las tablas una y otra vez, por lo que caerse es algo seguro y por supuesto, nada deseable.

Apoyado sobre mis bastones, observo toda la maniobra. Está a punto de pasar por una especie de gran acequia nevada, la verdad es que no tengo idea de qué habrá debajo.

Se pone en posición, inclinando las rodillas como habíamos visto en un libro sobre esquí, acurrucándose hacia delante. Empieza a deslizarse, creo que es la primera vez que la veo tan decidida. Es obstáculo como digo, una especie de vaguada.

La verdad y es que visto desde aquí, lo que no tengo muy claro es cuál será el comportamiento de las tablas.

Se desliza, la posición es perfecta, incluso puedo descubrir una sonrisa en su cara. Las tablas van surcando la nieve, parece como si surfease una gran ola en busca del tubo perfecto.

¡Dios! ¡Se acaba de estampar!

Aunque todo parecía perfecto, la nieve acumulada en la parte más profunda no estaba tan dura, por lo que los esquís siguieron su trayectoria e inercia hacia el mismísimo fondo.

¡Un pinchito! ¡Mayte parece un pinchito! Se ha quedado clavada literalmente en la nieve.

Como puedo, salgo corriendo hasta su posición para intentar liberarla. Las botas siguen acopladas en los esquís y no puede moverse. Sus manos están aguantando el peso de todo su cuerpo intentando no hundirse ¡Madre mía!

Un par de segundos después, te aseguro que no creo que tardase más en llegar, tanto Mayte como yo estábamos allí tirados en la nieve, sin poder quitarnos los esquís, intentando ponerla de pie y riéndonos como locos.

Habíamos vivido toda la escena en cámara lenta, desde que se puso en posición hasta que aquellos esquíes eran engullidos por el manto nivoso. De verdad, creo que nunca nos habíamos reído tanto.

En realidad fue un gran susto del que salió totalmente ilesa. Se podría haber estampado contra una roca, haber caído a algún pequeño riachuelo o quién sabe cuántas cosas más. Pero no fue así, tuvimos mucha suerte y todo quedó en una de esas experiencias tan anecdóticas que seguro, nunca olvidaremos.

Ya repuestos y lejos de regresar al refugio, volvemos a dirigir las tablas rio arriba, pero buscando nuevamente las misteriosas huellas. Ya habíamos tentado a la suerte cubriendo el cupo diario.

De entre los árboles, unas líneas rectas y paralelas al suelo, llaman mi atención. Parece una especie de ventana, como si algo hubiese quedado sepultado bajo la nieve. Siento un escalofrío, pero esta vez de espíritu descubridor, ji ji.

Llegar es bastante complicado, los matorrales se transforman en verdaderas trampas y hay que extremar las precauciones para no caerse. El bosque nos da la bienvenida una vez más.

Estoy ante una extraña montaña de nieve rota por la extraña línea que había visto desde la distancia. Necesito quitarme los esquís para acercarme un poco más, pero me hundo hasta la cadera.

¡Uff! No entiendo nada.

De repente la voz de Mayte:

– ¡Pin pin! ¡Aquí hay una puerta!

  • ¿Perdón? ¿Una puerta?

Ji ji ji, parece mentira que no se me ocurriese antes rodear el montículo en lugar de intentar acceder a la supuesta ventana.

Pues sí, allí debajo, casi enterrada e invisible a ojos de los curiosos, había una especie de casita sin paredes, algo así como un cenador.

Tanto el suelo como el techo estaban construidos en madera, pero la estructura era metálica. Había un tubo fluorescente en el techo, pero la verdad es que no sé de dónde vendría a corriente eléctrica.

Allí fuera no había nada más… En principio, claro.

Una vez dentro, la nieve había inundado casi toda la estancia, llegando casi hasta el tejado, que era lo que yo había visto y que parecía una ventana. Como ya nos habíamos revolcado por la nieve un rato antes, salir por aquel hueco era toda una tentación que por supuesto, sacié 😉

Dejamos aquel lugar para buscar una vez más nuestras huellas guías. La curiosidad aumentaba a medida que avanzábamos y las conjeturas de qué podría ser el origen, también.

Estamos casi al fondo del valle, entrando en la zona de acampada de verano que por adivinamos está bajo nuestros pies. Los árboles empiezan a ser más numerosos y tras superar un nuevo montículos, una máquina roja, con grandes cadenas y totalmente acristalada.

¡Ups! ¡Es una enorme quitanieves! ¿Qué hace esto aquí?

Al acercarnos un poco más, descubrimos horrorizados que aquellas misteriosas huellas, llegaban hasta ella, vamos, que habían sido hechas por la propia máquina.

¡Dios mío! No tengo ni idea de para qué son esas marcas, pero las hemos destrozado. Espero que nadie se entere 🙁

Salimos disparados en dirección al Parador sin tan siquiera mirar atrás. No sé quién de los dos está más asustado, ji ji.

Con cara del que no ha roto un plato, entramos directos hasta recepción, saludamos al personal y subimos a la primera planta, que es donde está el salón comedor, una especie de sala de estar de estilo medieval y por supuesto, la cafetería.

En realidad no es muy grande, pero sí acogedora. Mientras el camarero prepara los cafés, aprovechamos para salir a una especie de balconada corrida tan larga como el mismo hotel, y que hace a su vez de techado para la planta inferior. Pero esta descripción queda un poco pobre a falta de una buena foto que haga justicia a tan bonita construcción 🙂

Una vez más, escudriñamos el valle en busca de actividad, pero no, estamos solos.

Inevitablemente, la fuerza de las montañas atraen toda la atención del visitante. Frente a nosotros, nieves perpetuas, cataratas que se escapan del hielo y cimas imposibles que te provocan.

Justo donde muere el valle, un efecto curioso de la Naturaleza que me deja absorto durante unos minutos. En uno de los picos, hay una nube dando vueltas.

Esto es para verlo, es más fácil su comprensión. Es como si la propia nube jugase a morderse la cola, dando vueltas, apareciendo y desapareciendo, no sé, es muy extraño.

Fotos, fotos y más fotos. Estamos en el lugar perfecto para disparar sin cesar. Hacia donde mires el sentimiento no cambia, todo es Salvaje.

Volvemos al interior y tomamos los primeros sorbos de café mientras interrogamos al camarero, un profesional de los de antes que además, sabe bastante del lugar.

Nos sugiere entrar al Parque y sin salir del camino bajo ningún concepto, descubrir lo que hay más arriba.

Supongo que se nota que estamos deseando vivir grandes Aventuras, ji ji.

Dicho y hecho, ese es nuestro plan del día.

Volvemos a bajar al cauce del río y seguir por el margen cercano a la propia carretera. Esta vez evitando pisar las ya maltrechas huellas de dejó la máquina quitanieves.

La vuelta es más rápida, al deslizarnos río abajo, la propia fuerza de la gravedad nos da un empujoncito. De hecho en algunos tramos tengo la sensación de que estoy esquiando de verdad, ji ji.

Son casi 4 kilómetros, pero es como si fuese mucho menos, la verdad.

Cansados, decidimos hacer el último kilómetro (más o menos) por carretera. Una de las grandes ventajas de la bota de esquí de travesía, es que tiene suela de goma. Es decir, puedes caminar como si de una bota de alta montaña se tratara.

Pero recuerda, aunque tengan esta ventaja sobre las de pista, tampoco es para hacer largas caminatas.

Seguimos comentando una y otra vez el momento pinchito. Emulando la secuencia y riéndonos con ganas.

De repente, algo que ya habíamos vivido tiempo atrás, allí en los Lagos de Covadonga (Asturias) se planta entre el refugio y nosotros. La niebla.

A lo mejor no resulta muy novedoso para ti, pero vivo en Valencia y allí precisamente, se ve en muy raras ocasiones. Quizá te sorprenda que hable de ello, total ¿Qué tiene de extraño un poco de niebla? ¿Que se reduce la visibilidad?

Y me dirás:

– ¡Pero si vas andando! Ji ji.

Y yo, con una sonrisa maliciosa, como el que guarda un gran secreto, te contestaré:

– Sí, pero dentro del mundo de las nieblas, hay bancos tan espesos, que hay que entrar con tijeras.

Y eso mismo es lo que nos estaba esperando en un día que se suponía de lo más soleado. Ante nosotros, una espesísima pared de niebla retaba a todo aquél que la intentase traspasar.

Nuevamente, seamos las máscaras de ventisca de las mochilas, encendemos los walkies, (algo que siempre llevamos encima como parte del equipo de seguridad) y hacemos algo que habíamos querido hacer mil veces y no habíamos tenido oportunidad, nos encordamos.

Sí, encordados para caminar por una carretera que se había tornado de lo más peligrosa. Cualquier vehículo que viniese tanto de cara como por detrás, podría embestirnos sin tiempo siquiera a reaccionar. Y como habíamos visto en algunas postales, allí estábamos los dos, caminando a trompicones, ji ji.

Mayte es un poco más bajita que yo y cada uno lleva su propio ritmo, por eso lo de los walkies. Y claro, lo de andar unidos por una cuerda no lo habíamos probado nunca. ¿Resultado? Un desastre con muchas risas.

Lo único que lamentamos profundamente es el no haber podido hacer una foto. Quizá algún día pueda hacerla, es algo súper bonito que como digo, sólo habíamos visto en algunas postales de alpinismo.

Veinte minutos más tarde, el banco se había dispersado prácticamente. Habíamos recuperado casi toda la visibilidad, y alcanzado de nuevo el contenedor de basura que nos daba la bienvenida.

Bajamos la peligrosa rampa, entramos al refugio y dejamos el equipo de esquís en la sala habilitada para ello, ya sabes, justo a la izquierda. Parece que no hay nadie, no sé si esta gente habrá salido o estará en algún rincón oculto, ji ji.

Subimos al coche y ponemos rumbo al parking del parque. Ya estamos algo cansados por la reciente excursión y si nos ahorramos un buen trozo, pues mejor.

Hora de abrir el capó, sacar la hogaza de pan, los embutidos y pegar un buen bocado. Esta es una de las experiencias más habituales  que realizo en todos los viajes y que se puede hacer en los lugares más insospechados. El único requisito es parar el coche donde no moleste o suponga peligro.

Además, es tremendamente práctico. Lo pones todo sobre la bandeja y mientras uno corta pan, el otro hace lo mismo con el fiambre o embutido.

Bueno, voy a seguir escribiendo que de contártelo me está entrando hambre otra vez, ji ji.

Tras reponer fuerzas, meter algo de comida en las mochilas y armados de unas raquetas de nieve para la ocasión, nos lanzamos a pisar nieve otra vez. Vamos de subida, suave, al menos hasta la entrada oficial.

El parque donde nos da la bienvenida con un gran cartel de color verde en el que reza “Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido”. A partir de este punto, hay que extremar las precauciones.

Por el momento lo único que logro ver es el propio camino, cubierto por una capa de nieve bastante dura y numerosas pisadas de animales. ¡Ah! De cuando en cuando también tropiezo con alguna manchita amarilla. Supongo que para ellos el cuarto de baño es algo así como “donde me pille”, ji ji.

El desnivel aumenta y aunque vamos cogiendo altura rápidamente ,seguimos rodeados de árboles. Así que no hay mucho paisaje que ver.

Sé que a cierta altura habrán desaparecido, es algo que observé mientras hacía fotos desde el hotel. Pero por el momento, nos acompañan y la sensación es como si estuviésemos dentro de un cuento.

Durante el paseo, superamos un par de tramos un tanto complicados. Creo que eran puentes de madera, pero no estoy seguro, ya sabes que cuando nieva, todo queda oculto. Lo importante es que hemos logrado pasar sin ningún percance.

Seguimos raqueteando, un poco resentidos por la primera excursión, pero muy motivados. Y eso es lo más importante ¿Verdad?

Ya casi en lo que parece la parte final del camino (lo sé porque los árboles han desaparecido) nos topamos con algo a lo que hasta el momento, no nos habíamos enfrentado. Un desprendimiento de nieve que ha sepultado el camino.

Tenemos un problema, al llevar las raquetas y con una inclinación lateral tan fuerte, no podemos pasar. Bueno, no porque no se pueda, sino porque no sabemos cómo hacerlo.

¡Puff! Estamos casi arriba, bloqueados por la carretera y sin intención de dar la vuelta. ¡Para nada!

Mayte opta por quitarse las raquetas e intentar pasar, en principio es una solución sencilla. Lo único que puede pasar es que se hunda un poco, nada más.

Tras verla desaparecer al otro lado del montonero de nieve, hago lo mismo. Me quito las raquetas y las voy clavando en la nieve, a modo de anclas, no quiero irme colina abajo. Piso donde ella lo hizo primero, clavando mis botas hasta el fondo de cada una de sus huellas.

La diferencia de peso es notable, por lo que veo cómo me hundo mucho más, prácticamente hasta las rodillas, pero cada vez que miro hacia el vacío pendiente abajo, se me pasan todos los males.

Es una interesante experiencia para los que vamos con raquetas y por supuesto, algo para investigar. Hasta la fecha, nadie me había comentado qué hacer en estas situaciones.

Superado el obstáculo, llego hasta Mayte, que todavía se está riendo por mi despliegue de seguridad, ji ji. Quizá no hacía falta tanta historia, pero te lo digo, hay momentos en los que la imaginación trabaja tan rápido y tan allá, que mi corazón se pone a mil por hora.

Volvemos a calzarnos las raquetas y quitarnos algo de ropa. La verdad es que aunque hace frío, tengo unas calores que me muero. Esto no lo tuitearé, ji ji.

El trazado del camino ha cambiazo, de las interminables y estiradas curvas, a zetas literales y con una inclinación feroz. Pero ya estamos casi arriba. Al menos es lo que parece.

¡Impresionante! ¡Qué pasada de paisaje!

Estamos arriba, la subida ha terminado y ante nosotros empieza lo que parece un nuevo valle, completamente plano y franqueado a su vez por más montañas. Creo que nunca se acaban.

Desde este punto puedo ver casi todo el trazado de subida, es como ir siguiendo un hilo blanco que aparece y desaparece bajo los árboles, hasta llegar a la casa del Guarda.

¡Te lo digo! Cuando el camarero dijo que nos iba a gustar, se quedó corto. Aunque supongo que formaba parte de la sorpresa y ahora mismo estará pensando que ha hecho feliz a dos apasionados más, de las montañas.

Intentamos seguir el camino, pero te lo digo, es muy difícil diferenciarlo del resto. La nieve lo tapa todo y el espesor empieza a ser importante. Tanto, que acabamos de descubrir una pequeña construcción semienterrada.

Avanzamos, no sé de dónde han salido las fuerzas, pero nos hemos puesto como motos. Mayte sigue en cabeza, sé que para ella sería más complicado seguir la profundidad de mis huellas.

Mientras vigilo de cualquier peligro, descubro que la nieve, la cual siempre pensé que era blanca, tiene tonalidades azuladas en algunos puntos, justo en una de las orillas del camino.

No puedo dejar de mirar, estoy tan desconcertado como maravillado ¿Por qué es azul? ¿Qué hace que cambie de color? ¿Será un efecto óptico? Sea lo que sea, Mayte está igual o incluso más sorprendida que yo.

Creo que es posible, y esto es sólo una conjetura, que puede tener con la profundidad, la temperatura o incluso las capas. Incluso que haya alguna capa de hielo por medio. Pero como digo, sólo es posible. Creo que debo añadirlo a la lista de cosas a investigar.

Llegamos a una pequeña loma desde donde descubrimos finalmente la silueta de la casa. Bueno, en concreto el tejado, porque como digo, está medio enterrada.

Extremamos la marcha, tenemos la seguridad de que la profundidad debe ser de al menos dos metros, quizá incluso tres y no nos la podemos jugar. El único que sabe de nuestra excursión es el simpático camarero del parador y no sé si el móvil tiene cobertura.

Lo que sí que sé es que no lo sacaré del bolsillo hasta llegar. Aquí entre los temas de cobertura y frío, la batería se agota incluso sin utilizarla.

No encuentro la puerta. Mientras rodeamos la construcción, la nieve vuelve a regalarnos una pista, hay que alejarse, una línea recta delata lo que debe ser un corral. Por lo que ahora mismo ya no estoy seguro de qué es lo que tenemos delante.

Ampliamos el perímetro de seguridad ¿Te imaginas si alguna valla de hierro de esas que acaban en puntas de lanza y la pisamos?

Se me pone la carne de gallina sólo de pensarlo, sería un desastre. Allí ensartado en un hierro, en mitad de la nada y sin poder escapar…

¡Vale, vale, vale, que la imaginación me puede!

Seguimos sumando metros, desde lejos parecía otra cosa, sobre todo mucho más pequeña. Hemos terminado de recorrer casi la totalidad del ala opuesta, vamos a ver si hay más suerte y se ve alguna entrada.

¡Bingo! Una pequeña verja de color verde y lo que parece un trocito de puerta.

Estamos en la parte frontal, al final la decisión de ir por un lado u otro, nos ha hecho descubrir lo que está claro que es un corral.

Dejamos las mochilas sobre la propia nieve y ahora sí, es el momento de sacar la cámara de fotos y por supuesto, el móvil. Ya sabes, hay que alimentar al voraz Twitter compartiendo hazaña, descubrimiento, emoción y sobre todo alegría.

Bueno, tengo que confesar que lo que más siento es agotamiento. Ha sido quitarme la mochila y casi me caigo con ella, ji ji.

En este punto te voy a contar un secreto, cuando saqué la pala de nieve me di cuenta de que no sabía si realmente podía entrar no, a lo que para mí era en ese momento, un refugio en toda regla.

Ante este tipo de situaciones, uno debe detenerse a pensar si está bien lo que está apunto de hacer. En este caso concreto, entendí que podía hacerlo, sobre todo sí temía por mi seguridad. Aun así, la visita fue bastante rápida.

Empecé a clavar la pala y retirar nieve de forma controlada, evitando sudar al máximo, pero la cantidad era tan grande que al final tuvimos que ir alternando uno y otro. Aunque ambos llevamos sondas de nieve y palas, dejamos la metálica que es mucho más grande, en el coche. La de plástico es ligera y práctica, por lo que creímos innecesario cargar con ambas. Cosas que pasan y de las que se aprende.

La verdad, es una sensación muy extraña. Llevo unos años metido en el mundo de la construcción, haciendo reformas y alguna chapucilla que otra. Ah! Y con las ganancias además de viajar, voy haciendo acabados en mi casita. Algún día te contaré cómo me metí en el mundo de la construcción y por qué decidí construir una casa con mis propias manos, pero eso será en otra historia.

Como te iba diciendo, acostumbrado a cargar hormigoneras con pesadas paladas de arena y grava, hacerlo con nieve es como mover aire. De verdad, la nieve prácticamente no pesa, ji ji.

Al final, logramos abrir la puerta y entrar a través del hueco que hemos hecho entre la entrada y el montón de nieve.

El interior es diáfano, no hay nada. Ni paredes, ni baño, ni habitaciones, ni nada de nada. Bueno sí, hace más frío que fuera y huele a quemado.

Nada más entrar a mano derecha, hay una gran chimenea. Por el suelo, algo de sal esparcida por el suelo, una botella de aceite vacía y un especiero. Me agacho a cogerlo, es transparente, la tapa de color azul y todo está escrito en francés y claro, está prácticamente vacío.

Es la primera vez que veo un bote tan chulo, así que me lo llevo. A partir de ahora formará parte de todas mis aventuras 🙂

Me siento bastante incómodo, es como entrar a una casa en ruinas que además huele fatal. Las ventanas están todas cerradas y el último que encendió fuego no ventiló. Aunque supongo que cuando hace tanto frío, es en lo último que piensas.

La visita ha sido rápida y no tenemos necesidad de permanecer en la casa durante más tiempo. Quizá algún día volvamos, en verano mejor.

Aprovechando que todavía quedan unas horitas de luz, decidimos seguir descubriendo el valle.

Ambos llevamos unos walkies que al igual que el bote de pimienta, forman parte de nuestro equipamiento. Pienso que hoy va a serle día perfecto para probarlos con nieve de por medio.

A Mayte le ha parecido muy buena idea, por lo que se adelanta mientras yo dejo pasar el tiempo. Aprovecho para consultar notificaciones mientras evito perder el contacto visual con ella. 

Cada 30 segundos, le envío un pitido que ella me contesta. Los aparatos llevan este sistema, algo así como una llamada perdida que te evita consumir baterías de manera significativa.

Calculo que al menos estaremos a 100 metros el uno del otro y sin ningún tipo de obstáculo entre ambos. La comunicación es perfecta.  Mientras ella sigue caminando, aumento el ritmo con la intención de alcanzarla. Bajo mis pies, la nieve es dura y el avance por tanto, rápido y cómodo.

La verdad es que desde que hemos llegado, he aprendido un montón de cosas sólo con la observación y las pisadas de las raquetas. Son una herramienta impresionante de la que pensaba que no sacaría partido.

El tiempo se nos va y veo que la luz empieza a caer. Hay que aceptar que nuestra caminata ha llegado al punto más distante del coche. Es hora de volver.

Aprovechando que el valle se había estado estrechando y que prácticamente no hay pérdida posible, decidimos subir un trocito del lateral opuesto para practicar algo con cuerdas. No tengo idea de dónde atarlas, así que tiramos de eso que nunca has de hacer, asegurarte a un arbusto.

Es sólo para probar, en caso de que pase algo, caeríamos rodando y poco más, ji ji.

Dicho y hecho. Una vez pasado un pequeño trozo de cuerda por el arbusto, pasamos nuestra pequeña cuerda por una anilla de acero que me he traído de casa y que utilizo en la obra. Es tan resistente que podría servir para levantar un coche.

Jugamos, subimos y volvemos a bajar, imaginando todas las cosas que deberíamos comprar para hacer esto en condiciones.

Una vez más, este valle incita a investigar. Estoy encantado.

Toda mi experiencia montañera está basada siempre en lo mismo, la necesidad en un momento dado. Y te lo digo, la curiosidad hace que prestes mucha más atención a todo.

Con la llegada de las primeras sombras, también lo hace la bajada del mercurio. Hay que recoger y emprender la vuelta. Hasta que no lleguemos al camino de bajada superemos el trozo de nieve lateral, no estaremos seguros.

Mayte vuelve a tomar la delantera mientras a mí se me ocurre volver a consultar el telefonito, es genial tener cobertura aquí arriba.

Cuando alzo la mirada, descubro que ya no está.

Mi corazón se pone a mil, le doy toques por el walkie, pero no escucho el sonido en el sepulcral silencio del lugar. ¿Dónde está? ¿Dónde se ha metido? ¿Se le habrá ocurrido apagar el walkie para no gastar pilas?

¡Mierda! Como se haya caído en algún agujero la hemos liado y bien gorda.

¡¡¡Mayteeeeeeeeeeee!!!

Creo que esta fue la primera vez que gritaba a pleno pulmón en medio de la nada.

Sigo apretando el botón del walkie, insistiendo una y otra vez al tiempo que buscaba a mi amiga en el blanco lienzo. Pero nada. Allí no había nadie.

De Repente y sin darle explicación, allí estaba ella, a tan sólo unos metros de mí y enterita.

  • ¿Dónde narices estabas?
  • Aquí, delante de tí, detrás de una montaña de nieve.

¡Increíble! Justo delante tenía una montaña de nieve y no se diferenciaba del paisaje. ¿Te lo puedes creer?

Pues sí, así fue. La propia nieve junto a la bajada de la intensidad de luz hacía muy difícil apreciar las irregularidades.

Por un lado, mi posición era un tanto más elevada que la de ella, y este fue el motivo por lo que no apreciaba la montañita.  Por el otro, lo veía todo como un folio en blanco, totalmente liso.

Pero lo más curioso fue de los walkies. Si hay una montaña de nieve en medio, te pasa igual que si fuese de roca. La débil señal de nuestros aparatos (casi de juguete) no es capaz de atravesarla.

Pasado el susto, bueno, mi susto, decidimos dejar de probar cosas y dirigirnos directamente al punto donde comienza el camino de vuelta, es decir, el señalizado.

A partir de ahora mantendríamos una distancia de seguridad tal, que nos permitiese en todo momento mantener el contacto visual.

Estamos cansados, los signos de fatiga son más que evidentes y la temperatura a acompañada de mucha humedad. Nos hemos metido de lleno en el bosque y ahora son los sonidos los protagonistas. Decenas de barranquitos a nuestro paso crean una melodía de lo más terrorífica. De cuando en cuando, incluso siento que el agua arrastra alguna voz. Es algo que me pone la piel de gallina. ¿Habrá gente más arribas? ¿Será un efecto de la propia naturaleza? ¿O quizá simplemente el cansancio?

Seguimos descendiendo con las raquetas, la nieve bajo nuestros pies ha cambiado, se ha transformado en sin fin de trozos de hielo. Nuestros palitos apenas se clavan, pero el tungsteno araña con tal voracidad que nos devuelve la confianza. Los palitos, algo tan sencillo, económico y tremendamente práctico.

Me encantaría explicarte qué son y las múltiples utilidades que tienen, pero ahora necesito concentrar todos los sentidos en no resbalar, no caer y sobre todo, no perder el sentido de la marcha.

Mayte va detrás de mí, a pocos metros. Esta vez lo hemos acordado así. Volvemos a cruzar los viejos y castigados puentes de madera, el agua ruge con fuerza, pero no puedo verla.

La noche es negra, no hay luces, los puntos de referencia han desaparecido y una extraña angustia lucha por instalarse en mi garganta. No lo puedo permitir, esto es lo que me gusta, es lo que más me apasiona y de lo que siempre he tenido claro que formo parte. ¿Cómo podría temer a la noche?

¡Pues estoy acojonado, de verdad! Sigo raqueteando, ya van cuatro veces las que piso una raqueta con otra. Es peligroso, mucho.

Mayte está demasiado cerca, la luz de su frontal proyecta una sombra que me adelanta, soy yo mismo, claro. Si se cae, me llevará por delante.

  • ¡Mayte! ¡Estás demasiado cerca!
  • Lo siento, estoy tan concentrada donde piso que no me había dado cuenta de que estaba tan cerca.

Pero su voz me sorprender, se lo está pasando genial y de miedo, nada de nada.

De repente me paro en seco, necesito recuperar el aliento. Es increíble la energía que se consume cuando trabajas bajo tanta tensión ¿De verdad que no estoy disfrutando de esto? ¿Estoy viviendo una pedazo aventura y no me he dado ni cuenta?

Un nuevo universo se abre en mi mente, estoy viviendo una pedazo aventura, con un montón de ingredientes mágicos y debo aprovecharlo al máximo.

Es hora de hacer un chequeo. Empiezo por echar un vistazo a las fijaciones de las raquetas, están perfectas. Vuelvo a ajustar la mochila y repaso la altura de los palitos. Todo es ok. Pese a creer que estaba sudando, la ropa está seca, eso me da mucha tranquilidad.

Hago un barrido con la luz del frontal, lentamente, con  la esperanza de ver algo, pero nada, ni tan siquiera las retinas de algún animal que observe nuestros movimientos.

Apago la luz, siento cómo los ojos se relajan. Esto es como conducir un vehículo por la noche, fuerzas tanto son darte cuenta, que acabas agotado.

Estamos en un pequeño claro donde los árboles permiten ver el cielo. ¡Ostras! ¡Qué bonito!

  • Para un momento, Mayte. ¡Apaga el frontal y mira!
  • ¿Que pare ahora? ¿Estás chalado?
  • Hazme caso, apaga la luz y mira al cielo.

Pese a la oscuridad de la noche, miro a los ojos de mi compañera de aventuras ¡Brillan! ¡Brillan como nunca!

Sobre nuestras cabezas, un rabioso manto de estrellas. Miles de estrellas, millones quizá. Estamos bajo el mismísimo Universo. Sólo ahora entiendo a quién en una ocasión afirmó creer que éramos el centro del Universo. Ahora lo entiendo. Porque en verdad, mires hacia donde mires, todo está a nuestro alrededor. Somos un simple punto, una moto de polvo, una partícula microscópica, un puñado de almas que se creen gigantes y ahora descubren que son nada.

De verdad, tenemos la mala costumbre de tergiversar las palabras de los más célebres pensadores, de los filósofos, de los visionarios ¿Y por qué? Porque somos tan necios que nuestras mentes limitadas censuran sin piedad lo desconocido y acusamos desde la cobardía.

Todo funciona así, desde que pisó el ser humano, la especie más destructora del Universo, pisó este planeta.

¡Cobardes! El mundo está lleno de ellos, de cobardes y manipuladores, de malvados y sanguijuelas.

Pero que no te confundan mis palabras, querido nómada, todos ellos con los mismos lobos disfrazados de corderos, los mismos perros con diferentes collares. La maldad tras la hipocresía.

Y aquí estamos nosotros, en mitad de la nada, a merced de las indescriptibles fuerzas de la Naturaleza, e incluso a la voluntad de los más fieros depredadores del bosque.

Me quedaría aquí para siempre, tanta belleza…¡Uff!

Una vez más, la voz de Mayte acompañada de un empujón

  • ¡Despierta atontao! ¡Que se nos van a hacer las tantas y mañana nos encontrarán aquí congelados a los dos!

Enciendo de nuevo el frontal, esta vez caminaré en la retaguardia.

Calculo que habremos recorrido más de la mitad de la bajada, la velocidad es más que aceptable y los puentes hace rato quedaron atrás. Siento además que la inclinación está aumentando, que fue justo el inicio de la caminata.

De repente, un estruendo rompe el silencio.

¡Bruummmmmmm!

¿Qué ha sido eso? Mayte se ha detenido también, al menos no ha sido mi imaginación.

Otra vez…

¡Bruummmmmmm!

  • Lo has oído
  • Como para no oírlo
  • ¿Qué es ese ruido? Parece que viene de arriba, pero no veo nada.
  • Son avalanchas, pequeñas, pero avalanchas. Tenemos que salir de aquí por patas.

¡Ahora sí! Tenemos motivos más que justificados para no detener la marcha hasta que llegar al Parador y dar signos de vida. Estoy seguro de que el camarero, sabedor de que fue quien nos sugirió que subiésemos hasta arriba, dará la voz de alarma si no volvemos.

Apresuramos la marcha, la nieve congelada cruje con cada paso. Los palitos arañan fuerza, incluso en algunos momentos se quedan literalmente clavados, obligándome a retroceder para liberarlos.

No sé ni qué pensar, como nos pille una de esas avalanchas, no se entera ni Dios. Aquí en mitad de la noche y a Mercer de los caprichos de la Madre Tierra.

¡Bruummmmmmm! Esta vez se ha oído mucho más cerca. ¡Joder!

No suelo decir palabrotas, pero ¡Joder! Está muy cerca.

De repente siento una gran corriente de aire, quizá provocado por el desplazamiento de la masa nivosa.

  • Mayte, más deprisa, me parece que de esta no salimos.
  • Concéntrate pin, sería peor que nos lesionásemos por intentar correr.

Es cierto, entonces cualquier posibilidad de salir airosos, desaparecería.

Dos veces más, pero más lejos…

¡Bruummmmmmm!

De todos los sitios en los que hemos estado, es la primera vez que nos pasa esto. Avalanchas, son avalanchas. Pequeñas, grandes, no tengo ni idea. Pero cada 5 minutos como máximo, se repiten.

Seguimos trazando curvas, las mismas que hicimos a la subida, pero no puedo distinguir las huellas de las raquetas. Han desaparecido.

Estamos llegando a la puerta del parque, estoy seguro…

¡Bruummmmmmm!

¡La tenemos encima, Mayte! ¡La tenemos encima!

El ruido es estremecedor, ensordecedor. Viene desde más alto

¡Bruummmmmmm! ¡Está aquí mismo!

Momento de pánico, desesperación, miedo infinito.

Una fuerte corriente de gélido aire nos alcanza y empuja con violencia hacia bajo… Miles de troncos se rompen…

– ¡La tenemos encima!

Después, el silencio.

  • ¿Qué ha pasado?
  • Nada.
  • ¿Cómo que nada?
  • Pues eso. Nada de nada. La Avalancha ha caído desde lo más alto, pero al llegar a los árboles, se ha desviado por alguno de los barrancos.Esta vez nos hemos librado.

Necesito hacer una foto para recordar este momento en el que acabamos de hacer una travesía nocturna. Lo que ha pasado lo guardaremos para nosotros. Es lo mejor.

Con el susto todavía en el cuerpo, llegamos por fin a la mismísima entrada del parque. Una especie de cancela que paréalo único que sirve es para impedir el tráfico rodado no autorizado.

Cansados de las raquetas, las echamos a las mochilas y caminamos hasta el Parador.

Son alrededor de las 20h, es noche cerrada. Entramo hasta la cafetería, pero el camarero hace tiempo que terminó su turno. Eso sí, dejando constancia en recepción de nuestra intención de subir a la montaña.

Todo está bien, respiramos profundo y nos relajamos. Mayte me mira, fijamente, como esperando una contestación. Yo la miro fijamente también, como intentando encontrar respuestas en sus ojos.

¡Madre mía la que hemos liado! Ji ji ji. Ambos explotamos a reír.

Acabamos de vivir la Aventura de nuestras vidas (otra más) y estamos aquí, tomando un puñetero café riéndonos como locos.

Ya te puedes imaginar la escena, comentando todos los detalles y por supuesto, negando al máximo haber sentido miedo. Pero miedo de verdad.

Como digo, somos nadie, simples motas de polvo que creen ser gigantes y en realidad, vivimos sumidos en una gran mentira.

Y esa la base con la que se ha construido esta Sociedad, una gran mentira.

Recuperados en cierta manera del susto, nos dirigimos hasta el parking en donde el pequeño 206 nos espera.

Tiramos el equipo literalmente al interior y nos vamos al refugio. Espero que podamos dormir en él, porque una vez más, vamos sin reserva.

Esta noche las cosas han cambiado en mi cabeza, es como si hubiese despertado de una vida totalmente programada. Algo así como si un velo se hubiese caído de mis ojos y viese ahora con más claridad. No sé si me entiendes, veo con más claridad.

Y eso es lo que siento ahora mismo, cuando hace menos de dos horas escapaba de las garras una muerte segura.

Última Noche.

Llegamos al Refugio. La gente está cenando y el guarda bastante liado. Le preguntamos para hacer noche y nos dice que sí, que no hay problema.

Tiene todos nuestros datos, por lo que el papeleo es innecesario.

Preparamos la cena en plan rápido y nos sentamos en el salón, en la misma mesa de ayer. Reconozco que para algunas cosas, soy un animal de costumbres, ji ji.

Mayte me mira, yo la miro y volvemos a reír. ¡Madre mía! ¡Qué experiencia!

De su mochila saca una botella de vino comprada para una ocasión especial.  En la etiqueta reza “Sangre de Toro” ¡Un pedazo vino!

Yo no suelo beber alcohol, salvo en algunas ocasiones, sobre todo en verano y cuando más calor hace, mistela. Algo así como un vinito blanco dulce de muy poca graduación.

El preciado líquido va manchando de un rojo intenso la fría y plateada taza. Ya sabes, el típico tazón de aluminio que cuando viajas, sirve para todo, desde una sopa caliente o Cola Cao, hasta en ocasiones tan especiales como la de hoy, un buen caldo (que es así como se denomina a estos vinos en la jerga vinícola).

Brindamos. Lo hacemos por la gran aventura, por los descubrimientos del día, por todo lo que nos ha regalado la montaña y sobre todo, por estar aquí, vivos, sanos y tremendamente felices.

Lo sé y lo repetiré mil veces, “Mientras lo que para unos puede ser un simple paseo, para nosotros supone una gran Aventura”.

Creo que lo voy a dejar como leyenda personal, con el tiempo ya le iré sacando punta, perfilando un poco más, ji ji.

El viaje ha sido rápido, quizá demasiado. Aunque todavía no hemos decidido si volver directamente a casa mañana a primera hora o estirar un poco más el tema y dar un pequeño rodeo que sume algún día más. No sé, sobre la marcha.

Es tarde, hay que retirarse. Entre los esquís de travesía, la ruta en raquetas, el gran esfuerzo acumulado, el susto en la vuelta y la copa de vino, perdón, las copitas de vinito, estoy “más pallá, que pacá” ji ji.

Ya en la cama, no puedo evitar mirar hacia la ventana con cierta nostalgia. Ha sido un día increíble, diferente con diferencia a viajes anteriores y pienso que difícil de superar.

Pero una sonrisa burlona se instala en mi rostro. Sé que no será así. La vida es un cúmulo constante de aventuras, experiencias, anécdotas, sufrimiento, placeres y un largo sin fin de cosas que, por supuesto, no me pienso perder.

Se me cierran los ojos, pero no dudo en acercarme al cristal y buscar en la noche. Le echo en falta.

Sigo sin lograr entender lo que me pasa con esa mujer, ya sabes, la del embalse. A veces tengo clarísimo que todo fue fruto de la imaginación, otras en cambio, estoy totalmente seguro de lo que vi.

Debo confesarte un secreto, pero no te rías ¿Vale? ¡Ah! Y que sepas que no creo en estas cosas, pero… Cuando estaba ahí arriba y empezaron las primeras avalanchas a caer, sentí como si estuviésemos acompañados.

Fue una sensación extraña. Sentía que debíamos apresurar la marcha, que estábamos en serio peligro y que “algo” me estaba alertando, como presionando.

No lo puedo explicar, pero a veces siento que “ella” o “algo” camina a mi lado, a cierta distancia, pero siempre vigilando, como velando por mí.

Bueno, es algo complicado de explicar y sobre todo de entender, lo sé. A veces me paro y miro atrás con la esperanza de descubrir a ese alguien que me acompaña, otras, no quiero girarme por miedo a descubrir que ese mismo alguien, no existe, que es la imaginación.

Mis paranoias y yo, vaya pareja.

Ahí fuera ha empezado a nevar, es una lástima que sea tan tarde. Esta vez no puedo salir, estoy demasiado agotado, necesito tirarme en la cama y pensar. No sé si podré dormir ¡Uff!

Buenas noches 🙂