Los Tres Valles

Tras haber reanudado mi actividad deportiva, dando largos paseos hasta la vecina población de Turís y con la intención de perder unos kilitos, lo único que he conseguido hasta el momento es  unos pies doloridos, agujetas en músculos que no sabía de su existencia, dolor de riñones y ganas de abandonar.

Pero si me conoces, ya sabrás que no soy de esos. De hecho, si algo he aprendido en esta vida, que curiosamente se repite una y otra vez,  es que “El paso más difícil es el primero” y “Tirar la toalla” no es una opción.

A partir de ahí, es cuestión de ir sumando, uno a uno, sin prisa, pero sí con alguna pausa, claro.

Y así es como recuerdo todas y cada una de mis aventuras, sufriendo en unas más que en otras, viendo cómo otros viajeros disfrutaban correteando como conejos por las montañas, mientras lo único que alcanzaban a ver mis ojos, era la punta de mis botas en unos casos, y un horizonte empañado por las lágrimas, en otros.

Se pasa mal, la verdad, pero reconozco que el cuerpo acaba acostumbrándose a las condiciones más duras al que lo sometas, hasta que un día descubres que avanzas más rápido, te recuperas mejor, el dolor no lo es tanto, tus pensamientos han cambiado por otros más positivos y aquella pregunta de ¿Falta mucho para llegar? se convierte en ¿Y dónde nos vamos ahora?

Y así es como entre pensamientos del pasado, una vida entera viajando y grandes experiencias que contar, he llegado hasta ti.

¿Y por qué? Porque quiero compartir contigo una Vida llena de Aventuras en las que seguro que, en más de una ocasión, te sentirás identificado.

Estamos en pleno mes de abril, de lo que viene siendo un 2019 un tanto diferente. Y aunque corren tiempos difíciles, siento que algo está cambiando, aunque quizá sólo sea en mi interior.

En la búsqueda continua por encontrar un buen café, he vuelto a descubrir otro lugar. Intento evitar a toda costa la rutina, es algo que me mata.

Y así es como he acabado aquí, sentado en un discreto rincón, desde el cual puedo observar el ir y venir de gentes que conozco y al mismo tiempo, desconozco, mientras escribo.

Pero ya no estamos en eso, lo que llevo entre manos es algo que me quema, a medida que pasan los días.

Es hora de terminar lo que un día empecé, ponerle un final, saldar una deuda con el pasado, dejar atrás una parte importante de mi vida y retomar el camino, hacia destinos más lejanos.

Y así es como empieza la gran historia que te presento. Con un primer viaje que nos traslada al enigmático valle oscense de Pineta (Huesca) , casi 20 años atrás, a un invierno de los más fríos que he conocido y a una de esas vivencias que permanecerán en mis recuerdos, para siempre.

Así empieza…

Año dos mil, estamos en pleno invierno y hace frío, mucho frío.

Llevamos un par de semanas mirando el mapa sin saber exactamente a dónde ir. Nuestro equipamiento de montaña es muy básico y reconozco que no estamos preparados para las inclemencias de la Naturaleza.

¿Un secreto? Es algo que hasta la fecha nunca me ha detenido, me encanta el mal tiempo, me hace sentir más vivo. Así que está decidido, nos vamos a los Pirineos.

Son poco más de las seis de la madrugada, suena el teléfono, un tono, dos tonos y después el silencio. Es una llamada perdida, la de Mayte, mi mejor amiga y compañera de aventuras. Acaba de salir desde su casa, cerca de la ciudad y en cosa de 25 minutos estará en la puerta de la mía. Estamos a unos 30kms de distancia uno del otro.

La noche ha sido realmente fría ahí fuera. Todo está helado, incluso el agua de Scooby, mi fiel amigo de 4 patas.

La Chica de la otra orilla.

Antes de seguir tengo que contarte algo, un segundo secreto, algo que me inquieta y que sucede cada vez que se avecina un viaje importante.

Retrocedemos en el tiempo, algunos años quizá. Era muy joven y me encantaba ir de pesca a los ríos y embalses más cercanos.

Acababa de comprar mis primeras botas de montaña y con ellas un nuevo mundo se abría ante mí. Ya no sentía frío, ni humedad en los días de lluvia, ni dolor al pisar algunas piedras. Podía ir más allá con cierta seguridad.

Estoy en el embalse del Naranjero, perdido entre montañas y sumido en la magia del lugar. La temperatura es agradable y el sol promete portarse bien. Aunque he venido en más ocasiones, hoy será la primera vez que intento navegar en solitario.

A bordo de una pequeña embarcación hinchable de color verde y con unos remos de plástico (mi presupuesto no llega para mucho más) me limito a bordear, manteniendo una pequeña distancia de seguridad con la orilla, desde la que emergen los esqueletos ya podridos, de aquellos árboles atrapados por la inundación artificial del cañón.

Siempre había escuchado decir que la Naturaleza tiene sus propios sonidos, pero cuando estás en un embalse así, te puedo asegurar que llegas a sentir hasta el del miedo, sobre todo cuanto más mansas están las aguas.

A veces, el de las pequeñas ondas que se estrellan en la orilla, a veces, el de la caída de alguna piedra, o incluso a veces, el chapuzón de algún pescadito.

Pero todos ellos son parte de un sólo escenario y por ello, asumidos con total normalidad.

Sigo navegando, despacio, como deslizándome, puedo ver a través de las aguas cristalinas, los fondos escarpados. Es increíble que antes fuesen majestuosas paredes por donde paseaban los animales y ahora, sólo peces y algún pequeño cangrejo.

De repente, en la otra orilla y sin saber cómo han llegado hasta allí, descubro a un grupo de personas. Hablan en voz baja, acomodados sobre grandes piedras, mientras al parecer, almuerzan. Se les ve relajados, incluso da la sensación de que forman parte de todo esto. Observo con curiosidad la escena, quizá debería emularlos y pegar un bocado yo también.

Mientras pienso, la idea de remar hasta la otra orilla para acercarme a ellos pasa por mi mente, pero desaparece cuando de repente la veo a ella.

¡No puede ser, la conozco, es la chica que veo en mis sueños!

Mis músculos se bloquean, no puedo moverme, quiero hacer algo, pero estoy literalmente congelado. Mucha gente cree saber cómo es su amor platónico, pero aunque yo había fantaseado con ella en más de una ocasión (supongo que ésta sería la definición más acertada) con saber cómo sería la mía, te puedo decir que acabo de verla y ¡Es real!

Desconcertante, la verdad.

Ya no escucho las voces de sus amigos, ni el de las piedras caer, ni el del agua estrellarse en las orillas. Mi corazón bombea con fuerza y los latidos ¡Uff! Tengo el pecho que me va a estallar.

¡Es increíble, parece esculpida por los mismísimos Dioses!

De tez morena, sus largos y negros cabellos, de rizos infinitos, se precipitan por una espalda que produce vértigo, hasta llegar a las poderosas curvas que anuncian el final de lo decente.

Estoy sin aliento, de hecho no sé cuántos segundos llevo sin respirar.

Se mueve despacio, cautelosa, como manteniendo cierta distancia con el grupo. Esto me confunde, parece que incluso está explorando la zona evitando a toda costa, ser descubierta. Por un segundo dudo si va con ellos o no, es un comportamiento de lo más extraño.

No puedo dejar de mirarla, estoy como hipnotizado, espero que no me descubra.

Su cuerpo, está cubierto de finas telas, gasas de seda quizá, que mezclan la pureza del blanco inmaculado, con un tono azul turquesa que recuerda a los mares de coral. En sus pies, una especie de sandalias de las que nace un par de cordeles que se van cruzando caprichosamente hasta casi las rodillas y que recuerdan a época de romanos.

Me desconcierta que una persona venga a un embalse así vestida. Está fuera de lugar, demasiado inapropiado para pasear por estos abruptos parajes. Y no porque sea feo, sino por lo delicado, claro.

No tengo dónde ocultarme, estoy en medio del agua, sin posibilidad de escapar a su presencia ¿Pero por qué debería hacerlo? No importa, ni tan siquiera alcanzo a pestañear ¡Glub!

En un derroche de osadía, me lanzo a recorrer la piel descubierta de su cuerpo, centímetro a centímetro,  intentando descubrir inexistentes imperfecciones. Tiene algo, no sé cómo explicártelo, es como si cada rayo de sol la acariciase y yo pudiese sentirlo.

De repente y con un gesto de sorpresa, detiene la marcha a unos pocos metros del grupo, se agacha con un movimiento que me resulta hasta sensual, sumerge las manos en el agua, las llena hasta rebosar y refresca su rostro.

Parece que estoy dentro de una película que se reproduce a cámara lenta, fotograma a fotograma.

La secuencia se repite una vez más, sus manos se vuelven a sumergir para emerger nuevamente, con elegancia, de trazo indescriptible, con ese líquido elemento que pelea por deslizarse entre los delicados dedos, y que pretende sin duda, escapar.

Pero no lo consigue.

Y el aire, ¡oh! Ese invisible y misterioso elemento capaz de transformar la más simple vibración, en un bello sonido, de acariciar los cabellos prohibidos de aquella criatura y salir victorioso, y de robar la más intensa, al tiempo que sutil de las fragancias, provocando los instintos más básicos con su inconfundible aroma a mujer.

¡Ups! ¡Me acaba de descubrir!

Como si de una leona se tratara y mientras el agua resbala todavía de su rostro, la mirada de dos enormes ojos, más oscuros que la noche, se clava en los míos.

Ya no hay distancia, ha desaparecido “ipso facto”. Y lejos de seguir bloqueado, algo hierve en mi interior, siento que tengo más fuerza que nunca. Tan sólo ella y yo, su mirada y la mía, un todo y la eternidad. Nos acabamos de fundir.

Tímidamente y con un vago intento por romper la magia, levanto una mano. Quiero enviarle un saludo, que sepa que estoy aquí y que ella quizá, incluso me salude a mí. Aunque sé que es un pensamiento estúpido, obviamente ya lo sabe.

Sus ojos siguen clavados en los míos,  no sé qué va a pasar.

Una vez, dos veces, tres veces quizá, sus pestañas aletean como  mariposas. Pensé que nunca iba a parpadear, a mí ya me escuecen los ojos. Yo ni lo he intentado, no quiero descubrir si esto es un sueño y que al abrirlos, haya desaparecido.

Sus labios, perfectamente perfilados y deliciosamente carnosos, empiezan a estirarse, creo que va a sonreír.

¡Vaya! Lo acaba de hacer, me está sonriendo.

Una bonita expresión se dibuja en su cara, quizá ahora más relajada. Pero yo, yo quiero morirme. Siento una nueva explosión  en mi interior.

Es ella, estoy seguro, la he soñado tantas veces y ahora que está ahí ¿Qué puedo hacer? ¿Qué le puedo decir? ¿Debo ponerme a vocear como un loco y estropear el momento?

Y lo más importante de todo ¿Cuál será su nombre? ¿La volveré a ver?

El grupo me observa con cara de incógnita, no sé si sentirme afortunado, o reconocer que se me ha puesto cara de tonto. Uno a uno y sin mediar palabra, saludan como respondiendo al gesto de mi mano. Creo que piensan que el saludo iba para ellos.

Aunque ahora que lo pienso, la verdad es que para ellos, tiene todo el sentido, claro 😉

Ella sigue indiferente al resto. La sensación de que va por libre sigue ahí. Mientras los chicos se preparan para reanudar la marcha, ella me vuelve a mirar.  Lo hace con mucha dulzura, mientras vuelve a sonreír…

Te juro que parece una invitación para que vaya hasta ella. Pero tan rápido como lo pienso, veo cómo desaparece tras unos grandes arbustos.

El grupo hace exactamente lo mismo, uno a uno son engullidos por aquellas grandes plantas, de largas y finas hojas verdes, decoradas a su vez por unas bonitas flores rosas. ¿Será Baladre?

Una vez más, el silencio.

Bueno, sea lo que sea, te digo una cosa, ha valido la pena.

Siempre he creído en que todo pasa por algo y que si deseas las cosas de verdad, debes pedírselas al Universo. Por lo que puedo concluir que en esta ocasión, me ha escuchado, ji ji.

Ah! Un apunte más, de aquél viaje y todo lo que pasó después, no recuerdo nada más.

Tan sólo que aquel momento se me grabó a fuego y que desde entonces, sigo soñando con ella y con la esperanza de que algún día, el destino, vuelva a cruzar nuestros caminos.

Volver a verla, escuchar su voz, saber su nombre y quizá, sólo quizá, caminar con ella, cogiendo su mano, acariciando sus cabellos y en un momento dado, confesarle que ya la conocía, pero sólo en mis sueños.

Sé lo que estás pensando, que eso sólo pasa en los mejores cuentos. Y la verdad, nunca he estado seguro al 100% de que aquello hubiese sucedido realmente. Pero ya sabes cómo funciona la mente humana, en su empeño de complacernos, la línea de lo real y lo imaginario es muy fina y un tanto confusa 🙂

¡On The Road!

Se me cierran los ojos, apenas he dormido unas horas. Siempre me pasa lo mismo la noche anterior, creo que es por la emoción, me encanta viajar y más si es a la montaña.

¡Uff! ¡Qué sueño! Necesito un café 🙂

Mientras termino de vestirme y revisar mentalmente el equipaje, salgo para abrir las puertas de la cancela y regresar rápidamente al interior de la vivienda, son poco más de las 06h.

Unos minutos más tarde, el ronroneo de un vehículo reclama mi atención. ¡Ya está aquí!

En cuestión de unos minutos cargamos el equipaje, y por qué no decirlo, de cualquier manera. La humedad a estas horas están intensa que cala hasta el hueso, así que lo iré recolocando sobre la marcha y con el calorcito ya del sol.

El viaje acaba de empezar, estamos “On The Road”.

Primera “Parada Técnica”, el Pont.

Como es habitual y pese a que sólo está a 12 kilómetros de casa, hacemos una primera “Parada Técnica” en el Pont, un restaurante de carretera, situado a espaldas de un área de servicio de la A3 (Valencia-Madrid) y al que solemos ir antes y después de cada viaje.

Pedimos café y mientras lo sirven, llenamos la mesa de papeles, anotaciones y el gran libro rojo de los mapas, uno de esos muy antiguos en el que vienen caminos forestales y carreteras secundarias, hoy en día abandonadas, y que ya no aparecen ni en las guías comerciales más completas.

En esta ocasión volvemos a tener una propuesta casual, es decir, uno de esos lugares que ves de refilón en la tele y del que nunca habíamos oído hablar. ¿Su nombre?  Plan, en Huesca.

La información que tenemos es muy básica. Es un puntito en el mapa que se hizo popular en su momento porque allí, en enero del 1985, se realizó una “Caravana de Mujeres”. Esto es algo que sólo había visto en las películas de vaqueros y que no deja de sorprenderme, la verdad.

Supongo que será producto de algún tipo de despoblación local, ni idea.

Debemos seguir. Además de tomar un buen café, revisar el mapa y todos los datos que hemos podido recopilar, aprovechamos para poner gasolina y limpiar los cristales del coche.

Es increíble la grasa que cogen y lo rápido que se empañan, tanto por dentro como por fuera, con estas temperaturas tan bajas. Creo que estaremos a dos o tres grados bajo cero, ahí fuera.

La noche es cerrada, oscura como el tizón. Apenas falta un puñado de minutos para las 07h y aunque no tenemos hora de llegada prevista, ya vamos con algo de retraso. El sol no tardará en salir y queremos llegar al desvío de Teruel antes de que nos dé en la cara de lleno.

Es realmente incómodo conducir así, con toda esa luz  pegándote en los ojos.

Pasada poco más de una hora y ya con el sol a nuestras espaldas, volvemos a parar. En esta ocasión en Barracas, una especie de área de servicio que se fusiona con una pequeña población de apenas unas pocas casas, cuyo comercio se concentra en la misma nacional, es decir, varios bares de carretera, gasolinera a ambos lados, un discreto supermercado y nuestra cafetería habitual, la más grande quizá, en donde podemos comprar pan y embutidos de primera calidad, mientras sucumbimos a la seducción de deliciosas carnes a la brasa.

¡Eih! Nada que ver con lo que puedas encontrar en un supermercado. ¡Que lo sepas!

En esta ocasión la parada no es tan breve, un cafelito, una conversación relajada, momento baño y comprar más provisiones para el viaje, que nunca se sabe.

Con Huesca como escala principal, la idea es pasar de largo tanto Teruel como Zaragoza, pero claro, sólo es eso, una idea en la que caerá algún cafelito más.

Siempre he dicho que viajar no es llegar a un sitio y ya está. Hay que disfrutar de todo el trayecto 🙂

A partir de ahí, las ciudades irán quedando atrás y ya no pararemos más hasta llegar a Aínsa. Y es justo en esta parada cuando empezará a sentirse de verdad, el sabor de la Aventura.

Tomando la E-7 en dirección a Sabiñánigo, vamos sumando kilómetros y poblaciones. Siempre en busca del enlace con la N-260, que es la que nos llevará definitivamente hasta Ainsa.

Ainsa, parada técnica.

Tras haber recorrido más de 400 kms y aunque hemos parado en innumerables ocasiones, tengo las piernas entumecidas y el culo  con la forma del asiento del coche. Estamos en Aínsa.

Decidimos atravesar toda la población para echar un vistazo y saber dónde ir a comprar algo más de comida y tomar un último café, antes de adentrarnos en carreteras desconocidas.

Tras cruzar el puente que da la bienvenida a la población para los que vienen desde Barbastro, que era la otra opción que habíamos barajado, damos la vuelta entrando de nuevo en el casco urbano.

La suerte nos lleva hasta la puerta de un Intersport, una pequeña tienda de deportes perteneciente a una franquicia del mismo nombre y que supongo dará un buen servicio a esta zona, que por supuesto, se presenta como muy turística.

Aunque hace sol, sé que ahí fuera hace un frío que pela, pero me da igual, esto es precioso. Salimos del coche y sí, estaba en lo cierto. Pese al sol, el frío es intenso.

¡Madre mía! El viento es tan gélido, que corta. Lo había subestimado.

Ainsa es de lo más interesante, llena de calles por descubrir y rincones que conquistar, pero tras media horita y un reconfortante café, decidimos proseguir la marcha hasta Plan. Sé que ya no estará muy lejos de aquí, a unos 60kms más o menos, pero todavía hay que llegar.

Son carreteras desconocidas, en pocas horas volverá a caer la noche y con ella aparecerán los primeros hielos. No me la quiero jugar.

Así que ya sabes, si todo se complica, tocará dormir en el coche, claro.

Bueno, también es verdad que cuando viajas con tranquilidad, ilusión y abierto a todo lo que pueda pasar, el destino te acaba recompensando.

Tal cual es así, que después de recorrer parte de la A-138 dirección Francia en busca de Salinas de Bielsa, tomar la A-2609, atravesar varios túneles esculpidos en la piedra de la montaña y pasar un poco de miedo conduciendo por una carretera con lo que parece un solo carril, llegamos sin novedad alguna hasta la pequeña población de Plan, quien nos recibe con un restaurante dotado de chimenea de leña y buen café. 

¿Qué más se puede pedir? (Que sepas que lo he soltado todo de golpe y sin respirar, ji ji).

¡Ah! ¡Sí! Un lugar donde pasar la noche, lo más confortablemente posible, claro 😉

Descubriendo Plan.

Si hay algo indiscutible en esta vida a fecha de hoy,  es el calor que sólo la madera te puede brindar. No importa el frío que haga ahí fuera, ni tan siquiera el que esté por venir, mientras la chimenea esté encendida y el hierro al rojo vivo, será capaz de transformar los rigores del más duro de los inviernos, en el más cálido y confortable de los hogares.

Y así es como pasamos de aquella primera chimenea, a la calefacción más normalita que la gran habitación proporcionada por el mismo establecimiento, nos ofreció. Aunque no pasamos frío, claro.

Estamos en un edificio cercano, a tan sólo una manzana del restaurante. Todavía hay tiempo, así que toca estirar las piernas antes de dormir. Volvemos a ponernos las chaquetas y salimos decididos a descubrir los secretos del pueblo, ya entrada la noche.

Recorremos la mayoría de las calles, la vía principal hasta las afueras e incluso alejándonos río arriba, andamos por un sendero que lo bordeaba desde el otro lado. Me encanta contemplar las tenues luces del conjunto, todo ello a modo de postal.

El tiempo se ha detenido y puedo escuchar el susurro de las aguas, es cómo si alguna historia quisieran contar. Me esfuerzo,  de verdad, pero no las logro entender.

Miro al cielo. La noche es tan oscura, que permite contemplar con nitidez el manto de estrellas que salpica el firmamento.

Y el aire… El aire es tan puro que siento que congela todo a su paso, hasta llegar a mis pulmones.

Pero estos momentos tan idílicos siempre exigen un precio y yo soy la víctima perfecta, no estoy tan abrigado como para soportarlo mucho más. Es hora de dar por finalizada la excursión nocturna, guarecerse y descansar lo máximo posible.

Mañana será un gran día…

Hora de un buen café

¿Sabes? He vuelto a soñar con la chica del embalse. Incluso me atrevería a decir que era ella quien susurraba en el río. Es todo muy extraño, a veces incluso pienso que la voy a encontrar allá donde vaya. O que justo cuando aparecen esos momentos en los que más cerca me siento de la Naturaleza, o de mí mismo, ella estará ahí, esperándome.

Es una locura, lo sé. Así que a riesgo de perder la cordura, mejor lo guardo para mí.

Amanece, más temprano incluso de lo que desearía. El ritmo de vida aquí lo marca la propia Naturaleza y no un triste reloj.

Recogemos tranquilamente los trastos y dejamos la habitación vacía y ordenada. Mi madre siempre dice que dormir en un hotel no implica descuidar la educación y los buenos hábitos.

Un par de minutos nos separan de ese primer café, en el que supongo, el único restaurante del pueblo. Así que vamos directamente hasta él, calle abajo, despacito, sin prisas y disfrutando de unos primeros rayos de sol que no calientan lo más mínimo. Pero es bonito.

Al llegar a la puerta, un simpático camarero nos ofrece de almorzar.

Para hoy tienen tortillas variadas, revueltos de setas, embutidos, etc… Pero llevamos tantas cosas en el coche que preferimos empezar por ese buen café y dejar la comida para más tarde y ya de camino a Bielsa, nuestro próximo destino.

Poco antes de abandonar la población, paramos en una pequeña tienda a modo de ultramarinos, de esas en las que se puede encontrar un poco de todo y de todo, un poco.

Entre pasillo y pasillo, descubro un curioso imán de nevera. Está fabricado con una especie de pasta que imita a la terracota, decorado en forma de luna llena y atravesado a su vez por una graciosa brujita, que vuela a bordo de su flamante escoba.

¡Me encanta!

Bueno, te confieso que cuanto más la miro, más me atrae. Y no sé por qué, ji ji.

Al salir de la tienda, alguien comenta algo sobre dos enormes nogales cercanos y lo que pasa cuando permaneces bajo ellos durante un buen rato, ¿Lo sabes? La cabeza te empieza a doler.

No sé, pero por si acaso, no tentaremos a la suerte.

En una ocasión me dijeron que si quemamos leña de higuera, sucedía lo mismo. Aunque tampoco lo he comprobado, ji ji.

El día invita a seguir caminando un poco más antes de marchar, así que decidimos ir calle arriba, paralelos a un pequeño riachuelo, hasta llegar a los pies de una preciosa iglesia.

La caminata se torna lenta, y con el café recién tomado a estas horas de la mañana, se exige de una dosis de buenas piernas y grandes pulmones, ji ji.

Iglesia de San Esteban, Plan (S.XVI)

Al llegar, descubro sorprendido que el paseo sin duda, ha valido la pena. ¡Guau!

Para llegar, hay que cruzar un pequeño puente. Siento como si me transportase hasta el mundo medieval y quisiera entrar en un Castillo.

¡Qué pasada!

La construcción es relativamente pequeña para ser una iglesia, aunque quien entiende más de esto es Mayte, mi compañera de aventuras.

¿Que quién es Mayte? Ah! Perdón.

La verdad es que la conocí de manera indirecta. Yo tenía amistad con una familia y ella resultó ser “la tía”, con la que además empecé a coincidir de manera regular. Enseguida conectamos, nos veíamos a menudo y pasó rápidamente a convertirse en mi mejor amiga.

Casualmente, al poco tiempo, su coche murió. Ya sabes, el motor decidió jubilarse y dar paso al siguiente, un bonito Peugeot 206.

Y digo casualmente porque todavía recuerdo el día que le dije ¿Nos vamos a estrenarlo? Y vaya si lo hicimos, pero literalmente.

A los 50 kms de salir, una de las ruedas pinchó. Estábamos  cerca  del embalse de Benagéber, conocido realmente como el del Generalísimo, en medio de la nada.

Era la primera vez que pinchábamos y ninguno de los dos sabía cómo se cambiaba una rueda. ¡Uff! Nos costó Dios y ayuda.

Aunque era nueva y le habíamos quitado todos los tornillos, aquella llanta estaba pegada, fundida, encasquillada o vete a saber el qué.

Recuerdo que tuvimos que golpearla varias veces con un trozo de madera, hasta que salió y pudimos poner la de recambio. Que para sorpresa nuestra, era uno de esos modelos mucho más pequeños con los que puedes hacer unos 60 kilómetros, obligándote pues, a reparar la original lo antes posible.

Sin saberlo, aquél viaje lleno de anécdotas, fue el primero de muchos otros. En poco tiempo, aquella chica había pasado de conocida a mejor amiga, después a compañera de aventuras y finalmente, de cuerda también… Porque ya te digo, acabamos haciendo nuestros pinitos en caminos estrellados (vamos, paredes).

Por un lado, seguía con mis excursiones moteras en solitario, es algo que llevo en la sangre. Por otro, viajar en coche permitía plantearse destinos más ambiciosos, transportar mucho más equipamiento y además, servía de refugio en momentos complicados.

Ya sabes que la Naturaleza además de bella, es salvaje. Pero esa ya es otra historia 😉

Antes de seguir, echo un vistazo a mi alrededor, no hay ni un alma.

Sólo veo un edificio hecho de piedra, con negra pizarra en los tejados, una especie de refuerzos exteriores en las paredes y un portón encajado en un gran arco de piedra, que da una sensación de profundidad tal, que parece un túnel.

Ah! Y otra cosa que me llama mucho más la atención y que desde ayer había notado, la limpieza, el mimo y el cuidado del entorno, allá donde mires. Incluso el ambiente, al margen de los humos de las chimeneas, huele a limpio.

Insisto, no importa hacia dónde mires, este  pueblo, Plan, está impoluto.

Aquí no encontrarás ni un papel, ni una colilla y por supuesto, ni un solo signo de abandono.

Intentamos dar la vuelta entera para echar un vistazo y buscar otra posible entrada, pero al final decidimos acceder por donde toca, por la puerta principal.

Una vez en el interior, el silencio nos recibe con soberbia. La tenue luz de alguna vela encendida recuerda a los que se fueron y el frío, presente aquí también, nos regala un escalofrío, de esos que llegan hasta el alma.

Evito quedarme en medio del pasillo que conduce hasta el altar.

Al parecer, seguimos estando solos.

Sigo observando con detenimiento cada detalle, el contraste entre las luces y las sombras, las filas de pilares cuadrados que van dibujando arcos, el conjunto unido por uno más y que conforma el techo. Insisto, no tengo mucha idea de arquitectura pero es para observar con atención, y así es como vagamente puedo explicártelo.

No se me ocurre otra cosa que tocar la pared con la mano. Me produce una sensación extraña, siento que debo abandonar el lugar. Y no porque no sea bien venido, sino porque por alguna razón que desconozco, no merezco estar aquí. Me siento impuro, fuera de contexto.

Es la primera vez me pasa esto, no sé, ahora mismo no puedo explicarlo. Y mira que no creo en estas cosas ¡Eh!

Pues eso, aunque no me había pasado en la vida algo así, decido confiar en mi instinto y salir al exterior hasta que Mayte se reúna conmigo.

Unos minutos después y ya finalizada también su visita (vamos juntos pero al mismo tiempo, nos gusta ir por libre tomando cada uno su tiempo), nos lanzamos calle abajo. En esta ocasión por la otra orilla del pequeño riachuelo. Cuyas aguas se precipitan buscando el fondo del valle, en donde se reunirá con otros tantos para formar uno sólo y convertirse en un gran río. La Naturaleza es así.

El Valle de Chistau

Vamos bastante bien de tiempo, así que decidimos retrasar la vuelta y recorrer el valle río arriba sin salirnos de la A-2609, hasta donde nos lleve.

La temperatura sigue siendo bastante baja y el techo del coche todavía mantiene una fina capa de hielo que produce un gracioso contraste de colores que no tardará en desaparecer. El sol promete portarse bien ofreciendo una buena jornada.

Seguimos valle arriba, llegando en pocos minutos a una segunda población que derrama, por la empinada ladera de la montaña, un sin fin de construcciones.

Estamos en San Juan de Plan.

Nos percatamos de que sin darnos cuenta, habíamos estado ganando  altura, alejándonos al mismo tiempo del cauce del río, justo en el eje del valle.

La carretera, más que serpentear, parece que se contonea dibujando suaves curvas, hasta llegar a un tramo un tanto más pronunciado. Paramos el vehículo en lo que parece un parking, con la intención de dar un nuevo paseo.

Estamos prácticamente a la salida de la población y podemos ver que hay bastante actividad constructora. Vamos, que parece que están ampliando el pueblo.

Tras caminar unos minutos sin lograr ver a ningún vecino, decidimos dar la vuelta y finalizar la pequeña excursión. Así que  regresamos al vehículo.

Al llegar y mientras Mayte abre las puertas, me deleito contemplando la gran casona de piedra y pizarra, que respetando el estilo constructivo de la zona, se halla ante mí.

Tiene pinta de llevar poco tiempo hecha, es preciosa.

Fieles a la curiosidad aventurera que nos precede, nos acercamos para investigar (cotillear) un poco. Desde fuera, oculto por unas cortinas blancas, se puede adivinar un restaurante, así que aprovechamos para entrar con la excusa de tomar un segundo café e interesarnos por el lugar.

Una vez dentro, nos recibe una señora de lo más elegante, algo que de entrada me descoloca. Rápidamente nos desvela un secreto, acabamos de descubrir el hotel “Casa Anita”.

Bueno, no te puedes imaginar la cara de tonto que se me puso por no haber estado más atento a las indicaciones. Pero ya sabes, a estas horas y en un valle del que todo lo desconocemos, todo es posible.

Durante un ratito tuvimos la oportunidad de conversar con aquella señora, nutriéndonos de todos sus relatos, tanto de la historia del hotel, como del lugar. Lo reconozco, aprendo mucho más así, que leyendo libros.

¡Uhmmm..! Ahora que hablamos de leer, en realidad leo más bien poco, ji ji.

Te lo digo, no hay nada que supere a una persona contando historias, transmitidas de generación en generación, a través de las palabras, de los gestos, del entusiasmo y del gran poder de la imaginación. Por supuesto del que quiere escuchar y aprender, claro.

Estoy seguro de que algún día volveré a este lugar y me empaparé de mucho más. Todo aquí es precioso.

Pero es hora de seguir. Son casi las 11:00h y nuestro día no ha hecho más que empezar, con un montón de informaciones nuevas.

Retomamos nuevamente la carretera y la seguimos, todo recto, muy recto. A los pocos minutos nos sorprende una curva de 180º que nos obliga a detener la marcha y claro, echar un vistazo al camino de tierra que intenta seguir el trazado anterior, prolongando la recta hacia lo desconocido.

Es un viaje de exploración, por lo que dejamos el coche y nos lanzamos a caminar. Pero parece que lo único que hace es seguir el río aguas arriba, allá abajo y poco más.

Estamos en lo que parece un puerto de montaña, largas rectas rotas por caprichosas y radicales curvas. Algo así como estiradas zetas.

Seguimos ganando altura rápidamente y en unos pocos minutos, la carretera nos obliga a parar de nuevo. Acabamos de llegar a Gistaín.

Gistaín.

El sol ha inundado de luz el valle y con él, todo se ha llenado de vida. Pese a ser una población relativamente pequeña, hay mucha actividad. Está lleno de calles imposibles, algunas de ellas prácticamente verticales. El pueblo entero vuelve a estar construido en la ladera de una montaña, sólo que en esta ocasión, nos hayamos en la parte más baja.

Nada más entrar, a la derecha, un nuevo camino invita a seguir subiendo por la montaña. Pero nos comentan que éste es el último lugar en donde encontraremos café y por ende, el último pueblo del valle.

Así que ya sabes. Hay que obedecer 😉

Hasta el momento, me había sentido como un medio turista, un medio explorador, un medio viajero. Pero fue en este pueblo, y no me preguntes por qué, cuando por primera vez me pregunté

¿Cómo de duro puede ser vivir lejos de todo?¿Cómo nos ven ellos cuando llegamos con nuestras vidas de ciudad?

Cuando viajamos, no somos conscientes de lo que pasa al otro lado del cristal, de cómo nos ven ellos, de qué pasa en su día a día y de muchas otras cosas más mientras nosotros, estamos en la ciudad.

Mil preguntas en la cabeza y ninguna respuesta. ¿Y qué pasa cuando nieva? ¿Y si las lluvias provocan algún deslizamiento de tierra y la carretera queda cortada?

Como te digo, durante la visita a esta pequeña población, la leyenda de “Sólo sé que no sé nada” cobró todo el sentido.

¿Sabes? Han pasado muchísimos años de aquél primer viaje y lo que mejor recuerdo fueron las macetas llenas de flores de vivos colores que justo en el corazón del pueblo, una señora que ofrecía alojamiento a los turistas, tenía en la fachada de su casa.

Bielsa

Una horita después, estamos nuevamente en carretera, justo por donde vinimos. Bueno, en realidad es la única manera de abandonar el valle en coche, claro.

Volvemos a surfear las mismas curvas, atravesar los mismos túneles y sentir la misma sensación de peligro de esos tramos imposibles ya conocidos y que superamos por segunda vez, sin sorpresas.

Eso sí, permitiéndome en esta ocasión observar con más detenimiento el paisaje, para descubrir que justo al otro lado del cañón y justo a la altura de mis ojos, está la carretera que lleva a Francia y que en pocos minutos, tomaremos.

Y así es como pasados unos minutos, llegamos a un cruce en donde nos detenemos, para incorporamos finalmente a la A-138, y en el que además, existe un pequeño núcleo de viviendas.

La calzada es totalmente diferente, mucho más ancha y con un asfalto de esos tan negros que se confunden en la noche. Está mojada y seguro que en algunos tramos, helada. Pero los restos de sal en ambas orillas dejan claro que en un principio, no encontraremos peligro alguno.

Sigue haciendo mucho frío y las probabilidades de que el sol nos siga acompañando se han esfumado, conducimos en zona de umbría (sombra de la montaña).

El paisaje es sencillamente impresionante, frondosos bosques de pinos que se pierden en el cielo, una amplia variedad de intensos verdes y agua, mucha agua. Y por supuesto, eso es siempre sinónimo de vida. Ahora ya sé dónde van a morir todos los riachuelos.

Vamos siguiendo el cauce del río Cinca, a contracorriente.

¡Eih! Cuando lo ves, sólo puedes decir ¡Qué Salvajada!

Pasados unos kilómetros, un cartel anuncia la llegada a Bielsa, pero en lugar de tomar el desvío que lleva al centro urbano, seguimos en dirección a Francia. Queremos explorar un poco más la zona y ver cómo es la frontera.

Área de Servicio de Parzán

No tardamos mucho más en divisar otro cartelito y llegar a un nuevo área de servicio, estamos en Parzán. Es hora de repostar, nos habíamos descuidado mucho y un error así podría ser fatal.

Quedarte sin combustible en este país, además de acarrear una sanción (cosa que no entiendo) implica no tener calefacción en caso de quedar atrapado por la nieve o el frío, por ejemplo.

El lugar es bonito y pintoresco, así que hacemos una Parada Técnica en toda regla, Gasolina, cafelito y paseo. Debemos estirar las piernas cada vez que se tenga ocasión.

¿Sabes? Es como si estuviésemos en el fondo de un bonito valle y todo empezase a extenderse desde nuestros pies. Tenemos el poder de caminar hacia cualquier dirección. Es una sensación increíble.

Por cierto, aunque hasta el momento no he dicho nada, tengo cierta predilección por la fotografía. Mi padre, desde que tengo memoria, siempre lleva con él una vieja cámara de la cual, desconozco hasta la marca.

Nunca me deja tocarla, es como su tesoro. Así que hace tiempo que compré la mía. Ya sabes, una de esas normalitas, pero que ya funciona con pilas y eso mola mucho.

Oteando la zona, veo a unos pájaros que alzan el vuelo y se dejan caer una y otra vez, sobre un interminable campo de cultivo.

Parece hierba alta, de un verde suave, supongo que será algún tipo de cereal.

Con el máximo sigilo que puedo, me dirijo a ellos. Son negros y bastante grandes, si lo consigo, será una buena toma.

Poco a poco voy avanzando, con movimientos suaves, con cautela. Pero a tan sólo unos 20 metros, descubro que de pajaritos, nada de nada. Son unos bichos enormes, unos pedazos cuervos más negros que el tizón y que estoy seguro que con una sola mirada, podrían desafiar al mismísimo diablo.

Emocionado, apresuro el paso y ¡Zasss…! Uno de ellos levanta la cabeza y me descubre.

Acompañado de una mirada tan oscura como sentenciera, de su pico sale un impresionante graznido que alerta al resto del grupo. Y antes de que me dé tiempo a reaccionar, levantan el vuelo hasta desaparecer en la profundidad del bosque. 

No te rías, pero incluso yo, me asusté al oírlo.

¡Pedazo bicharracos! No sabía que estos animales podían llegar a ser tan grandes y por supuesto, dar tanto miedo.

Bueno, que sepas que aun así, he logrado sacar alguna foto. Aunque nada que ver con lo que pretendía, claro.

La Conquista de Bielsa

Aunque dicen que el orden de los factores no altera el producto, debo matizar que a la hora de viajar, sí y mucho.

Así que nos quedamos con las ganas de entrar en territorio galo y, pese a estar a un puñado de kilómetros, damos la vuelta hasta llegar nuevamente a Bielsa.

Dejamos el coche nada más cruzar un pequeño puente, justo a la entrada de la población, y comenzamos a caminar. Al llegar a la primera casa, encontramos una tienda de souvenirs, donde echamos un vistazo rápido pese a tener todo el día por delante.

Seguimos por lo que se supone es la calle principal hasta desembocar en una gran plaza rectangular, que resulta ser el centro neurálgico de la población. Ayuntamiento, tiendas, hoteles, restaurantes y unas cuantas indicaciones que invitan a descubrir el lugar, en todas las direcciones imaginables 🙂

Por curiosidad, entramos en la tienda de alimentación, mucho más grande por dentro de lo que aparenta ser desde fuera. La verdad es que es en estos establecimientos donde puedes encontrar esos productos regionales e incluso locales, que sobresalen en calidad y sabor. Bueno, ya me entiendes, comida casera de la buena.

Por supuesto, cargamos algunos embutidos más (también lo hicimos en Barracas), queso y una hogaza de pan, de ese que dura varios días. Bueno, si no te lo has comido primero, claro 😉

Pese a ir cargados, decidimos seguir explorando. Primero calle arriba, hasta el punto más alto del pueblo y que conecta con una carretera que se pierde en otro valle, la misma que habíamos visto anunciada antes de llegar a la gasolinera.

Y luego calle abajo, pero por otra. La curiosidad es una fuerza increíble a la que nunca he podido resistirme. Así que tomamos la carretera que bordea el pueblo, hasta llegar a una pronunciada curva donde una larguísima tienda de souvenirs con cafetería, nos obliga a parar, hacer una larga visita y tomar un nuevo café.

Por un momento y con tanto desnivel, me había olvidado del frío. Pero no por mucho rato, sigue acompañándonos todo el tiempo e insiste en ser el protagonista en este viaje.

Después de entrar y echar una ojeada rápida, nos acomodamos cerca de la ventana que ofrece una vista privilegiada del cauce del río, desde la cual, tengo la oportunidad de recorrer con la mirada el trabajo hecho por algún agricultor, justo ahí abajo. No entiendo mucho de esto, pero hay una huerta espectacular, perfectamente alineada y con toda clase de ¿verduras de colores?

A este paso me estoy poniendo como una moto con tanta cafeína, ji ji.

Una hora después y tras haber conversado dilatadamente con  camareras, viajeros y algún que otro vecino, decidimos ir al valle de arriba y llegar hasta el final de la carretera, donde nos han dicho que hay un embalse y un bonito hotel escoltado por las montañas.

“Aunque han pasado muchos años desde este día, lo recuerdo como si estuviese allí mismo en estos instantes, que te lo describo. Quizá perdiendo muchos detalles por el paso del tiempo y esa memoria que de vez en cuando empieza a fallar, pero lo que sentí, es algo que te aseguro, no puedo olvidar.”

Servidor.

Iglesia de la Asunción.

Volvemos a salir a la calle, la luz del día es más blanca que de costumbre. Supongo que las nubes, la verticalidad de estas montañas y el fuerte contraste de sombras, tiene mucho que ver, no lo sé. Eso sí, los verdes son muy vivos y eso me llama mucho la atención. Hace algunos años que en la Comunidad Valenciana se han tornado apagados, como sin vida. Es muy preocupante, aunque parece que nadie más se ha dado cuenta.

Un par de minutos caminando y una iglesia, la del pueblo, a la que llaman Nuestra Señora de la Asunción, nos da la bienvenida. Te diría que es muy bonita, acogedora y todo eso, pero no, no es exactamente así como la recuerdo.

A tan sólo unos metros de llegar, mi cuerpo de detiene en seco.

Puedo sentir el frío de la piedra sin tocarla, tan intenso, como si de un témpano de hielo se tratara. Alzo la mirada en un intento vano de reconocer la típica silueta a la que estoy acostumbrado, y no por ser devoto, de hecho no recuerdo la última vez que estuve en una misa, sino por lo que me atrae este tipo de arquitectura.

Pero ya es tarde, estoy demasiado cerca y sólo veo una pared que se pierde en el cielo. Quiero empaparme del misterio que guarda entre sus paredes y los secretos de su historia, estoy decidido a entrar.

Teja negra en las cubiertas y un torreón exageradamente cuadrado, cuya geometría a 4 aguas apunta al cielo y cuyo conjunto me traslada inevitablemente, como ya me había pasado esa misma mañana en Plan, a los tiempos más oscuros del medievo.

De verdad, lo primero que sentí tras el frío que proyectaban las miles de piedras que forman las paredes, fue un intenso escalofrío que recorrió todo mi cuerpo…

¿Dos veces quizá? Uff, me quedé sin palabras.

Este viaje está siendo de lo más extraño, supongo que influirá el cansancio acumulado de días anteriores o algo así.

Pero tal experiencia no duró mucho, exactamente hasta que Mayte me despertó del trance con un sutil empujón y las palabras mágicas de:

¿Hola? ¿Quieres moverte y dejarme pasar?

Y vaya que si me moví, creo que en tan sólo un par de zancadas llegué hasta la puerta, la abrí y le cedí el paso, como un buen caballero (eso y para que por si acaso, ella entrase primero, que a mí todavía me duraba el susto, ji ji).

Pero lejos de relajarme, la atmósfera que se respiraba en el interior de la iglesia todavía me puso más nervioso. Era la primera vez que me sucedía algo así. Mi mente y pese a lo sencilla y bonita que era, sólo alcanzaba a ver oscuridad, sombras y aislamiento.

Insisto, aunque esta era la primera vez que me pasaba algo así, años después viviría alguna que otra experiencia más, a lo largo de sucesivos viajes en lugares tan dispares como Valencia, Teruel, Turís, Perpignan y París, siendo esta última una de las más impactantes para mi. Pero eso te lo contaré otro día, en alguna de mis crónicas por tierras galas.

Descubriendo el Valle de Pineta

Tampoco recuerdo bien cuánto tiempo pasamos allí dentro, la verdad. Ni tan siquiera cómo llegué hasta el parking donde nos aguardaba medio congelado, el pequeño 206. Sólo que estábamos en aquella carretera, ya de camino al hotel de montaña del que nos habían hablado en la cafetería y que nada más llegar al final de una curva, la luz del sol me cegó.

Sí, parece curioso pero al superar la última de las curvas de aquél mini puerto de montaña, lo único que se veía era el sol reflejado en las aguas de un pequeño embalse.

¡Guau! ¿Y qué hace esto aquí? Con un gesto rápido, le digo a Mayte que detenga el vehículo a un lado de la calzada para bajar y poder ver de cerca. Bueno, más todavía, ji ji. Se puede decir que la carretera viene a ser el muro de contención del agua, por un lateral.

Estamos en otro mundo, las montañas se alzan majestuosas ante nosotros y algunas aves sobrevuelan las aguas.

Insisto ¡Guau! Parece una postal.

Podría pasarme horas hablando de aquel instante, de cómo las aguas eran de cristalinas y de la extraña niebla que había en suspensión, acariciándolas.

También del sonido de las aves volando a tan sólo un palmo de altura, en busca quizá de algún pez que llevarse a la panza. ¡Ah! Y por supuesto de las montañas, de aquellas verticales y grises paredes cuyas cumbres contrastan en color, por yacer bajo el manto de las nieves perpetuas.

Pero pienso que cuanto más sencillo, mejor.

¿Sabes? He tenido que detener la escritura mientras recordaba aquel instante, en el que sentí por vez primera la Naturaleza en un estado tan puro, en la perfecta armonía del conjunto, en la precisión con que la vida cobra sentido y en el por qué, un simple mortal como yo, estaba allí, absorto, viviendo todo aquello.

Perdí la noción del tiempo, la verdad. A veces me pregunto qué es la suerte, si se tiene, o si aparece en un momento dado. Sea como sea, te lo digo, yo estaba allí y aquél momento, me dio la respuesta.

Pero debes saber algo más, en ocasiones no somos conscientes de estas cosas, hasta bien pasado el tiempo.

Tenemos una larga jornada por delante, es hora de seguir sumando millas.

Al volver al coche, me percato de que las ventanillas traseras están empañadas por dentro y de que el cristal trasero también (creo que también se llama luna), supongo que por el frío relente de la noche, se ha cubierto de hielo.

Seguimos avanzando, los restos de alguna nevada anterior empiezan a ser más cada vez más intensos y de repente, un manto blanco se dibuja ante nosotros.

¡Todavía queda nieve! ¡Qué pasada!

Pero la cuneta que antes nos daba un respiro, ha desaparecido. La nieve empieza a amontonarse a ambos lados y la carretera es cada vez más estrecha. Si nos cruzamos con algún vehículo en sentido contrario, será un problema. Siento que el coche pierde tracción, hay que bajar la velocidad un  poco más. No sé si vamos a 5 ó 10 km/h, ¡Uff, da miedito!

Aun así, ambos sonreímos. La adrenalina corre por nuestras venas y como aquél que dice “Estamos en nuestra salsa”

Construcciones aisladas, indicaciones hacia destinos imposibles de llegar, un camping a un lado, un enorme edificio que sorprende al paso por sus descomunales proporciones, al otro…

Cada vez hay más árboles, el ambiente se espesa y cuando pensamos que ya nada nos sorprenderá, vemos a un pequeño zorro correteando por la superficie nivosa, dando saltos de manera super graciosa, sin saber que está siendo observando a muy poca distancia y disfrutando de la total libertad que la Naturaleza más salvaje, le brinda. Es todo un espectáculo.

Seguimos rodando a paso de tortuga, el asfalto se ha vuelto resbaladizo en algunos tramos y se intuye hielo, pero es difícil de distinguirlo entre la nieve ya compactada. Es hora de poner cadenas o detener la marcha. Hay que tomar una decisión.

Semienterrada, una señal indica que hay un refugio a 100m. Con todo lo que llevamos acumulado, decidimos arriesgar y llegar lo más cerca posible. Con estas temperaturas tan bajas necesitamos un lugar para pasar la noche. Esto se ha tornado peligroso y ya sabes, la seguridad es lo primero.

Aparcamos como podemos en el mismísimo desvío que anuncia que hemos llegado, junto a unos contenedores y aprovechando el hueco dejado por algún otro vehículo. A partir de aquí seguiremos andando.

La bajada hasta el refugio está totalmente congelada, si hubiésemos intentando seguir con el coche, nos habríamos precipitado hasta el fondo del valle y por supuesto, luego no habríamos podido salir.

Es curioso cómo hemos pasado de ir sobre la marcha, a tener que tomar decisiones continuamente. Así que tras ver cómo poder hacer frente a los últimos y prácticamente imposibles metros, decidimos descender pisando la nieve apelmazada de los laterales, muy dura también, pero con tantos huecos que parecen escalones.

Es la primera vez que nos enfrentamos a algo así. Tan peligroso como divertido y seductor, no sé si me explico.

Refugio de Pineta

Estamos ante una edificación en forma de ele, con tejados a dos aguas, y cuya entrada principal se sitúa en el ángulo interior de la planta baja.

Entrar resulta un tanto peligroso, basta con alzar la mirada y descubrir toda una hilera de estalactitas de hielo que amenazan con precipitarse al vacío. Parece de película. Aun así, logramos llegar hasta la puerta sin sustos que lamentar. Y más después del súper descenso helado.

Es la primera vez que estamos en un Refugio de montaña y la experiencia promete. ¡Vamos allá!

Nos recibe un tipo de lo más curioso, es puro nervio, habla muy rápido y silba al final de cada frase. ¿Será un tic nervioso? Bueno, sea lo que sea, es un personaje de lo más simpático y curioso, al mismo tiempo.

Tras hacer la reserva para pasar la noche, entramos en una sala que hace a su vez las funciones de cafetería, comedor, local social y punto de encuentro de huéspedes, en su mayoría montañeros.

Las mesas son grandes bancos de madera con sus respectivas sillas, todo muy bonito. Es el momento perfecto para tomar un café, entrar en calor y charlar con algunos de los presentes.

Y como suele pasar, nos centramos en hacer extrañas señales y chapurrear algo de francés, con una pareja que según cuenta, viene a esta zona desde hace algunos años, cada vez que tiene ocasión.

A medida que vamos traduciendo palabras y deduciendo gestos, llegamos a la conclusión de que la cosa promete. Dicen que desde el valle nacen rutas de todos los niveles, senderos llenos de belleza indescriptible, paisajes todavía más espectaculares y montañas, grandes montañas, todas las que quieras.

No lo sé, nuestro “nivel explorador» es alto, pero tanto de experiencia como de forma física, vamos justitos, muy justitos, ji ji.

Volvemos al coche, es hora de sacar las mochilas y preparar la litera. Olvidé comentarte que un refugio nada tiene que ver con lo que conocemos como hotel.

A diferencia de la privacidad que te brinda este último, en un refugio las habitaciones son comunitarias. En algunos de ellos existe lo que se conoce como literas corridas, es decir, una estructura de base con varios (o muchos) colchones juntos.

En otros, como es el caso que nos ocupa, una sucesión de mini habitaciones prefabricadas para cuatro personas, todo a base de literas, claro, y separadas unas de otras por una pared de madera  o contrachapado que no llega al techo.

Es una forma inteligente de optimizar el espacio, dotar de una mini privacidad a los grupos y en las noches más duras del invierno, dormir calentitos repartiendo una temperatura equilibrada por toda la estancia, ji ji.

En este caso y al ser pocos los huéspedes, nos alojan a todos en el mismo ala, en la primera planta, y en cuyo final, en lugar de una sórdida pared, encontramos una gran y bonita cristalera.

¡Qué pasada! Se puede ver el bosque y el otro lado del valle.

Es hora de instalarse, es decir, extender los sacos y preparar alguna manta “por si acaso”, no mucho más.

La emoción que se respira crece por momentos y queremos sentir también todo lo que está pasando al otro lado del cristal, así que optamos por salir a dar un paseo y enfrentarnos a los elementos.

Estamos a 5 grados bajo cero y el mercurio amenaza con desplomarse mucho más durante la noche. Debemos tener mucho cuidado con no hacer tonterías. Lo sé, no seríamos capaces de enfrentarnos a una noche así.

La Primera Nevada…

No soy de los que se pueda sorprender ya con nada, como se suele decir, en esta vida he visto prácticamente de todo. Pero lo que me sucedió al amanecer, es algo que todavía recuerdo con mucha nostalgia y una sonrisa medio gas. Pero no adelantemos acontecimientos y sigamos con la noche anterior.

Serían alrededor de las 20h cuando empezamos con el tema “cena”. En el menú de cosecha propia, algo de puré de patata, restos de la gran hogaza de pan que habíamos comprado para el almuerzo y las piezas casi completas del delicioso embutido que traíamos de Barracas y también el de Bielsa, el del súper del pueblo ¿Recuerdas?

Como toca cuando quieres vivir una aventura al máximo y ahorrar unas monedas, el trabajo en equipo es fundamental.

Mientras uno se enfrenta a lo que se conoce como “cocina libre” (un lugar que sólo de oírlo mencionar me da escalofríos) que ofrece la mayoría de los refugios y que carece, por supuesto, tanto de calefacción, como de agua caliente. El otro, es el responsable de salir al exterior para lo que haga falta y enfrentarse, por supuesto, a todos los elementos.

Vamos, cuando uno cocina, el otro friega, sale a por nieve, etc 🙂

En resumen y a costa de que más de uno/a se moleste, supongo que es una manera de castigar a quien no pasa por caja en régimen de media o pensión completa. ¡Es lo que hay!

Dejando mi opinión personal atrás y como te iba contando, estábamos metidos en plena faena (cenando) cuando de repente apareció nuestro simpático anfitrión y sin cortarse un pelo, nos amonestó por utilizar un par de platos, los respectivos cubiertos y claro, dos vasos.

¿Sabes? De su boca salieron palabras que se me clavaron en el alma de la peor manera que puedas imaginar.

– “¡A ver, chavales! Podéis utilizar el comedor porque habéis pagado por dormir aquí, pero el resto de cosas es para los clientes que además lo hacen por la cena, no para vosotros. Así que cuando terminéis, los limpiáis y no los volváis a tocar.”

Creo que lo que más me jodió (con perdón) es que al terminar de hablar, acabó con ese silbidito que tanta gracia me había hecho horas antes y ahora me pateaba las tripas.

Bueno, aunque intento quitarle hierro al asunto y en un momento dado podría darle la razón, la manera en que se dirigió a nosotros y nos habló, como si fuésemos dos delincuentes y el cómo nos hizo sentir de mal… Te lo digo, me habría levantado en aquel mismo instante y me habría largado del sitio “Ipso facto” (creo que se escribe así) de la tan mala hóstia que se me puso. ¡Te lo juro!

Pero como digo, nos pilló tan de sorpresa y dejó tan descolocados, que te aseguro que nos amargó la experiencia. Por supuesto, al día siguiente nos largamos de allí.

Pero el destino todavía tenía algo más que aportar a nuestro viaje de Aventuras y descubrimiento.

Ya en la cama y después de haber despotricado durante un largo rato, los ojos empezaron a cerrarse. Creo que no tardé mucho en caer, la verdad.

La noche era muy oscura, no las había visto así. Aun sabiendo que al otro lado del ventanal teníamos todo un bosque, tan sólo se apreciaba una fina línea que delimitaba la cima de las montañas, pero tan sutilmente, que se confundía con el firmamento.

Nada de viento, silencio total. Lo único que todavía se movía era  el tembleque de los músculos de mis piernas, ji ji.

No te rías, pero es que después de cenar decidí, todo valiente yo, salir al exterior para despejarme un poco y sentir esos grados negativos que nos regalaba el fondo del valle. Me quedé helado.

Uff, me sentía tan humillado que no sentía nada. En concreto y ahora que lo pienso, ni sentía, ni me importaba, la verdad.

Son más o menos las cinco de la madrugada, mis ojos están como platos, no puedo dormir. Pero estoy tan agotado que necesito hacerlo.

¿Sabes? He vuelto a soñar con ella, sí, con la chica del embalse, pero no recuerdo nada. Al menos si pudiese averiguar su nombre, pero es imposible, claro.

Pero es que parecía tan real, que cuando me he despertado he sentido una gran desilusión.

¡Ups! Vaya monólogo a estas horas, pero ¿estoy pensando en voz alta o sólo es mi imaginación?

Da igual. Mejor volver a cerrar los ojos e intentar descansar. Buenas noches 🙂

A la mañana siguiente, pasadas las 07h y con las primeras luces del amanecer todavía peleando por colarse en el valle, y te puedo decir que dormí de tirón, un golpecito acompañado por la voz familiar de mi compañera de aventuras, me despertó.

¡Mira Raúl!  ¡Mira por la ventana!

Y vaya si miré… ¡Juasss!

En este punto no sé cómo podría explicarte exactamente y con todo lujo de detalles, lo que vieron mis ojos cuando lograron abrirse finalmente y traspasar con la mirada el frío cristal.

Blanco, todo era blanco, un único color, el blanco más puro que jamás había visto.

El contraste fue bestial, pasé de acostarme con la noche más oscura que te puedas imaginar, a despertar con el amanecer más increíblemente blanco.

Al parecer, poco después de dormirme, el cielo se cubrió de nubes y empezó a nevar, pero a nevar como si no hubiera un mañana.

De un salto, había llegado hasta la ventana. Sentía cómo a través de las manos, se  escapaba todo el calor del cuerpo, al contacto con el cristal. También cómo las pupilas se hacían grandes por momentos.

Veía cientos, miles, millones de enormes copos de nieve, caer delante mí, a tan sólo unos centímetros de la nariz. Se movían caprichosamente de un lado a otro, contoneándose con gracia, como intentando frenar la caída y disfrutar del increíble vuelo.

En ese instante, recordé la primera vez que vi la nieve. Tenía ocho o nueve añitos y estaba de vacaciones con mis padres en un pueblecito llamado Orea, cerca de Teruel (España).

Recuerdo también que hacía mucho calor, el sol lucía con fuerza y un señor mayor que andaba por allí, nos dijo:

– Ésto es sol de nieve, así que mañana, nevará.

Bueno, obviamente y pese a mi corta edad, pensé que era una broma o algo así, de esas que persiguen romper el hielo o simplemente, impresionar a los más pequeños.

La casa donde estábamos alojados era muy antigua. De esas construidas con piedras y argamasa (una mezcla de barro con cal o algo así) y tejados con vigas de madera y teja. Ya te puedes imaginar que después de un día tan caluroso, a nadie se le ocurrió poner calefacción, claro. Esa noche la temperatura cayó en picado y cuando me levanté para ir al baño, lo pasé fatal.

¡Ah! También recuerdo que las camas eran altísimas, de esas que se visten con mantas que pesan tanto, que no te puedes mover y que tal cual te acuestas, te levantas.

Al día siguiente, los gritos nerviosos de uno de mis primos rompieron el silencio, despertándonos a todos.

¿Sabes? Había nevado toda la noche. Increíble.

Imagínate la escena, todos salimos a la calle de manera apresurada y en pijama, claro.  Era un espectáculo que nadie se quería perder.

Pero ha pasado el tiempo y a fecha de hoy, lo único que recuerdo de todo aquello, es que después de desayunar volvimos a salir para jugar con la nieve y que mis zapatos se mojaron tanto que los pies casi se me congelan.

La misma sensación, la misma emoción y más de 20 años de diferencia entre aquel recuerdo y este instante.

Y allí estaba yo, frente a un enorme ventanal y la nariz pegada al cristal. Feliz como un niño e incapaz de pronunciar palabra alguna por miedo a romper la magia del momento.

Tras no sé cuántos minutos mirando sin pestañear, llegaba el momento de vestirse para la ocasión, salir al exterior y vivir la experiencia con todos los sentidos.

Lo primero que sentí y aunque seguía haciendo frío, fue una notable subida de temperatura con respecto a la noche anterior.

Había escuchado que cuando nieva, deja de hacer frío. En este caso y aunque hablamos de los cero grados, se aproximaba bastante.

Mirar hacia las nubes y contemplar cómo caen los copos, esta vez desde abajo… Insisto, es un espectáculo

¿Te ha pasado en alguna ocasión?

Son miles, quizá millones, las formaciones en forma de estrella, de cazo o yo que sé, las que inundaban el cielo.

Sé que para muchas personas una nevada así pasa de ser una increíble experiencia, como me sucedió, a una incómoda pesadilla.

Es decir, cuando vives en zonas donde nieva, salir de casa, realizar las tareas diarias o ir a trabajar, puede suponer más bien un problema.

Los primeros pasos.

Tras un buen rato disfrutando como niños, decidimos hacer un descanso y regresar al interior del refugio, para entrar en calor y desayunar.

A regañadientes, pedimos café a nuestro simpático anfitrión, al que añadimos un chorro de leche condensada y acompañamos con algo de bollería, en esta ocasión, industrial. (Me refiero al café, claro)

La mayoría de clientes están concentrados en una parte del salón, cada uno con sus conversaciones y en el más puro ambiente montañero que puedas imaginar. Es una pasada, me siento como en casa.

Mientras saboreo el café, escucho que alguien menciona “Valencia”. Así que me giro y sin poder evitarlo, me auto invito a la conversación.

Son un pequeño grupo de chicos y chicas, que después de haber pasado unos días recorriendo la zona, hacen balance de todo lo que han conocido, y que ahora ven que de la aventura, tan sólo queda escribir un final.

Son simpáticos y bastante jóvenes, la verdad. Hablan una y otra vez sobre material para hielo, de cuerdas y diámetros, de cómo caminar por la nieve y de un sin fin de cosas más, que la verdad, nunca había escuchado.

Aunque llevo toda la vida saliendo a la montaña, nunca había ido más allá del senderismo, propiamente dicho, y con poca exigencia física. Bueno, si llevar pesadas mochilas llenas de comida cuenta, entonces sí, ji ji.

Entrados ya en conversación y dejando atrás todas esas cosas que provocan empatía entre amantes de la Naturaleza, además de proceder de la misma tierra, uno de ellos explica algo sobre unas tablas de esquí capaces de deslizarse cuesta arriba.

¡Ups! ¿Eso es posible? ¿Se puede? No entiendo.

Acababa de sumar otro de esos momentos en los que pongo cara de ingenuo, a riesgo de acabar siéndolo, claro.

Por supuesto, ya sabes que la curiosidad me puede y la conversación se convirtió en un interrogatorio total, ji ji.

¿De verdad? ¿Podrías explicarme qué es eso de tablas?¿Pero no se llamaban esquís? ¿Cómo van a subir si son lisas y se resbalarían hacia atrás?

A medida que añadía preguntas, en la cara de aquel chico se dibujaba una sonrisa que crecía exponencialmente. Y aunque no llegó a hacerme sentir como tonto, me dijo:

“Raúl, los esquís en realidad se componen de unas tablas y unas fijaciones, gracias a las cuales y mediante un calzado adecuado, se crea un conjunto que sirve para desliarse por la nieve.

En este caso concreto, la forma y materiales de la tabla son un tanto diferentes a lo que se utilizan en pistas. Lo que prima es la flotabilidad en nieves profundas, vírgenes o recién caídas.

Las fijaciones, a diferencia de las de pista, son pivotantes, vamos, como si llevasen unas bisagras donde se acoplan las botas. Ello permite que puedas avanzar como si fueses, de alguna manera, andando o arrastrando las tablas sin tener que levantarlas del suelo.

Eso sí, una vez quieras hacer un descenso, hay un mecanismo en el talón que bloquea el sistema y lo convierte más o menos, en lo mismo que se utiliza en pistas.

Y lo de subir, es gracias a una especie de terciopelo que se pega y despega, llamado “Piel de Foca”.

El efecto es el mismo, si lo acaricias hacia atrás es suave (permite avanzar) pero si lo haces al contrario, se abre y es tan áspero que frena el retroceso.

Adicional hay un accesorio llamado “cuchillas”, pero sólo es un complemento para subidas con mayor desnivel.

Y ésta es más o menos,  la base del funcionamiento del “Esquí de Travesía.”

Me quedé tan sorprendido con la explicación, que de repente un  nuevo mundo se abrió ante mí. Como amante de la montaña, acababa de descubrir la nieve y una forma de experimentarla tan seductora, que lo único que pude decir fue aquello de “Yo quiero un Equipo de Travesía”.

Al cabo de un rato, y ya después de haber recogido todas nuestras cosas, tener cargado el coche y estar a punto de abandonar el refugio, volvimos a coincidir con el grupo de valencianos.

Uno de ellos, justo el que llevaba una pareja de larguísimos esquís en la mano, me miró, me sonrió y me dijo:

– Te los presto. Cuando vuelvas a Valencia me das un toque, quedamos y me los devuelves. Pero no te puedo dejar las botas, tus pies son mucho más grandes.

¡Ah!  Y ten cuidado con tobillos y rodillas, te puedes lastimar fácilmente.

No hace falta que os explique en detalle mi reacción. Por un lado, me sentía como un niño al que le acababan de ofrecer un caramelo de los más buenos, por el otro, estaba tan alucinado por el gesto de aquel chico, de que acabase de ofrecerme algo tan personal (y caro), que lo único que supe contestar fue:

– ¿De verdad que me los dejas? No me conoces de nada.

El chico volvió a sonreír una vez más y mientras ponía aquellas tablas en mi manos, me miró a los ojos y dijo:

– Amigo mío, somos montañeros, me fío de ti.

Aquellas palabras me calaron tanto que a fecha de hoy, y han llovido más de 20 primaveras, sigo teniendo muy presentes.

De aquella mañana ya tan sólo recuerdo el haber disfrutado como un niño, los torpes movimientos al arrastrar aquellas largas y pesadas tablas bajo la nieve, y mis zapatillas totalmente mojadas, claro.

Un desastre en toda regla, pero lo pasé genial.

Aquél viaje, con la impresionante nevada, con aquel precioso contraste entre la noche y el día, con la oportunidad de navegar sobre un mar helado esculpido por blancas y caprichosas crestas y todo ello aderezado por una primera lección de valores sobre cómo funciona el ser humano una vez lo alejas de la sociedad, donde aparentar, ya no sirve de nada y en definitiva, sólo somos nosotros mismos, se convirtió en el primero de mis grandes viajes nómadas.

Valles como el de Gistaín, Cinca y Pineta, fueron de los primeros y más bonitos lugares que he descubierto en los Pirineos, y de los que guardo tan entrañables recuerdos…

Bueno, también “recuerdo” el mal rollo con el guarda, que lejos de borrarlo de mi mente, lo mantengo bien presente. Esto me permite “recordar” que no siempre encontraremos a gente simpática en nuestro camino y que por supuesto, el destino nos pegará alguna bofetada que otra cuando menos lo esperemos.

P.D.

Tres días después de regresar del viaje, nos pusimos en contacto con el chico desconocido, fuimos hasta Llíria (que es donde vivía por aquél entonces) y además de compartir nuestra experiencia acompañada de un buen café, le devolvimos los esquís.

No recuerdo su nombre, ni tan siquiera sus señas, pero si algún día lee mis palabras, sabrá que le estoy muy agradecido, tanto por haberme prestado su material, como por mostrarme el camino de los Valores, esos que todavía hoy en día, aunque escasos, perduran en la Comunidad Montañera.

Un abrazo, amigo.