Mi Primera Vez.

Llegamos a un parking llamado la Besurta. Es el final de la carretera y curiosamente está lleno de gente, no me lo esperaba.

Pese a que las condiciones climáticas de este invierno están siendo realmente duras, la gente aprovecha cualquier oportunidad para salir a la montaña y disfrutar. No los culpo, es lo mejor que pueden hacer y la verdad, hago lo mismo.

De hecho y aunque llevamos algún tiempo recorriendo el país en plan montañeros, nuestro equipaje es más bien sencillo. Vivo en una ciudad en la que tan sólo hay un par de tiendas con material de montaña y de verdad, los precios, son prohibitivos. Así que tengo que reconocer que siento que no estamos muy preparados para un lugar así.

Zapatillas deportivas, mi pantalón de chándal favorito, zapatillas de correr y una pesada chaqueta de cordura con relleno de fibra, de la que me han dicho donde la compré, que además de impermeable, transpira. Ese es todo mi equipaje. Esperemos que sea suficiente, porque el frío es tan intenso que parece que corta el aire.

Seguimos cogiendo cosas “por si acaso”. Saco de dormir, mochila, linterna de mano y un montón de botes de comida que pesan un quintal. De hecho subiré con una segunda mochila en el pecho y un par de bolsas de pan en las manos. Parezco algo.

La gente nos mira impresionada, ni se molesta en disimular ¿Pensarán que vamos de expedición? Ji ji, me da igual, siempre he dicho que es mejor estar preparado a quedarse corto.

Se nos escapan los minutos, ya ha pasado casi una hora y seguimos moviendo cosas de un lugar a otro. Pero no es importante, esto forma parte del viaje y pienso que es como un ritual que hacer a conciencia. Aunque seguro que al final algo se nos olvidará, como siempre.

Es mediodía, salimos. No tenemos idea alguna de qué camino tomar o dónde vamos a llegar, pero estamos muy ilusionados, de eso no cabe duda. En el pueblo de Benasque nos han hablado de un Refugio perdido entre las montañas y estamos dispuestos a llegar hasta él. Esto se pone emocionante.

Después de nuestra anterior aventura en los lagos de Covadonga, en donde nos envolvió una espesa niebla (la verdad es que aquello nos dio un poco de miedo cuando nos vimos atrapados) esto no podría ser peor. Ya tenemos un poco de experiencia y eso tiene que contar ¿Verdad?

Seguimos caminando, lentamente, con sumo cuidado para no tropezar y caer.

Nada más abandonar el parking, cruzamos un pequeño riachuelo pisando de piedra en piedra, como en las películas. Mola mucho.

Como siempre hacemos, vamos preguntando a la gente con la que nos cruzamos por dónde seguir, cómo está el camino y claro, si falta mucho. Obviamente, encontramos de todo, claro. Unos contestan dando todo lujo de detalles y otros simplemente, son más cortantes que el propio frío.

De verdad, incluso aquí tiene que haber de todo.

Empiezan las paraditas para beber agua y comer algunos frutos secos. Uff, no puedo respirar. ¡Qué cuestas!  Seguimos caminando.

De repente, estamos en el típico sendero en zigzag que recuerda una vez más a Covadonga. Bueno, allí están mucho más erosionados, a la gente le gusta ir campo a través, una y otra vez, hasta destrozarlo todo.

Siento cómo las bolsas de pan se van clavando en mis dedos, por lo que recurro al truco de pasar un palito gordo por las asas de cada una de ellas y así, ir mucho más cómodo ¿Lo has probado en alguna ocasión?

Seguimos haciendo paradas, la inclinación del sendero va ganando grados y cada vez tengo más claro que estamos jugando por encima de nuestras posibilidades. Tentamos al destino.

Concentrado en la consecución de mis propios pasos, decido relajarme y alzar la mirada. La línea de masa forestal ha quedado bajo nosotros y las vistas son espectaculares. De verdad, ¡Qué bonito es todo esto!

Vamos subiendo por un lado del valle y al mismo tiempo descubriendo el otro ¡Qué pasada!

Seguimos intercambiando saludos con los que bajan, es la costumbre en la mayoría de sitios que hemos conocido hasta ahora.

Nuestro paso es lento y vamos sobrecargados, pero seguimos avanzando. La idea es llegar al refugio, corretear por la zona, hacer un trocito de la ruta al pico Aneto, ese del que todo el mundo habla, y pasar la noche en el Refugio. Creo que lo llaman la Reclusa o algo así.

Yo, Estuve Aquí

Decidimos hacer una nueva parada técnica, en esta ocasión para comer. Aunque se supone que la ruta es de poco más de una hora, nosotros llevamos 2h y creo que todavía no hemos llegado a la mitad del camino. Pero insisto, nos da igual, estamos aquí para disfrutar cada minuto de este pedazo viaje y esto forma parte de él.

A tan sólo unos metros del sendero principal, descubrimos un pequeño claro libre de vegetación y con unas grandes losas de piedra desnuda. Es perfecto, rápidamente descargamos las mochilas y nos tiramos en el suelo. Uff, lo necesitaba, la verdad.

El solecito es perfecto, así que ventilamos las chaquetas, las botas, secamos los calcetines y calentamos nuestros huesos, ji ji.

¡Que se detenga el mundo ya mismo, que de aquí no me muevo!

No sé cuánto llevamos descansando, he perdido la noción del tiempo. Mi corazón ha recuperado su ritmo normal y unos recuperados pies reclaman volver al camino, pero no quiero moverme, necesito seguir tumbado unos minutos más y mantener los ojos cerrados.

Bajo mi cuerpo, puedo sentir el frío de la roca, pero no me molesta. Siento también el sonido de las aves, es agradable.

Un poco de viento acaricia mi rostro… ¡Ups! Creo que me estoy durmiendo.

Mis ojos se abren levemente y la mirada se pierde en la inmensidad del intenso cielo azul, salpicado de alguna nubes blanca, sin forma definida y dispersa por el viento, quizá. Los vuelvo a cerrar y cubro mi cara con la manga de la chaqueta, quiero oscuridad.

Estiro los brazos en el suelo, como si buscase llegar hasta las rodillas. Abro las manos, con las palmas hacia abajo, quiero sentir más este lugar. Mi corazón sigue bajando de pulsaciones, el gélido aire que penetra en los pulmones ya no lo es tanto y curiosamente, empiezo a desconectar del mundo real. Estoy casi dormido.

Sin saber cómo ni por qué, empiezo a sentirme extraño y, lejos de prolongar el estado de relajación y disfrutar del momento, me sobresalto.

¡Ya he estado aquí! ¡Esto ya lo he vivido! Pero no puede ser, es la primera vez que vengo ¿Qué está pasando?

No lo puedo explicar, no tiene sentido. Desde que llegué a Benasque y recorrí sus calles, tuve esa misma sensación ¡Ya he estado aquí, conozco el lugar!

Pero insisto, es imposible, es la primera vez que vengo… Bueno, al menos en esta vida.

Y por supuesto, hay algo más. Siento que alguien me sigue, me observa en la distancia, como si me vigilase. Y claro, eso me pone los pelos de punta.

Aunque no es algo que pase todo el tiempo, sólo en esos momentos en los que siento que ya he estado aquí. No lo sé, es un poco complicado de explicar.

Así que doy por finalizado el idílico aunque extraño pasaje y me levanto rápidamente con la esperanza de sorprender a esos ojos misteriosos, que nuestras miradas se crucen y obtener al menos, alguna respuesta.

Pero fracaso, no logro ver más que pequeños arbustos y algunas sombras que contrastan con las grisáceas y grandes rocas de la montaña. Estoy solo.

Hora de partir, volvemos a vestirnos, colocar las pesadas mochilas en la espalda y cargar con las llamativas bolsas de pan, un poco más ligeras en esta ocasión, claro.

Seguimos ganando altura, dejando atrás cartelitos, señales de colores y media horita a paso de tortuga, el pequeño sendero se estrecha un poco más, deja de serpentear y se estira en dirección a lo que parece un collado.

El sonido característico del agua de montaña se intensifica hasta el punto de poder descubrir un pequeño río de origen glaciar, supongo. Precipitándose montaña abajo y sumándose quizá al que había cerca del parking, acabará dando forma al pequeño embalse que descubrimos al pasar el pueblo, estoy seguro. Da gusto ver tanta agua, la verdad.

Las montañas siguen teñidas con el típico manto blanco que corresponde a esta época del año, aunque no en su totalidad. Supongo que con el frío que hace no tardará en volver a nevar, pero hoy no, seguro que no.

Seguimos subiendo, la ya poca gente con la que nos cruzamos dice que estamos cerca del refugio. Pero como suele pasar, cada uno tiene su propia vara de medir. Así que no importa, seguro que lleguemos antes del anochecer.

Van para 4 horas las que han pasado desde que salimos del parking, en lo que se anunciaba como un paso de poco más de una. Bueno, no es la primera vez que nos pasa. Con multiplicar por 3 las estimaciones de los cartelitos, ya tenemos nuestro tiempo de marcha. Y nunca falla 😉

Y así es como entre cálculo y cálculo, que no pretende otra cosa más que distraer la mente un servidor, de lo acontecido durante la comida y de la extraña conexión con lo desconocido, diviso un grupo de personas en el horizonte, justo a los pies de lo que parece ser una gran cruz.

¡Genial, llegamos con luz!

Pero por capricho del destino quizá, el sendero nos aleja nueva e inexplicablemente de aquel lugar, para llevarnos hacia otra montaña… ¡Uff, era sólo una impresión!

El propio sendero describe una gran curva con la que ganar altura y evitar así una nueva y erosionada sección de zetas.  Han pasado cinco horas, llegamos al Refugio.

La Renclusa

Bueno, en realidad lo primero que descubrimos es la parte trasera de una construcción artificial, escoltada a nuestro paso por dos gigantescas rocas que hay que rodear para llegar finalmente a la parte principal. No lo sé, es algo tan curioso que parece un capricho de la Naturaleza, o más bien quizá, del que la construyó.

Exhausto, con los brazos algún centímetro más largos que cuando empecé la marcha (debido al peso de las bolsas de pan) y aguantando la mirada guasona de algún desconocido morador ¿Tan raro es ir bien preparado a la montaña? Llegamos a una gran puerta de entrada.

¡Ya está! ¡Refugio de la Renclusa! Nos ha costado casi cinco horas llegar, pero al fin lo hemos conseguido.

Exhaustos, dejamos caer el equipaje al suelo, a tan sólo un par de metros de la puerta. Recuperamos el aliento lentamente y decidimos entrar, acompañados de la mejor de las sonrisas. Vamos a reservar para dormir.

Descubrimos una primera sala. El lugar es frío, aunque no tanto como el exterior. En el ángulo opuesto está la recepción, formada por una preciosa barra de madera decorada a modo de chiringuito. Un paso, dos pasos, me duelen todos los músculos, pero ya no importa, sigo contando.

Es genial, el ambiente montañero mola mucho y éste es de lo más auténtico.

Sorprendidos, nos recibe un tipo más seco que un palo, y no por su complexión física, sino por una total y escandalosa falta de simpatía. Bueno, nadie le obliga a tenerla ¿O será quizá que tenga un mal día? Ni idea.

En este punto es donde me gustaría hacer un inciso que a partir de este viaje volvería a pasar en otras ocasiones…

Entiendo que una persona pueda ser antipática, pero cuando estás de cara al público y más con gente que hace un grandísimo esfuerzo, tanto físico como económico, por llegar hasta lugares como éste, habría que tener algo más de tacto. Vamos, digo yo.

Pero la cosa no queda ahí, si esto me molesta, hay algo que lo supera. Me fastidia y mucho que esta misma gente se transforme radicalmente en “súper simpática” cuando aparecen sus “amigotes” y empiezan a reírse como si no hubiera o hubiese un mañana.

¿Cómo se puede ser tan hipócrita? Pues sí, además de poder serlo, pasa y mucho.

Pero volvamos al súper viaje, en el que estamos dando todo por escribir nuestra propia historia.

La Ruta del Aneto

Tras acomodarnos en el lugar y ver que todavía quedan algunas horas de luz, decidimos investigar los alrededores. Así que no se nos ocurre otra cosa más inteligente que seguir el sendero que lleva hacia el Aneto.

Ni cinco minutos han pasado y ya no podemos más. Más que piedras parecen escalones gigantes, qué manera de seguir un sendero. Ni las cabras.

Así que desechamos la propuesta inicial y abandonamos para acto seguido, hacer una paradita técnica en una pequeña repisa. Desde allí, podemos ver el refugio, la ubicación y por supuesto, toda la zona.

Es tiempo de recreo, así que no se me ocurre otra idea más genial que pisotear un charco de nieve hasta que ésta se rompe bajo mis pies y me precipito al vacío… Buen, caigo poco más de medio metro y mi cuerpo se detiene en seco.

Sí, así es, acabo de pisar el pequeño nevero que oculta un peligroso hueco entre grandes piedras y he acabado sentado al borde mismo de una de ellas. 

No puedo ver el fondo, estoy totalmente paralizado y no me atrevo a mover ni las pestañas. Siento un escalofrío que recorre todo mi cuerpo, pero no de frío en esta ocasión, sino de miedo de verdad. Necesito ayuda, estoy a punto de entrar en pánico.

No tenemos experiencia en nieve y la única esperanza es una pequeña cuerda, una de esas finitas, que siempre llevamos para las emergencias. Pero que hoy casualmente se ha quedado en el Refugio, claro. 

Mayte, con mucho sigilo, se acerca pisando mis propias huellas. Se agacha como si fuese a cámara lenta, se quita la chaqueta, me lanza una manga a  modo de cuerda y queda a tan sólo unos centímetros de mi mano. La idea es genial, además de la única posibilidad de salvación, claro. Sigo sin poder moverme, no quiero provocar otro desprendimiento.

Es irónico, pero estamos solos. Toda esa gente con la que compartimos la montaña ha desaparecido y para más inri, habíamos salido del sendero principal. Bueno, ni qué decir que empiezo a sentir más vergüenza que otra cosa. La situación además de grave, empieza a ser ridícula. Es como cuando pisas el único charco de barro que hay, sin pensar qué puede esconder en su interior. Vamos, pero en formato nieve.

Echamos un rápido vistazo alrededor, no hay dónde agarrarse, ni siquiera ella. Respiro despacio y sabiendo que estoy sentado sobre una roca, decido agarrar la manga… Lentamente me inclino hacia atrás, aunque con miedo a resbalar y ser engullido por aquel siniestro agujero. Sigo moviéndome muy lentamente.

Como cuando se te enciende una bombilla, recuerdo aquello de aumentar la superficie para hundirse menos. Así que separo al máximo los brazos en forma de cruz, por si acaso.

Es irónico, hace tan sólo unas horas hacía lo mismo sobre una gran roca, solo que ahora no tengo ni idea de qué hay debajo de mi cuerpo.

Subo una pierna y con el talón del pie consigo encontrar un pequeño saliente, empiezo a deslizar el cuerpo hacia atrás. Mayte no para de reírse, yo empiezo a hacer lo mismo ¿Seré una reacción nerviosa? Supongo que sí, claro. Vaya par de dos, de verdad. Tardaremos años en olvidar este día. Bueno, en realidad nunca lo haremos, ji ji.

La verdad es que no sé cuánto tiempo pasé allí sentado, quizá unos pocos segundos, quizá minutos, no lo sé. Lo que sí sé es que me parecieron eternos y pasé mucho miedo.

Con la otra pierna, se repite la misma secuencia de movimientos. Aunque en esta ocasión, el punto de apoyo es justo el mismo borde de la roca que soportaba segundos antes todo mi peso y que hacía a su vez de «Mirador al vacío».

Empiezo a deslizarme por la nieve al tiempo que mi «compañera de chaqueta” también retrocede. Seguimos riendo como niños, parece que el peligro ha quedado atrás y madre mía, como para ir contándolo por ahí, ji ji.

Como si de un par de náufragos se tratara, llegamos a tierra firme más exhaustos que tras la subida al refugio, vamos, fuera del nevero pero sin salir de la pequeña repisa. Creo que ya no queda ni gota de adrenalina en la sangre.

Tengo la ropa mojada, así que decido aprovechar el sol y esas últimas luces del día para secarla. La situación es cada vez más cómica, estoy totalmente rodeado de nieve, en plena montaña y tomando el sol en ropa interior. La verdad, es toda una experiencia. Creo que todos deberíamos hacerlo, aunque lo de caer a un agujero y mojarse, como que no es un requisito necesario, jiji.

Un Baño, pero al Exterior

Tras poco más de una hora y viendo que no hay forma de secar la ropa, decidimos volver al refugio, ponerme algo seco y entrar en calor. Ha anochecido más pronto de lo que esperaba y los horarios en este lugar son bastante diferentes a lo que estamos acostumbrados. De hecho ya hay montañeros que han cenado y se han ido a dormir. Algunos decían que mañana partirán hacia algún pico cercano a eso de las cinco o seis de la mañana. ¡Qué sueño!

Yo intentaré dormir un poco más, estoy tan cansado que no sé a qué hora lograré levantarme. Aunque nos han comentado durante la cena que hay que dejar la habitación libre antes de las 09h. Normas del refugio.

El goteo de abandonos es continuo y ya sólo quedamos tres parejas en el salón, el silencio es prácticamente total. El mercurio ha caído en picado y hace un frío que pela, me surge un nuevo problema, necesito ir al baño y sí, lo has adivinado, está ahí fuera.

Es curioso, pero es habitual en este tipo de instalaciones, que los baños, como pasaba antiguamente en la mayoría de casas rurales, estén fuera de la vivienda, a unas decenas de metros.

Así que tras esperar a que quede libre y ver cómo la luz de una última linterna se acerca, decido salir en busca de unos merecidos minutos de intimidad. Es mi turno.

La noche es negra como el tizón y el frío más duro de lo que pensaba. Camino con prisa, siguiendo las pisadas embarradas de los anteriores a mí. No puedo levantar la mirada, de verdad, qué frío, me duele la frente y tengo las orejas congeladas. Seguro que el cielo está llenísimo de estrellas, pero me da igual. Estoy a punto de llegar y no pienso entretenerme.

Tropiezo con unas tablas en el suelo colocadas a modo de puente, las piso y llego a una especie de construcción cuadrada, toda ella de madera, como en las pelis. Abro una chirriosa puerta y paso al interior, ante mí, un agujero en el suelo, justo en el centro, en una pared, una cuerda desde la que cuelga un rollo de papel higiénico, nada más.

Vaya, esto es espíritu montañero puro y duro, tal cual.

Al menos me reconforta saber que estoy protegido del viento, pero aquí no hay calefacción y sigue haciendo un  frío de mil demonios. ¡Madre mía, qué experiencia!

Ni dos minutos han pasado y ya estoy de vuelta. Ya no ando, corro directamente como alma que lleva el diablo. Sólo pienso en llegar y entrar al refugio en busca de calor, mucho calor. De verdad ¡Qué experiencia!

Tras recuperar la temperatura y hacer balance de todo lo acontecido hasta el momento, destacando claro está mi conexión sensorial (supongo que podría definirse así), el susto cuando el suelo nevado se rompió bajo mis pies y la visita a la letrina helada, toca dar el día por finalizado y descansar lo máximo posible.

Mientras cierro los ojos no puedo evitar sonreir, estoy feliz. Vuelvo a comentar una vez más lo sucedido durante la subida, no logro sacarlo de mi cabeza. Pero Mayte le quita importancia, piensa que todo es posible y que quizá haya algún alma perdida decidida a acompañarme en estas montañas, tal vez de otra época. A fecha de hoy, todo es posible. Dormimos.

Amanece

Son las 07:00h, todavía es noche cerrada, creo que somos los últimos en levantarnos. Madre mía, desde las 05h ya había gente haciendo ruido y saliendo de la habitación ¿Hace falta madrugar tanto para subir una montaña? No lo entiendo.

Pese a creer que nos levantaríamos tarde, en 15 minutos ya estamos en el salón desayunando. Pedimos un café y nos sirven algo parecido elaborado en una olla enorme ¿será el famoso café de calcetín?

No importa, a estas horas todo vale, supongo. Empezamos a sacar comida de las bolsas que subimos el día anterior. Pastelitos que hemos comprado en el supermercado del pueblo, un par de palmeras de chocolate gigantes, pan, embutido, zumos y alguna cosa más que traíamos desde Valencia. Tenemos hambre, mucha hambre.

Es curioso cómo el organismo responde después de un esfuerzo tan grande como el de ayer. De hecho, no recuerdo la última vez que comí con tanta gana.

El guarda nos mira con cara de asombro. Aunque no sé si es por el despliegue de provisiones o porque hemos reducido el gasto en el refugio a la pernocta y un café. Me da igual, al fin y al cabo con lo bien que nos han tratado y teniendo la opción de cocina libre, no tengo que rendir muchas cuentas con él. Aun así, me siento un  poco incómodo con la situación.

Soy de los que piensan que todo el mundo es bueno y simpático, pero me llevo cada sorpresa, que bueno, supongo que algún día aprenderé.

Terminar de desayunar nos lleva poco más de media hora, en realidad una entera. Recogemos con total tranquilidad, dejamos la mesa tal cual la encontramos y preparamos la mochila para hacer una salida por la zona, sin grandes pretensiones. Un simple paseo, alguna fotito y poco más.

El tiempo no acompaña, la niebla es persistente y no sé si volveremos a hacer noche aquí o nos bajaremos al coche. Como siempre, iremos sobre la marcha.

La Gruta

Salimos del Refugio y volvemos a tomar el sendero del día anterior con la idea de coger un desvío que nos han dicho para cruzar el río.

A los pocos minutos llegamos a un cruce, parece que la temperatura sube tímidamente y la niebla quiere dispersarse, todo pinta bien. Tomamos el nuevo sendero y empezamos a coger altura suavemente, nos estamos alejando, miramos al refugio y es cada vez más pequeño, vamos a dar la vuelta.

Con un pequeño mapa y brújula en mano, intentamos orientarnos. ¡Ni de coña! Entre la niebla y nuestro desconocimiento total en orientación, somos incapaces de saber qué es cada cosa y cómo ubicarnos. Qué triste, tenemos mucho que aprender.

En poco más de 10 minutos estamos nuevamente en la puerta, no hay nadie. Caminamos en dirección a la letrina congeladora de la noche anterior, que es como la hemos bautizado después de mi experiencia y descubrimos un nuevo sendero que nos vuelve a acercar al río.

El sonido del agua pasa de murmullo a estruendo, aquí debe haber una catarata. Seguimos caminando, pero el sendero está desapareciendo bajo nuestros pies. Nos agachamos para sujetarnos en las rocas, todo empieza a inclinarse y sin darnos cuenta coronamos una especie de arista que hace de puente.

A un lago el agua hace una especie de remanso, al otro, se precipita al vacío. Es una formación geológica espectacular, tan bella como peligrosa. Nos detenemos lo justo para mirar y poco más, hay que salir de aquí.

Una vez al otro lado, el sendero aparece nuevamente, como por arte de magia. Eso quiere decir que es paso habitual de montañeros y animales, así que todo bien, estamos en el buen camino.

El paisaje cambia, las vistas son impresionantes una vez más y empezamos a darle sentido a la verticalidad “Caminante de caminos estrellados”.

Subimos, vamos sorteando grandes piedras ganando altura rápidamente. El camino es confuso, pero lo suficientemente marcado como para saber por dónde vamos. Queríamos aventura, tenemos aventura. Así que todo está bien.

Tras un par de minutos llegamos a una zona más horizontal en donde hacemos una paradita para recuperar las fuerzas. La verdad es que aunque hemos descansado, vamos arrastrando el esfuerzo del día anterior, y se nota.

Estamos en una especie de cortado con unas magníficas vistas, bueno, supongo, la niebla no permite ver más allá de los 300 metros. Desde aquí podemos ver el río bajo nuestro pies. Creo que estaremos a unos 15 metros de altura, no mucho más. También la especie de puente de madera que lo cruza y habíamos visto antes, y todas las construcciones que han hecho por aquí, incluido restos de las obras. Intuyo que han estado de reformas hace poco tiempo. Aunque con lo que pesa todo, no sé cómo lo habrán subido. Bueno, sólo son pensamientos.

El Refugio está ahí abajo, podemos verlo perfectamente, aunque la niebla no termina de disiparse. Desde la cima empiezan a asomar unas grandes y negras nubes, la verdad es que la sensación es bastante mala, ya veremos. Lo único bueno es que el viento nos ha dado una tregua, ayer cortaba como un cuchillo.

Bueno, parece que hoy todo el mundo está en sus cosas, de verdad, el único ser vivo que hay por aquí es el perro del refugio y poco más. No se oyen ni los pajaritos de ayer, creo que estamos más solos que la una. Pero bueno, lo prefiero así, es como más me gusta la montaña.

Hoy todo está mojado, la humedad en todo el valle es impresionante. Además pienso que la nieve, pese al frío que hace, se está derritiendo. Claro, de algún sitio tiene que salir toda esta agua, ji ji.

Virgen de las Nieves

Tras descansar un ratito y hacer alguna foto del paisaje, decidimos dar la vuelta por donde hemos venido. Pero la alegría no tardará en desaparecer cuando descubramos que el sendero ha desaparecido ¿Cómo es posible? ¿Dónde narices está?

Estamos confundidos, pese a que hay mucha menos niebla que al llegar, somos incapaces de encontrarlo. ¿Nos hemos perdido?

Es imposible, estamos a tan sólo 200 metros del Refugio, está ahí, podemos verlo justo delante de nosotros. Acabamos de venir por un sendero sin salirnos de él y ahora, no logramos encontrarlo ¿Qué está pasando? ¿Dónde están nuestras huellas?

Empezamos a ponernos nerviosos, el tiempo empieza a cambiar a peor y lo único que se nos ocurre es una locura, vamos a bajar hasta el río con la pequeña cuerda hoy sí que llevamos.

Nos ponemos unos arneses hechos de cintas planas que nos vendieron en Tarragona. Son realmente incómodos y se clavan en las piernas. Atamos la cuerda a un árbol y me preparo para bajar.

Es mi primera vez, habíamos practicado en una pinada cerca de casa, pero nunca en una pared vertical. Empiezo a ponerme en tensión y tener calor, mucha calor.

Sigo todas las instrucciones que recuerdo, me pongo en posición y veo cómo la cuerda se tensa y mucho, no me cuesta frenarla, la hemos puesto doble por si las moscas. Creo que es demasiado fina para estas cosas.

Empiezo a bajar, uff, es una pasada, me siento completamente diferente. Hace tan sólo estaba “cagado de miedo” y ahora siento un subidón ¡Juasss, es genial!

En tan sólo unos segundos, estoy abajo, justo al otro extremo de las cuerdas. El tiempo sigue empeorando, pero ahora lo importante es que Mayte baje.

Me desengancho de las cuerdas y las paso por el hueco que ha dejado una roca al caer sobre otra. Las ato y le pido a Mayte que envíe la primera mochila a modo  de tirolina. Tengo que chillar, el ruido del agua es ensordecedor. Acabamos de darle la vuelta a la situación y nos relajamos. El viento es cada vez más fuerte.

La primera mochila empieza a descender, pero torpemente. Voy pegando tirones y poco a poco llega hasta mis manos. La desengancho del pequeño mosquetón y hago señales para que me envíe la siguiente. El tiempo sigue empeorando, va muy rápido. No mola.

La segunda mochila empieza a descender igual que la primera, con torpeza y a tirones de cuerda. Tengo que pensar en cómo hacerlo una próxima vez y todas las cosas que nos han hecho falta  este viaje. Sigue bajando…

Repito la operación y pongo ambas mochilas al pie de las rocas donde acaba la tirolina. Desato las cuerdas y le digo a Mayte que es su turno.

Valiente como no las he visto, ni se lo piensa. Creo que está tan emocionada que si no desato las cuerdas se tira detrás de las mochilas, ji ji.

Desciende sin problemas, como si estuviese acostumbrada a ello, pero también es su primera vez. Estamos super contentos.

Junto a ella han llegado las primeras ráfagas de viento, es frío, totalmente helado. En cuestión de un par de minutos recuperamos la cuerda, la metemos en la mochila y nos ponemos arrimados a la pared en busca de refugio.

La niebla a vuelto a cerrarse y parece como si quisiese hacerse de noche. No creemos lo que está pasando, es todo súper extraño.

Decidimos buscar el camino de la catarata por si hubiese algún acceso desde aquí abajo. En caso de que no, tendríamos que dar la vuelta y buscar el pequeño puente. A partir de ahí, ni idea.

Aún no hemos empezado a caminar y ante nosotros surge una impresionante puerta de color verde. Ahí, delante de nosotros, encajada en la roca

¿Qué hace esto aquí? ¿Qué habrá detrás? ¿Alguna instalación abandonada?

La temperatura sigue bajando y el viento es insoportable. Tengo los pies congelados y no me siento las manos, uff. Tenemos que entrar, necesitamos guarecernos.

Abrimos una pesadísima puerta de hierro, está tan fría que parece de hielo. Rápidamente nos colamos en el interior y volvemos a cerrar. La oscuridad es total y el silencio sepulcral.

Parece que estamos en otro mundo, sin viento, sin frío, sin ruido, es como si el tiempo se hubiese detenido ¿Te ha pasado alguna vez?

Con las linternas en mano empezamos a buscar alguna referencia que nos indique dónde estamos. No tardamos en descubrir algo justo en el fondo, aquí hay un altar y una Virgen. Vaya, creo que estamos en una Ermita.

Ya más tranquilos, damos rienda suelta al gen de la curiosidad. Recorriendo cada centímetro del lugar en busca de inscripciones, carteles o cualquier otra información que arroje luz acerca del lugar.

Virgen de las Nieves, estamos en la Ermita de la Virgen de las Nieves.

A los pies de la imagen (figura) hay un montón de “cosas” sin sentido, pero Mayte sonríe y me explica que son pequeñas ofrendas que hace la gente para pedir favores de la Virgen.

Lo desconozco todo sobre el tema, es la primera vez que estoy en un lugar así y la verdad, no soy muy creyente que digamos.

Internet acaba de aparecer en nuestras vidas y hace poco que he conocido el caso de una mujer llamada Patricia Gandaria, de Uruguay, que están a punto de operar de Cáncer de pecho. En realidad no sé lo que es, también lo desconozco todo sobre esta enfermedad, pero parece ser bastante grabe.

Pienso que en esta vida todo pasa por algo y tal cual se ha desarrollado este extraño viaje, si he llegado hasta aquí y de la forma tan ilógica que ha sido, esto le podría dar sentido.

Es lo único que pasa por mi mente en estos momentos, aunque la verdad, tampoco sé que tengo que hacer. Ahora que sé llegar, pienso que lo mejor es dejarlo para una próxima vez y en mejores condiciones, claro. Es lo más inteligente, no quiero meter la pata y que se vuelva contra mí.

Vaya, me acabo de comprometer a volver aquí y hacer una ofrenda, en presencia de la Virgen. ¿Es una promesa?

Ahora mismo lo único que tengo claro es que es un viaje inacabado y hasta que cumpla con la Virgen de las Nieves, no lo daré por finalizado.

No lo sé, voy a tener que reflexionar mucho sobre qué ha pasado en este viaje al corazón de los Pirineos, las cosas que he sentido y sobre todo, esto último en la Ermita.

El tiempo que pasé en aquel lugar lo desconozco, es como si hubiésemos vivido en un segundo plano astral o algo así, no puedo explicarlo con lógica.

Al salir, el viento había remitido, el frío era mucho menos intenso, las nubes habían desaparecido y la niebla prácticamente dispersado.

No tuvimos problema alguno en llegar al refugio, coger los trastos y volver hasta el parking en donde nos esperaba el coche.

La vuelta a casa es algo que no recuerdo. Supongo que estuve tan absorto buscando explicación lógica a lo vivido en aquellas montañas, qué bueno, ni me enteré del camino.

Durante los días siguientes me puse en contacto varias veces con Patricia, le dije lo que había hecho así por encima y poco más.

Ella seguía muy sorprendida además de por el viaje en si, por mi actitud, sobre todo. Sé que no es muy normal que una persona haga algo por tí en los días que corren y más sin conocerte personalmente, y por supuesto, sin decir nada.

Durante los siguientes viajes recorriendo el país, no volvimos a hablar del tema.  Aunque reconozco que la sensación de que alguien me observaba, se repitió en posteriores ocasiones por las montañas de la vecina y hermosa Asturias.

P.D.

Hace ya muchos años de esta historia y quizá la memoria me falle en algunas ocasiones, cosas de la vejez. Pero tal cual he escrito, es como la recuerdo.

Gracias por acompañarme.