Si algo define los valores de un hombre,

es su respeto y admiración por la Naturaleza.

Dedicado a Raúl Vida «El Peregrino»

Primer café, L´Amagat

No puedo moverme, siento una ligera presión que me empuja contra la pared en lo que ha sido un campamento improvisado estas dos últimas noches. Despierto con una sonrisa, son ellas.

Con un lento movimiento consigo levantar la cabeza sin asustar a mis dos polizones nocturnas, dos gatitas preciosas que derrochan sigilo y por qué no decirlo, mucho cariño.

Cuando todavía no son las 07:30h, decido levantarme apresuradamente para terminar de preparar el equipo y salir en busca de un primer café, antes de que llegue mi desconocido amigo, Raúl Vida.

La verdad es que no sé quién estará más nervioso en estos momentos. Ambos nos conocimos a través de las redes sociales y la desvirtualización siempre es un momento delicado y de lo más comprometido.

¿Te imaginas que no congeniamos? ¿Cómo serán las próximas 36h? ¿Discutiremos? ¿Habrá buena conexión? ¿Será todo un éxito, o por el contrario, un desastre?

Mil preguntas en mente y una cuenta atrás que Debora minutos rápidamente. Estoy nervioso, no quiero pensar así y decido ser positivo, como siempre.

Me ha costado mucho llegar hasta aquí con el proyecto y no puedo permitirme echarlo a perder. Pero también es verdad que éste es mi estilo de vida y debo estar abierto a lo que pueda pasar, aceptar que efectivamente todo pasa por algo y aprender de la experiencia que vaya a vivir.

Ha pasado más de una hora desde que me levanté y decido entrar en L´Amagat, una de esas cafeterías a las que siempre vuelvo cuando visito la ciudad Condal y claro, que está a pocos metros de la casa de mi primo Massy, donde además de alojarme, aprovecho para pasar buenos momentos y ponernos al día.

También dejaré caer que es un músico famoso, ji ji. Bueno, aunque esa es otra historia 😉

Sigo esperando, impaciente, saboreando un primer café mientras converso con los dueños del negocio, sobre la aventura que tengo intención de vivir al tiempo que espero a mi tocayo, que curiosamente viene con retraso.

El móvil suena, vuelve a ser él.

  Estoy aquí  ¿Dónde estás tú?

Con un gesto rápido salgo a la calle, pero no está. Culpa mía, parece ser que la noche anterior le envié una ubicación poco exacta.

Levanto la mirada, todavía no han pasado unos segundos y un vehículo de color blanco, aparece a media altura de lo que es una calle interminable. Estoy seguro de que es él, lo presiento, y una sonrisa en la lejanía lo confirma.

No sabría cómo explicar este momento, es como si todo se detiene a mi alrededor mientras veo cómo el vehículo se acerca, con un gesto elegante aparca y un tipo que desprende una especie de energía súper alegre, baja, se aproxima a mi y sin prácticamente mediar palabra, me pega un abrazo.

De verdad, me dejó tan descolocado que no pude evitar sentirme feliz,  al tiempo que aparecería además una conexión automática, que valga la redundancia,  ya no desaparecería durante lo que sería, una Aventura Increíble.

Pero dejemos de hablar en pasado y empecemos a viajar ¿Nos vamos? O como diría alguien que yo sé

¡¡¡Vamonosss!!!

On The Road

09:24h Estamos en marcha, el ambiente es súper bueno y la verdad, no paramos de decir tonterías. Los temas de conversación se suceden de manera fluida y la emoción invade el ambiente, ¡Mola mucho!

Pero tras unos pocos kilómetros de marcha, un sonido característico interrumpe en seco la conversación, una piedra ha salido despedida del vehículo que llevamos delante y ha impactado contra la luna delantera.

¡Guau! El cristal empieza a rajarse…

En pocos minutos estamos fuera de la ciudad, la intensidad del tráfico se va reduciendo y empezamos devorar kilómetros cómodamente. A nuestra derecha, las impresionantes paredes graníticas de Monserrat. Seguimos avanzando, aunque ahora algo preocupados por el percance.

Estamos ¡On The Road!

Hasta pasadas las 12h no hacemos la primera parada técnica, la temperatura sigue siendo inferior a los 7ºC y necesitamos un  buen café. Estamos en Graus.

Calculamos que cuando lleguemos a Benasque estará todo cerrado, así que además de por el café, decidimos entrar al único supermercado que hemos visto en el pueblo y claro, comprar algunas cosas que comer cuando llegue el momento. O más bien, momentos 😉

No lo sé, pero coincidimos en tantas cosas y hay tan “buen rollo” que nos permite tomar decisiones rápidamente. Eso nos motiva mucho, lo sé.

Tras el descansito, retomamos la marcha y una hora más tarde, a eso ya de las 13:22h llegamos a una especie de desfiladero, creo que a la altura de Seira, otro pueblecito, y no podemos evitar guardar silencio durante los instantes que dura el trayecto, para disfrutar de tanta belleza.

Sí, en algunas ocasiones y aunque este tipo de carreteras sean complicadas y molestas para el que tiene que transitarlas por obligación, para los que lo hacemos por devoción es todo un disfrute.

La estrechez de la vía, las caprichosas curvas, esos desplomes de las paredes, los recovecos, esa paleta de colores cambiante y la magia del lugar. Son tantas cosas…

Y no puedo evitar volver a pensar en por qué estamos aquí, cual es   mi historia, qué es lo que quiero hacer, por qué lo estoy compartiendo con un desconocido y además, qué va a pasar.

Mil preguntas y una sola respuesta sin palabras, la sonrisa en el rostro de dos tipos que se sienten como niños, haciendo lo que más aman, ir a la Montaña.

Virgen de las Nieves, capítulo “El Peregrino” y un viaje que te confieso, no siento mío.

Estoy seguro de que te acabo de desconcertar, pero esta no es mi forma de viajar, no es como hago las cosas y no lo sé, pero hace tiempo que he sentido algo muy extraño en torno a todo esto.

Desde que le puse título a este viaje, insisto, sentí que estaba pesando algo raro. Por un lado me siento un nómada, no un peregrino, por otro, quería hacerlo en solitario y por Zaragoza, no acompañado y por Barcelona.

Y también debo confesarte algo más, arrastro una gran decepción. Te explico:

Cuando quise hacerlo hace unos meses, me encontré con el único apoyo de dos personas, que aunque me ofrecieron toda su ayuda, era insuficiente para emprender tal empresa. Decidí abrirme y probar suerte, pero en lugar de pedir ayuda, quise ofrecer que los que me conocían o fuese quien fuese a quien llegase mi propuesta, me apoyase. Simplemente, no funcionó.

Así que decidí seguir mi camino, dejarlo estar, pasar página y centrarme en los Alpes. Pero pasaba el tiempo y eso seguía estando ahí, como algo por hacer, una tarea pendiente quizá, como lo mismo que me pasó la primera vez que en aquella fría ermita del corazón de los Pirineos, decidí que tenía que volver y así, se creó una promesa.

Pero el destino tendría algo reservado para mi y por supuesto, sin avisar. Un pequeño empujón con el que conseguir cubrir los gastos mínimos del viaje y no tener que volver a desilusionarme con nadie.

¡Tengo el dinero para vivir el último capítulo del que será mi primer libro! Increíble.

Todavía recuerdo cuando le propuse a Raúl Vida, sin saber todavía por qué, formar parte de esta historia. Y por supuesto, también recuerdo su rápida contestación y todo lo que sucedió a partir de ese momento. Fue genial, de verdad. No me lo esperaba.

Pese a todo, algo que escapaba de mi entendimiento estaba pasando. Era consciente de ello, pero quería que todo siguiese su curso. Y aunque iba a alejarme totalmente de la idea original, el objetivo acababa siendo el mismo. Llegar a la ermita y compartir la experiencia.

Aunque ello me obligase a cambiar el título a algo así como “Los Peregrinos” o “El Peregrino y el Montañero” o incluso “El Montañero y el Peregrino desfondado” ji ji.

Madre mía, nada tenía sentido. Pero como ya sabes, voy sobre la marcha y creo que en esta vida todo pasa por algo. Así que pienso que era lo que menos importancia tenía. Los egos no sirven para nada y la aventura estaba servida.

El secreto de Benasque

A eso de las 13:40h llegamos a Benasque, con una temperatura bastante similar a la de Graus y ausencia total de viento.

La grieta del cristal sigue avanzando, un extremo ha llegado a la parte más alta de la luna y el otro sigue hacia el centro. Esto pinta mal.

Como ya es habitual cada vez que llego a este bonito pueblo, vamos directamente a Barrabes, una gran tienda dedicada a los deportes de montaña que cada vez vengo, visito. Pero es muy tarde y sin llegar a ver la planta baja en su totalidad, decidimos salir a la calle e ir al outlet que la misma empresa tiene calle arriba, a unos 300m.

No cierran a medio día, pero aun así echamos un vistazo rápido y volvemos a salir, en esta ocasión para comer algo rápido antes de proseguir la marcha. El día avanza y Raúl me advierte de que la noche nos va a pillar de camino.

¡¡¡Juasss!!! ¿Cómo te lo diría? Justo en ese momento y lejos de preocuparme, una lucecita se enciende en mi mente ¿Vamos a llegar de noche? ¿Estamos hablando de hacer una ruta por un bosque completamente nevado y si recuerdo bien, con tan sólo un par de señalizaciones? ¿De verdad?

¡¡¡Siiiiiiiiiiii!!! Y eso es justo lo que le faltaba a mi viaje, lo que hasta el momento se escapaba de mi entendimiento, lo que era incapaz de visualizar y la respuesta de cual era el verdadero papel de mi compañero de Aventura. Todo tenía sentido, aunque también era consciente de los peligros que una travesía así podía desencadenar.

Paseamos, tranquilos, en plan observador. Al ser la hora de comer, encontramos las calles vacías, comercios cerrados y curiosamente, algunos que han echado el cierre definitivo, una lástima.

Tras serpentear por angostas callejuelas, llegamos a una gran plaza en donde encontramos la oficina postal a un lado y la iglesia, al otro. Mientras echo un vistazo para ver si hay actividad en su interior (el de la iglesia), llamo a un número que tengo memorizado en el móvil, pero nuevamente contesta el típico “está apagado o fuera de cobertura”.

Una vez más, no consigo localizar al Padre Dalmiro. Y es una verdadera lástima, tenía muchas ganas de ponerle rostro y agradecerle su papel en esta aventura.

Dejando atrás el paseo y la frustrada visita sorpresa, buscamos un lugar donde pegar un bocado rápido. Ya te puedes imaginar, un par de bocadillos y poco más, ji ji.

Decidimos no dejar pasar más tiempo y cambiamos de registro, es hora de pensar ya en nuestra seguridad personal.

A todo esto, vuelvo a contactar con el guarda del refugio para dar parte de la nueva situación. Llevamos mucho retraso.

Es curioso, sigo sintiendo que este no es el viaje que quería hacer, de hecho además de no haber podido documentar todo lo que quería, el tiempo que vamos a invertir en la travesía se reduce drásticamente.   

Pero no importa, sigo pensando en que todo pasa por algo y “algo” me dice que va a ser increíble ¿Estaré en lo cierto?

Llanos del Hospital

El nerviosismo es latente, salir de Benasque significa directamente empezar la Aventura y eso hace que la sangre empiece a fluir más rápida. Nuestras miradas se cruzan fugazmente justo en ese instante en el que va a moverse el coche y una sonrisa se dibuja en los rostros, estamos emocionados.

Seguimos con nuestra interminable conversación, sin sentido cronológico alguno, pero ya centrados en temas de montaña, sobre equipamiento, sobre los últimos datos de la previsión meteorológica, sobre los víveres que llevamos encima y sobre todo, sobre las pocas horas de luz que nos quedan.

Cinco minutos, diez minutos, quince minutos… Un embalse, una zona de acampada, un balneario… A estas alturas, el tiempo en realidad acaba de perder toda su importancia, es algo secundario, la mente empieza a trabajar, a remover recuerdos, sentimientos, experiencias. Reconozco cada lugar que veo, es emocionante, me siento como un niño con ganas de salir del coche y empezar a corretear.

Seguimos avanzando, la parte más profunda del Valle queda a la derecha, y pequeñas cataratas que se precipitan por las empinadas laderas, a la izquierda. Uff, tengo los nervios a flor de piel.

Nuestro paseo en coche está a punto de finalizar, queda nada para llegar al parking para los visitantes de la zona. Hay nieve, demasiada quizá, y también hace frío ahí fuera, puedo sentirlo.

Un coche aquí, otro allá, parece un charco salpicado de piedras, todas ellas reclamando su propio espacio vital.

Buscamos una zona central desde la que podamos salir por inercia propia del vehículo, en el caso de que a la vuelta haya helado o similar. No es la primera vez que me pasa e intentar empujar un vehículo sobre el hielo y hacia arriba por medios propios, es más que complicado, por no decir imposible.

Echamos un último vistazo a la raja del cristal, tiene mala pinta, pero parece que se ha detenido. No podemos hacer nada, ahora no.

Echamos también otro vistazo a nuestro alrededor, no hay actividad aparente. Tardamos apenas unos minutos en vestirnos para la ocasión, además de decidir dejar algunas cosas en el maletero y claro, no podemos evitar sentir cierta preocupación.

Tristemente cada día hay más gente amiga de lo ajeno y el dinero que vale cualquier artículo de material de montaña es todo un atractivo. Pero estamos motivados muy positivamente y seguro que a la vuelta, todo estará en su sitio.

De hecho toda la expedición esconde un gran secreto que comparto con el padre Dalmiro y que, en su momento, será desvelado. Pero no ahora, todavía no.

A partir de este momento, aire puro, unas vistas espectaculares y el sentimiento de que acabamos de llegar a casa. Primeras fotos “in situ” y una exclamación nómada:

¡¡¡Vamonosss!!!

A partir de este enclave, la travesía de ida constará de dos partes y sus respectivas escalas:

Primera Parte. Desde el parking iremos andando hasta la altura del hotel de los llanos, en donde encontraremos una barrera para el tráfico rodado y la carretera desaparecerá definitivamente bajo el blanco manto nivoso.

La siguiente referencia será una especie de depresión circular que tras los deshielos de la primavera, se convierte en un bonito lago lleno de vida. Nada más superarlo, la cabaña de pastor, quien la utiliza generalmente durante los meses estivales cuando el ganado, principalmente bovino, recorre el valle.

El resto del año, durante los meses más fríos, la podríamos considerar un refugio de emergencia, nada más.

A continuación nuestra próxima parada sería un último parking llamado la Besurta, y que marca nuevamente el límite rodado. A partir de este momento, la montaña.

Segunda Parte. Tras una larguísima pero cómoda primera parte, empezamos a subir montaña literalmente, es decir, a ganar altura. Recordemos que ya hemos sobrepasado los 1000 metros de manera generosa.

Un primer desvío nos ofrecería la posibilidad de ir a otros destinos, al igual que también lo haría el segundo y más peligroso, punto crucial en el que si nos equivocamos y más sabiendo que no hay ningún tipo de cobertura para móviles, tendríamos serios problemas.

Es decir, en caso de que no llegásemos al refugio, sería el último lugar en el que nos buscarían.

La siguiente y última parada sería el propio refugio, en donde una cena caliente, un par de guardas y un colchón para pasar la noche, nos esperan.

Pero las cartas estaban echadas y por delante nos esperaría una gran aventura ¿O no?

En este punto voy a compartir con vosotros cómo lo viví, tal cual. Y de paso también os diré que mientras para unos esto puede ser un simple paseo (y lo es) para otros puede suponer la aventura de su vida ( y también lo es)

Así que imaginaros mi situación: Con un montón de kilitos de más, falta de forma física, un día a día en el que paso más tiempo sentado delante del ordenador que haciendo deporte y por supuesto, una dieta que alterna lo saludable con algún capricho que otro.

Además de todo esto, el equipamiento que había elegido para la ocasión resultó no ser el más indicado. Tiene mala pinta ¿Verdad?

Sin Aliento

Son las 16h, no esperaba que hiciese tanto frío. Reconozco que la idea de que se hiciese de noche durante el camino no se me había pasado por la mente y me resultaba hasta atractiva, pero ya no lo veo tan claro. Estoy además de nervioso, un poco preocupado. ¿Miedo? Para nada, pero con la montaña no te la puedes jugar y tampoco es el momento de ir de valiente.

Raúl ha tardado menos de 10 minutos en cambiarse de ropa, preparar la mochila y hasta cargar con la comida. La idea era repartir el peso, pero creo que ha visto mi cara…

He sido sincero en todo momento respecto a mi forma física, pienso que como lo digo riéndome todos lo toman a guasa, pero me parece que llegado el momento, van a ponerse serios. No quiero ser una carga, para nada, así que si la cosa se pone fea (y sé que se pondrá) me daré la vuelta.

He venido a conocer a mi tocayo, a hacer una travesía de la mejor manera posible y a pasarlo bien, sobre todo esto último. Sigo con la sensación de que este no es mi viaje, es como una sombra que me sigue.

Estamos de risas, pero la verdad es que Raúl está preocupado por lo del cristal del coche. Se puede arreglar, pero es un contratiempo, y más sabiendo que se lo han prestado para la ocasión, lo cual hace que todo se vea más complicado.

Por mi parte, sigo luchando para ponerme la mochila. Si con las botas ya me ha costado, imagina tener que echarme unos 15 kilos más a la espalda. Siempre me pasa lo mismo, cuando llega este momento, maldigo el no hacer una vida más saludable.

No quiero hacerle esperar más, el sol ha perdido fuerza y las sombras invaden el valle. Todo está cambiando y decido llamar nuevamente al refugio.

La llamada es breve, nada que ver con la que hice un par de horas atrás desde el pueblo. Vamos a salir, somos conscientes de que llegaremos de noche y no estoy preparado, pero mi compañero es un experto montañero y eso me da cierta tranquilidad.

En unos minutos, perderemos cualquier tipo de comunicación posible, parece mentira que estemos en la era de las comunicaciones, pero a veces se agradece, la verdad.

Es momento de partir, llevo las raquetas en la mano al tiempo que los palitos, parezco algo raro, pero mola. Soy consciente de todo, pero me da igual, al mismo tiempo estoy encantado ¿soy raro? Me da igual, como se suele decir, estoy en mi salsa. Aunque también pienso que no quiero decepcionar a nadie, una cosa es ir solo y otra poder fastidiar a esa persona que comparte su tiempo contigo y que está mucho mejor preparada. Uff, cuantas cosas. Mejor no pensar.

Empezamos a caminar, siento que voy sobrecargado. Pero no quiero dejar nada más, la verdad es que tampoco sabría el qué. Raúl viste de rojo, yo de amarillo. Se nota que le encanta todo esto, de verdad, tiene una alegría contagiosa. Este tipo me cae genial, desde el momento cero hemos conectado.

Acabamos de salir y ya estoy ahogado, uff, cómo pesa todo. No me he atado bien las botas y andar por asfalto me está matando. Menos mal que hace frío y eso juega a mi favor. Tenía que haberme dejado las zapatillas, pero tiene razón, se me habrían helado los pies. Son de verano.

Las vistas son preciosas, aunque todo está nevado se pueden ver pequeños pasos de agua a nuestra izquierda, ahora caminamos por el lado derecho del valle.

Llegamos a una cruz que Raúl reconoce, la utilicé en la página de aterrizaje del viaje. Es curioso cómo según la perspectiva, todo cambia, de hecho la recordaba enorme, pero ahora y desde aquí, veo que no lo es tanto. Seguimos caminando.

16:46h. No han pasado ni 10 minutos y llegamos a la barrera, a partir de aquí toca pisar nieve. Me asomo para ver el hotel, me encanta, es una pasada. Estoy deseando venir con más tiempo y hacer un buen reportaje sobre la historia de este lugar. No puedo agacharme y tengo que dejar la mochila en el suelo. Conversamos con otros chicos que acaban de llegar de alguna travesía, así que preguntamos sobre el estado de la nieve y las condiciones por ahí arriba. Todo es ok.

Me molesta una bota, aunque las tengo ya unos años, siguen estando nuevas y claro, eso no es bueno ya que me pueden rozar y todo lo que ello conlleva.

Es increíble, acabamos de empezar y ya estoy agotado. Daría cualquier cosa por encontrar una buena excusa y quedarme en el hotel para tomar café y conectarme a internet. Quizá incluso seguir escribiendo. Madre mía, tengo tanto de qué escribir y no sé cómo empezar.

Pues eso, empezamos a caminar. Sí, digo muchas tonterías y reímos, pero ya no puedo con mi alma. Espero llegar al menos hasta el lago.

Seguimos caminando, parece que la inclinación ya no lo es tanto, reconozco la zona y le comento que en una ocasión, justo el día que estrenaba estas mismas botas, escuché voces que venían del bosque, pero que no veía a nadie. Paré la marcha y mire fijamente, intentando identificar aquellos susurros intermitentes, hasta que vi algo moverse.

Sí, acababa de descubrir a un grupo de militares haciendo maniobras invernales. Era una pasada, estaban ahí y no podía verlos, totalmente mimetizados, pero estaban y los pude ver.

Seguimos, la anécdota me ha permitido detener la marcha durante unos instantes y poder recuperar la respiración. No puedo más, entre el sobrepeso, la bota que me molesta un poco y las raquetas de nieve… Uff, esto pinta mal, empiezo a creer que es un desastre anunciado.

Hacemos un par de paradas más, la mochila aprieta mucho y hay que cambiar el agua al pajarito, ji ji.

Uff, qué alivio, menos presión, menos peso y poder descansar. Pero no lo suficiente, claro. Está cayendo la noche, al final nos va a pillar de lleno.

17:48h. Conseguimos llegar al lago, pero está seco, sólo hay nieve. Nada que ver con el que recordaba, lleno de agua, rodeado de verde y con graciosas marmotas jugando a su alrededor. Es lo que hay.

Al otro lado conseguimos descubrir que alguien ha seguido el camino de verano, tal cual me comenta Raúl. Qué ganas de complicarse, de verdad, con lo fácil que es seguir la pista forestal que además es más llanita, de verdad…

Sigo andando, ya no puedo con mi alma. Hace ya más de una hora que sólo pienso en parar y dar la vuelta. Pero no quiero, me ha costado muchísimo llegar hasta aquí, conseguir el dinero, conseguir las fechas, conseguir que alguien quiera y además pueda compartir esto conmigo y si, no me da la gana tirar la toalla, yo no soy de esos.

Sigo caminando, sigo diciendo tonterías y sigo portando un equipaje demasiado pesado. Solo pienso en trineos, en algún plástico que pueda arrastrar y poner todo el peso de la mochila encima. Se hace de noche, los árboles se han vuelto negros y las montañas parecen cada vez más altas. La naturaleza se está preparando para un relevo, el silencio es brutal.

Acabamos de dejar atrás el lago, psicológicamente debería sentirme mejor, pero no puedo, solo pienso en llegar al refugio, o cabaña, o lo que sea, y que esté abierto. Raúl va a flipar, pero no puedo más.

La movida va a ser que los del refugio están esperándonos y que como no respiremos, aquí se lía gorda.

No sé cuántos minutos han pasado, me he quedado absorto contemplando todo a mi alrededor, siento como si estuviese en el centro de una gran plaza de donde no hubiese salida posible.

No hay relieves, no hay principio ni final, todo es un muro a mi alrededor. Pero no me asusta, estoy donde quiero estar y me siento feliz, sin fuerzas, pero feliz.

18:08h. ¡Ahí está la cabaña! Dice Raúl con voz tranquila. Siento una explosión de alegría, entre la seguridad de mi amigo y saber que he logrado llegar hasta aquí, de verdad, ¡qué pasada!

No tardamos en entrar, pese a ser una construcción de piedra y hormigón armado, vamos, maciza total, la diferencia de temperatura es tremenda, parece hasta que haga calor.

Una puerta abierta, metálica y de gran consistencia nos da la bienvenida. Entramos y encontramos una especie de antecámara en donde hay una chimenea a un lado y un montón de leña a otro, qué pasada. Huele a leña quemada.

Uff, con lo rápido que el equipo de montaña coge olores…

Encontramos otra puerta que da acceso a una segunda cámara, con una litera, dos colchones y un espacio donde dejar las mochilas y cambiarse de ropa en caso dado.

Es curioso como en un contexto así, no dudaría en utilizar este lugar, pero en otra situación, quizá viéndolo desde lejos, casi que mejor duermo fuera. Somos muy extraños, la verdad, vivimos en un mundo tan materialista y superficial ,que damos valor a lo que no lo tiene y se lo quitamos a las cosas verdaderamente importantes.

Creo que me quedo aquí, no puedo más, de verdad. Somos los últimos en entrar en el valle, los del refugio esperan y no hay forma humana de comunicarnos con ellos. Salir con el móvil en busca de cobertura resulta tan ridículo que he acabado poniéndolo en modo avión. Si no lo hago así, seguirá buscando cobertura constantemente y me quedaré sin batería. No quiero que me pase otra vez, ya tengo esa experiencia.

No sé qué hacer, por un lado estoy ilusionado, pero por el otro, reventado. Soy consciente de muchas cosas, pero aunque la aventura es la aventura, dentro de ella hay que saber cuándo has llegado al límite de tus posibilidades.

Y entonces la vocecita de Raúl vuelve a romper el silencio ¡Venga tocayo, vamos a llegar hasta el parking de la Besurta y allí tomamos la última decisión! ¿Vamonosss?

De verdad, este tipo parece un conejo, no paro de repetírselo. Está más fresco que una rosa, mientras que yo no puedo con mi alma.

Pero voy a seguir, mientras pueda dar otro paso, lo haré. Al menos ahora tengo una opción más para pasar la noche en un momento dado, y eso me da mucha tranquilidad. No me importa quedarme solo, no quiero fastidiarle y además, cuando todo va mal, alguien tendría que buscar cobertura y dar aviso de que no puedo subir.

Seguimos caminando, el espectáculo de la noche es cada vez más impresionante. No corre ni pizca de viento y, aunque vamos de subida, es muy suave. Ya no siento la molestia de la bota, y cuando aparece, estiro de la lengüeta y vuelve a desaparecer durante unos minutos. Sé que hace frío, pero no lo siento, aun así no pienso quitarme ropa, sería una locura y lo sé. Todo funciona bien, voy quizá sobre equipado, pero voy bien. Me duelen los hombros, la mochila pesa cada vez más, uff.

18:45h. Llegamos al último parking, hago una nueva parada técnica y pienso que soy un campeón, que he logrado completar la primera fase del viaje, pero que todo ha terminado para mi. Estoy deseando librarme del peso de la súper mochila y tirarme aunque sea, encima de una mesa. Aquí hay una especie de cenador con varias en su interior. Uhmmm, estoy cambiando el agua al pajarito una vez más, de verdad, qué gusto, ji ji.

Pero mi momento especial no dura mucho puesto que la voz de mi compañero rompe una vez más la magia de la noche ¿Seguimos?

Ni de coña, yo no me muevo de aquí, que suba él si quiere ¡Paso!

¿Os ha pasado alguna vez aquello de que en un instante puedes ver pasar toda tu vida? Pues en éste justo momento acaba de pasar ante mi, desde el momento en el que subí por primera vez, hasta ahora mismo mientras miraba el cielo en busca de alguna estrella fugaz.

Y es curioso cómo nuestro cerebro es tan vulnerable al entorno, a lo que pasa, a lo que sientes, a lo que te preocupa y a lo que no.

Durante un segundo, justo lo que ha tardado en preguntar si seguimos, aunque yo creo que era más una invitación que lo otro, he vuelto a sentir la ilusión de preparar el peregrino, de cómo le puse nombre, de todas las personas a las que propuse que me apoyasen, de las horas que pasé buscando fotos, escribiendo textos y dando forma a una propuesta decente, pero también me he acordado de todas esas otras personas que tan solo querían saber, de las poquísimas que realmente me apoyaron, incluso de la conversación en la que mi amigo Carlos decía que sobrevolaría los Pirineos y me haría una foto.

Era increíble, pero al final lo que más sentí, fue la soledad. No sé pedir, cuando lo hago cuento demasiado y es como si vendiese mi alma. Incluso ahora se pasa por mi mente mi último café, la última persona a la que conté lo que quería hacer y cómo me explicaba con cierto tacto que como empresario, el no podía calcular lo que sacaba a cambio. La verdad es que pensaba que me iba a doler, pero en realidad me dio igual, al final la gente que piensa así no está alineada con mis valores.

Y pienso en mi familia, en cómo vivimos, en cómo sentimos la vida, en el tiempo que pasamos juntos y en la gran cantidad de recuerdos que acumulamos continuamente.

Aquí estoy, reviviendo mil palabras escuchadas, cientos de cafés testigos de mis amaneceres y sólo una misión, dar por finalizada esta historia.

Respiro hondo, el frío llega hasta lo más profundo de mis pulmones, intento buscar los ojos de Raúl y establecer esa mágica conexión que tenemos. Pero no lo encuentro, la oscuridad es casi total.

Bajo la mirada en busca esta vez, de las punteras de mis botas, parpadeo un par de veces, cierro los ojos, vuelvo a inspirar el frío e invisible elemento, y me siento cómodo, mis manos se tensan sobre las frías empuñaduras de los palitos telescópicos…

Alzo la mirada lentamente, siento como si mis pestañas fuesen capaces de mover toda esa nieve, algo así como el efecto de la cresta de una ola en el mar, la energía es tremenda, estoy apunto de dar por finalizada esta historia. Raúl se mueve lentamente, sabe que no puedo más, vuelvo a ver su silueta a unos pocos metros de mi, ya puedo escribir el final de mi libro, ya no voy a sufrir más, y no tengo que demostrar nada a nadie, total ¿quienes son ellos para mi? ¿acaso están aquí para entenderlo? ¿acaso están pasando lo que yo?

El aire empieza a salir de mis pulmones, siento como se desliza por los labios, los calienta débilmente y un sonido seco sale de mi boca: ¡¡¡Sigamos!!!

El Oso y el Conejo

No me lo puedo creer, estoy andando otra vez. Acabamos de superar con éxito la primera fase de la travesía y nos metemos de lleno en la más dura y peligrosa. A partir de este momento, ya no hay vuelta atrás.

Conozco la subida, la he hecho y sé que va a ser dura. El camino es estrecho y las zetas se repiten casi hasta la cima. ¿De verdad que he dicho eso? ¿Que sigamos?

Cruzamos un estrecho pero firme puente de madera, a tan sólo unos centímetros corre lo que debe ser agua de deshielo, fría, muy fría. Es preciosa, cristalina, caprichosa en sus formas, amable en su murmullo. Seguimos caminando y descendemos un tramo en donde algunas piedras resbaladizas nos ponen en alerta. Es peligroso, si pisamos hielo la caída puede ser muy dolorosa.

Vuelven a dolerme los hombros, pero ya no me importa, lo he aceptado como parte de mi. Hace rato que no utilizamos las raquetas, nos estaban estorbando más que otra cosa.

Encontramos un primer desvío que tomamos a la derecha y los paisajes que antes nos deleitaban con su majestuosidad, desaparecen. El bosque nos acaba de engullir.

Escaneo la zona con mi frontal en busca de algún signo de vida, algún pequeño habitante de la noche, cualquier cosa que respire, pero fracaso, estamos solos.

Hemos cambiado la forma de andar, ya no vamos uno al lado del otro, toca seguir huella, es decir, las pisadas de mi compañero.

Siento que esto se pone serio, aunque sigo diciendo tonterías, claro, pero soy consciente de la situación.

Estamos solos, es mucho más tarde de lo que habríamos querido y en el refugio no saben nada de nosotros. Espero que no nos den por perdidos y den parte a las autoridades, además de un despliegue no procedente, saldría en todos los noticiaros de este país haciendo el ridículo, claro. Me da igual, sigo pisando las pequeñas huellas de mi compi.

La temperatura se mantiene, estaremos a unos 6ºC y no hay viento, sigo cómodo, creo que incluso estoy pasando un poco de calor con todo lo que llevo puesto, pero seguimos.

Mis pasos son cada vez más cortos, el corazón bombea más rápido y golpea fuerte contra el pecho, empezamos a ganar altura y sigo sin reconocer el camino. Mal vamos.

Sigo pensando en el por qué de este viaje, en por qué no lo siento mío y en por qué Patricia Gandaria, la que se supone que es la protagonista, no me ha contestado todavía. Llevo meses en contacto con ella deseando que llegue este momento y ahora que lo ha hecho, ni ha respirado.

Bueno, quizá no me haya leído, sé que es una mujer muy ocupada y que siempre anda liada, pero ¿De verdad que no me ha leído? Estoy seguro de que sabe que estoy haciendo el viaje, pero bueno, ya no tiene importancia. Aquí estoy y en esta ocasión, por mi.

Necesito beber, se que debo hacerlo, debo estar hidratado, paramos. Desde que salimos no he parado de comer almendras, parezco una ardilla. Es increíble cómo una cosa tan natural te puede ayudar tanto. Vaya, ya quedan pocas y acabamos de empezar a subir. Necesito un par de minutos más, no me queda aire.

19:12h. Una señalización indica que estamos a tan solo 1km del refugio. Sonrío, hace casi media hora que dejamos el último parking, el de la Besurta y claro, cada día ando unos 10kms, así que esto está chupado. Pero al mismo tiempo recuerdo que en la montaña las distancias se miden en tiempo y los que regulan los carteles suelen ser personas que tienen en cuenta su propia forma física, no la de un servidor. Paramos nuevamente, estamos en medio de ninguna parte y quiero orientarme.

Pongo a tope la luz de mi frontal, estoy contento, es súper potente. Pero rápidamente descubro que sus 350 lumens, esos que tan buen servicio me hacen en casa, no son suficientes. En fondo blanco absorbe toda la luz, no logro alcanzar referencias, estoy desconcertado, mi frontal se ha quedado de juguete. A mi compañero parece no importarle, está fresco como una rosa y no paro de repetirle que parece un conejo dando saltos por la nieve. Sigo sus huellas esperando no hundirme, pero le saco más de 50 kilos de diferencia y me hundo hasta las rodillas. Decidimos que es el momento de ponerse las raquetas, las mías llevan alzas, las suyas no.

Mi barriga pasa factura, no alcanzo los pies. Vuelvo a quitarme la pesada mochila, la dejo caer sobre la fría nieve con la esperanza de que no se empape de agua. Tengo que recurrir a la ayuda de Raúl, m ayuda con el bloqueo de las raquetas. Ahora ya es todo diferente y necesito tener un total control de mis pasos. Nos hemos hundido varias veces durante la subida, la nieve es muy irregular y tengo que reconocer que es todo nuevo para mi.

Había hecho varias cosas con raquetas, pero no con estos desniveles. Por un momento me relajo, pero no va a durar mucho.

Seguimos avanzando y mis únicas palabras son ¿Falta mucho? Pero la única respuesta que obtengo es simple la misma “Llegamos en 15 minutos, venga vamos, que el refugio ya está cerca”

Pero no es verdad y encima ya no puedo más. Empecé haciendo paradas cada 4 pasos y ahora cada 2, siento que las piernas están respondiendo bien, estoy sorprendido, pero el resto del cuerpo y la mochila… Uff, la mochila.

Llego a una especie de mini repisa en donde vuelvo a parar, aviso a mi compañero. Es imprescindible hacerlo para que no perdamos el contacto visual, pero a veces se me olvida. Miro hacia abajo y por un instante me tambaleo, un escalofrío recorre todo mi cuerpo, madre mía, me siento inseguro. Clavo los palitos con fuerza, haciendo una especie de trípode con mi cuerpo, me siento mejor.

Retomamos la marcha, una vez, otra vez, mil veces quizá, ya no lo recuerdo. Vuelvo a preguntar y obtengo la misma respuesta, estamos a 15 minutos más.

20:27h. Además del sonido del río, acabamos de oír ladridos, detenemos la marcha y buscando alguna luz en el horizonte. Sí, está ahí, es tenue, pero suficiente para tener por fin una referencia clara de dónde está el refugio. No me atrevo a preguntar, sé que van a ser más de 15 minutos, pero sólo sabiendo que está ahí, todo cambia.

No me confío, hace mucho tiempo que dejé atrás mi zona de confort, vamos, creo que aquella cabaña de pastores, horas atrás, así que dejo la celebración para otro momento y vuelvo a mirar al suelo en busca de la huella de mi compañero.

Piso, me hundo, me siento como un gran oso persiguiendo a un conejo que pasea alegremente. Vuelvo a pensar en mis propios palabras, mientras que para unos es un paseo, para otros una gran aventura. Y en ello estoy, viviendo algo difícil de contar e imposible de compartir.

Ya no quiero seguir grabando, cada vez que saco el móvil se me congela la mano. En verdad no se si algo se ha grabado, la noche es muy oscura y hasta el café de mañana no lo revisaré. ¿Tendrán café?

No importa, llevo café en la mochila, estoy deseando ver la cara de mi compañero cuando vea que cuando le dije que guardaría el café que me envió desde Vietnam para una ocasión especial, cumplí con mi palabra y por supuesto, sería con él. Seguimos avanzando, muy lentamente, pero avanzamos.

Los ladridos son cada vez más claros, al igual que la cercanía al río, debemos  de extremar las precauciones, un accidente ahora mismo sería fatal. Sigo contando pasos de dos en dos, parando y arrancando con todas mis fuerzas, pero algo ha cambiado.

Detengo la marcha en seco y vuelvo a clavar los palos en la nieve, creo que he tocado el fondo, es duro. Me inclino hacia la pared y escaneo mi alrededor con el frontal. ¡Mierda! Estoy en una pared, estoy ascendiendo por una pedazo pared. ¿Donde está el camino? ¿Qué hacemos yendo por aquí?

No hay camino, acabo de darme cuenta de que hemos ido ascendiendo campo a través, sin caminos, sin senderos que seguir, sin árboles donde agarrarse, tan solo las huellas de otros que hace horas quizá, pasaron por aquí.

No me atrevo a mirar atrás, si hacia arriba está tan empinado ¿de dónde vengo?

Estoy en mitad de una tremenda ladera, sólo nieve y alguna huella sin sentido. Mi tocayo habla de 45%, pero al menos hay 70% o más, no lo sé. Creo que he olvidado respirar, no se si dejarme apoderar por el miedo o seguir avanzando como hasta ahora. Miro a mis pies, flotando en mis viejas raquetas de nieve y me siento seguro, es extraño, pero me siento seguro.

Ahora pienso en los Alpes, en algunas fotos que tengo hechas desde la Aguja di Midi, a los pies del Mont Blanc y de esas almas que conquistan las montañas. Se me escapa una sonrisa y por un momento me siento uno de ellos, pequeñito, pero uno de ellos.

He perdido la cuenta de los pasos, siento la nieve más dura y no quiero mirar atrás. Mañana cuando vuelva descubriré o que he hecho esta noche. Sigo avanzando.

No queda mucho, estoy seguro, pero esto no termina nunca. Descubro un pequeño pino entre la nieve y decido grabar una vez más, es precioso, no puedo explicarlo, estoy feliz de verlo ahí ¿me estará afectando el mal de altura? ¡Madre mía!

20:45. Veo una luz que se mueve, es muy blanca. ¿Quién narices sale de paseo a estas horas? Ups! Nosotros, claro.

Veo una construcción, la luz se acerca, es el guarda del refugio, acaba de salir en nuestra búsqueda pensando que nos hemos perdido. ¡Guau! No me lo creo, estamos llegando, esta vez de verdad.

Apenas tardamos 4 minutos en llegar, liberarnos de nuestro equipaje y sentir el calor y protección del refugio, estamos en la Renclusa.

Momento Café

Acabo de llegar a Turís, una pequeña población del interior de la Comunidad Valenciana donde tantos y tan gratos recuerdos he ido acumulando.

Hace ahora un año que venía a este mismo lugar a confirmar que mi viaje a los Alpes era una realidad. Todavía recuerdo aquella noche, fría, muy fría, y oscura, muy oscura. Recorrí más de 4kms por vía de servicio sumando pasos y con una sonrisa que no podía esconder. Escribí sobre ello en su momento, pero me gusta recordarlo y con ello, vuelvo a sonreír.

Estoy en una pequeña cafetería, creo que la más básica de la zona y donde a fecha de hoy siempre me han servido excelentes cafés.

Y por qué digo esto, pues porque hoy ha hecho algo raro, diferente, ha confundido la taza del café por un vaso de cortado y cuando se ha dado cuenta del error, lo ha corregido pero vertiendo el café del vaso a la taza. Vamos a ver…

Son pasadas las cuatro y media, doy el primer sorbo y cierro los ojos. Siento nostalgia, tristeza y mi cabeza le da vueltas a una sola idea, volver a Benasque.

Ha pasado más de una semana y todavía estoy cansado, ji ji. Un viaje de 7 días y en su ecuador, una gran aventura. Respiro hondo, me relajo y como siempre, dejo que mis manos acaricien el teclado hasta que libremente, los dedos empiecen a golpeas delicadamente cada tecla. Vuelvo a la Renclusa.

Tras dejar todo el equipo de nieve en una sala llamada «el secadero”, empezamos a abrir mochilas y ponernos ropa más cómoda para la estancia.

La gente ya está durmiendo, calculo que con nosotros se completa una docena de montañeros. El silencio es espectral y nos sorprende la presencia de un segundo guarda que está haciendo la temporada de invierno, un tanto lejos de su refugio habitual, allá por el valle de plan.

Preocupados por la impresionante tardanza, no tardan en descubrir que mis anteriores advertencias eran reales, por mucho que las lanzase entre risas.

Estoy totalmente desfondado, no me queda aliento y vaya, Raúl me está mirando con esa típica sonrisa de ¿Has visto dónde estamos? ¡Lo hemos conseguido!

Pasamos al comedor, nos esperaban para servir la última cena, del día, claro. Un primer plato de pasta servido en una cazuela para dos, acompañado de pan y seguido a su vez por carne y verduras. Parecemos alimañas devorando hasta los huesos.

Durante los poco minutos que duró la cena, le insisto que si quiere hacer marcha y subir a su pico pendiente, que lo haga, que tenemos total libertad en este viaje para tomar decisiones continuamente. Él está preparadísimo y yo no quiero ser un lastre para nadie. Bueno, lo intento.

Llegamos a nuestra alcoba, compartida claro. Encontramos unas literas centrales y dos corridas que flanquean el lugar. Mi compi decide subir un poco más, yo me tiro directamente a la más cercana a la ventana y la verdad, ya no sé lo que pasó después.

03:30h. Si algo me toca las narices y mucho, eso es tener que levantarme a media noche en busca de un baño. Y por supuesto, esta noche no iba a ser diferente.

Intento incorporarme, pero mi cuerpo no reacciona. Siento un fuerte dolor a la altura de la cadera, el mismo que hace un año me produjo un autobús que me cubría la ruta Valencia-Barcelona y que durante 4 días me obligó a tratar con antiinflamatorios en el viaje a los Alpes de enero 2018.

Intento mover las piernas, tengo los gemelos como piedras, presiono la cadera con fuerza y vuelvo a intentar levantarme. Duele, pero lo consigo. Con más sigilo que un gato y sabiendo que en una hora algunos de los durmientes se levantará con intención de conquistar algún pico, desciendo hasta la cocina libre.

No me atrevo a buscar el baño, demasiadas puertas y mucho ruido. Decido hacerlo a la antigua usanza, una botella vacía de agua y a portarse como un campeón, vamos, sin salpicar.

¿Te ha pasado en alguna ocasión? Seguro que sí, ji ji.

Con el mismo sigilo que antes pero ya sin prisas, aprovecho para mirar por la ventana antes de abandonar este frío espacio. Puedo ver las montañas, aunque apenas hay luz, pero las veo. Es precioso. En esta vida todavía quedan cosas que no se pueden pagar con dinero y ésta es una de ellas.

Siento frío en los pies, voy sin zapatillas y mis calcetines no son para estar correteando a media noche por un refugio. Decido subir a la habitación y proseguir mi sueño reparador.

Vaya, no logro dormir. Estoy tan cansado que aunque mi cuerpo no puede moverse, mis ojos son incapaces de cerrarse. Sigo pensando, no dejo de hacerlo, revivo cada momento, sobre todo en los que estuve a punto de abandonar, pero también esos en los que me tambaleé o tuve miedo. Lo reconozco, esa última pendiente, que cubierta de nieve pasa a llamarse pala, me impresionó demasiado. No puedo quitarme la imagen, allí parado, mirando hacia arriba, calculando los grados de inclinación y descubriendo que la luz de mi frontal no era lo suficiente potente.

Pero aquí estoy habiéndolo superado todo, habiendo logrado completar toda la travesía y habiendo sobre todo, enfrentado a mis miedos, mis límites y mi propia imaginación.

Vivimos en una sociedad totalmente hipócrita y superficial en donde por un lado he demostrado que puedo hacer todo l que digo y por el otro, que no tengo por qué dar explicaciones a toda esa gente que simplemente, no es capaz de creer.

Hoy he hecho magia, he vivido un sueño que todavía no conocía, he creado un recuerdo nuevo, he terminado algo. Me siento pleno, me siento excitado y siento que no puedo dormir, ji ji.

08:00h. Llevo media hora escuchando una bolsa de plástico, estoy de los nervios. No sé si levantarme y ponerle firme o ofrecerle mi ayuda y hacer ruido con él. De verdad, llegas con todo el sigilo para no molestar a nadie y ese nadie no tiene respeto alguno. ¡Flipante!

Me levanto tan enfadado que no reparo en que mi cuerpo sigue sin poder moverse, un pinchazo me recuerda el dolor de la cadera. No tengo ibuprofeno, tampoco paracetamol, lo dejé todo en Barcelona, qué desastre.

De inmediato me doy cuenta de que estoy solo. Soy el último. Pero te lo juro, he dormido de tirón, no recuerdo nada a partir de mi paseo nocturno.

Pongo a ventilar el saco de dormir y las mantas que utilicé a modo de almohada. Termino de vestirme y bajo al comedor. ¡Ostras! ¡Estoy solo de verdad, Raúl se ha pirado!

08:21h. Aparece uno de los guardas en el salón y me da la llave de la taquilla, estoy salvado. Mi desayuno está ahí dentro, uff.

Pido un café, como no podría ser de otra manera y ante mi asombro veo que están vertiendo agua a través de un embudo de tela a una cazuela.

No es lo que creo ¿verdad? Me froto los ojos y sí ¡Café de calcetín!

Estoy alucinando, entre uno que se ha pirado y el otro que está preparando café a granel, estoy flipando. Pero lo reconozco, estoy feliz y me siento como en casa.

Vaso de medio litro de café en mano, me pongo a escudriñar cada centímetro del comedor, decorado con decenas de fotos, alguna postal e incluso cuadro dedicado. No conozco a nadie, así que me quedo igual.

Aprovecho las vistas para hacer alguna foto con el móvil, tiene pinta de hacer mucho frío ahí fuera, así que instintivamente me acerco a una pequeña “estufa de pellets” que parece funcionar a ralentí. Una de las cosas que más me ha atraído siempre es la imagen del fuego dentro de una estufa y quedarme absorto contemplando sus formas caprichosas, incluso misteriosas.

Pasados unos minutos decido salir a echar un vistazo, disfrutar indirecto de las vistas y buscar el camino que me llevará hasta el objetivo final de mi viaje, la ermita de la Virgen de las Nieves.

Me pongo a charlar con uno de los guardas y claro, acabo interrogándolo también, la noche anterior lo hice con su compañero, ji ji. Me cuenta la historia del refugio, de cómo los franceses pusieron de moda estos bellos parajes y cómo la naturaleza hizo de las suyas hasta llegar a nuestros días.

Toda una lección de historia desde un enclave único. Gracias amigo.

Pero hay algo que me preocupa y eso es cómo llegar hasta la ermita, de verdad, no lo tengo nada claro. El guarda me ofrece una pala, de hecho creo que cuando le dije que quería llegar hasta allí no lo tomó en serio, incluso me propuso una ruta alternativa mucho más larga pero quizá, segura.

Sigo esperando a Raúl. Lo busco en la lejanía y descubro las huellas de otros montañeros, incluso llego a adivinar alguno de ellos entre las bastas palas de nieve salpicadas de árboles y negras piedras. Pero no lo veo. Retomo la conversación con el guarda, esta vez acompañado de un hermoso gato y un tremendo perro. Uff, creo que era más grande que yo.

La decisión de la Montaña

10:30h… Más o menos. Algo rojo se divisa en la lejanía, viene rápido, quizá demasiado. Equipado con unos crampones y vestido de rojo, descubro a mi montañero favorito, sí, es él, estoy seguro.

Haciendo honor a su nuevo apodo, llega en cuestión de nada hasta mi posición. Mi tocayo acaba de cumplir otro de sus objetivos y ha coronado un pico. Está súper contento y además lo ha compartido a través de las Redes ¿de verdad que había cobertura ahí arriba? Si lo llego a saber subo con él, ji ji.

Tras compartir la experiencia con el guarda y esperando que la información pueda ser útil para otros aventureros, entramos al refugio con la intención de cumplir con algo más, vamos a hacer un momento café vietnamita ¿os lo había contado? Pues sí, aunque mi tocayo ha traído el otro negro, yo le sorprendo tras haberle dicho que se me había olvidado, ji ji.

Pero el tiempo apremia y tras disfrutar de unos momentos mágicos, decidimos salir y echar un vistazo a la ermita.

No sabría cómo explicar el momento en el que ambos miramos hacia una medio sepultada puerta, describimos mil rutas posibles para llegar a ella y sin palabras tomamos la misma decisión:

¡Es demasiado peligroso y lo mejor es volver!

No me siento mal, sé que hemos decidido lo correcto, aunque dentro de mi sé que no era lo que quería. Ni siquiera voy a bajar la mirada o lamentarme, la montaña es así y ella es la que toma la última decisión.

Si nos ha permitido llegar hasta aquí, vivir una aventura increíble y ofrecido el mejor de los climas, no debemos faltarle el respeto.

Saco el móvil y decido inmortalizar el momento con una breve grabación. Estamos seguros, felices y además, satisfechos.

Mientras nos giramos nuevamente hacia el refugio, siento la necesidad de volver la cabeza y mirar una última vez hacia aquella diminuta puerta verde, semi enterrada en la nieve y entonces lo comprendo todo.

Sí, estaba en lo cierto, tenía el título, tenía el viaje y tenía a Raúl, el verdadero peregrino.

Y sí, así lo había decidido el destino y dispuesto el Universo. Acababa de vivir el capitulo de el verdadero peregrino, lo había conocido en persona, lo había acompañado siguiendo sus pasos, lo había contemplado en su pasión por la vida y me había regalado su entusiasmo y amor por la montaña.

Ahora me siento en paz, tranquilo conmigo mismo y consciente de que la aventura no ha acabado aquí. Toca volver, primero completando la peligrosa vuelta que me aguarda. Después hasta Barcelona y finalmente, a casa.

Toca reponerse, hacer balance de todo lo vivido, valorar mi situación profesional y decidir si escribir un nuevo capítulo.

Me muevo, miro hacia el refugio y doy por terminada la visita a la Virgen de las Nieves, así, desde la lejanía infinita de lo imposible, desde lo más cercano que me ha permitido la montaña.

Es hora de volver, toca prepararlo todo para el descenso, dar las gracias y despedirse hasta muy posiblemente, una próxima vez, supongo que con mejor tiempo y mucha menos nieve, claro.

Una mirada al vacío

Estamos preparados, el tiempo es buenísimo y el sol luce como nunca.

Decidimos bajar sin raquetas ni crampones, queremos probar primero el estado de la nieve. Así que damos un pequeño rodeo al refugio antes de empezar el descenso. Hay demasiada nieve acumulada, calculo que supera el metro fácilmente.

De repente me paro en seco, acabo de recordar la inclinación de la pala que me espera, si noche era prácticamente vertical ¿Cómo narices voy a bajar?

Por un segundo, me bloqueo, pienso en que no podré hacerlo, quizá incluso tenga que esperar a que venga algún helicóptero a rescatarme. Instintivamente recuerdo una situación en la que una amiga con algo de vértigo, intentó hacer un pequeño rappel y se quedó paralizada. Fue una situación que a fecha de hoy me sigue poniendo la piel de gallina. Y no es el mejor momento.

Pero como te digo, sólo me dura un segundo. Al instante otro pensamiento me invade ¿Y si resulta que es genial? Si todos lo hacen, tiene que molar.

Me quedan tan sólo unos metros para llegar al principio de la pala, siento que el corazón empieza a bombear con fuerza una vez más, lo reconozco, estoy “cagado del miedo”.

Un paso más, dos, tres… ¡¡¡Guaaaaaa!!! Esto es un precipicio, ¡¡¡Voyyy…!!!

¡¡¡Qué pasada!!! Raúl tenía razón, clavar talón, esperar a hundirte hasta que la nieve se apelmace bajo tu pie, todo se detenga y dar el siguiente paso.  Es súper genial.

No paro de bajar, esto mola un montón. De verdad, nada que ver con la agonizante subida de anoche. No siento la mochila, no siento el peso de las botas, no siento el agotamiento. Pero mi temperatura corporal empieza a subir  rápidamente y el calor me ahoga. Es increíble el esfuerzo que estoy haciendo y de verdad, no lo siento.

Hacemos una primerísima parada técnica, clavo los palitos, dejo caer la mochila tal cual, con las raquetas bien sujetas esta vez en ella y me quito el plumífero, tengo el suéter chopado (mojado).

¡Madre mía! Tan sólo unos minutos y he sudado más que durante toda la travesía del día anterior.

Pese al sol, siento el intenso frío en el ambiente. Estoy perdiendo temperatura rápidamente, la cara, las orejas y las manos se me hielan también. Vuelvo a vestirme, esta vez con una camiseta térmica más potente y sin chaqueta. Es perfecto para lo que estoy haciendo, reanudamos el descenso.

Estoy emocionado, llevo la sonrisa de oreja a oreja, pero se me olvida clavar talón y resbalo. Primer aviso. No pasan dos minutos y siento que la nieve ha cambiado, es más dura, el talón de mi bota vuelve a resbalar, esta vez de manera lateral. Me asusto, desconozco totalmente esta técnica y una lesión parece más fácil de lo que imaginaba. Seguimos.

Nos adelanta un grupo de vascos, estos tipos son puras máquinas. Uno de ellos se hunde en la nieve e instintivamente aprieto con más fuerza los palitos, en breve pasaré por el mismo sitio y seguro que corro la misma suerte.

Llego y ¡Zasss…! ¡Hasta las orejas! En esta ocasión freno con el culo y la mismísima mochila, la culata ha sido impresionante.

Aprovecho para recuperar las fuerzas y tumbo los palitos en el suelo recordando la función de un esquí de travesía. Busco la parte más sólida y me apoyo haciendo fuerza en el sentido descendente de esta pala de nieve, logro salir y buscar una zona más segura donde espolsar la nieve y revisar todo el equipo. Creo que estoy seco, aunque en realidad me ha entrado algo de nieve en las botas.

No importa, mientras esté en movimiento, mis pies seguirán calientes. Seguimos avanzando, aumentamos el ritmo. Bueno, por momentos creo perder a mi compañero de vista, pero lo recupero.

Intento no molestarle con mis comentarios, pero de verdad, no puedo evitarle decirle una y otra vez que parece un conejo pegando saltos por la nieve. Sonríe y me anima a seguir. Sus pensamientos están lejos de aquí, una luna rota, el tiempo de vuelta ala entrada a Barcelona, creo que eso lo está agobiando.

13:15h. Hace unos minutos que hemos finalizado la parte más peligrosa del descenso, bueno, eso es lo que pensaba. El paisaje ha cambiado, empiezan a aparecer las primeras rocas cubiertas de hielo, ramas enterradas y los indeseables agujeros. Raúl ya me había comentado que en una ocasión cayó en uno de ellos y prácticamente estuvo a punto de desaparecer en su interior. Hay que recordar que una vez la superficie de la montaña queda cubierta por la primera capa de nieve, esta misma empieza a derretirse en su interior. Capa tras capa, los posibles agujeros quedan totalmente camuflados, siendo imposible detectarlos salvo que el peso del propio manto nivoso, algún animal o incluso uno de nosotros, pase por encima y rompa la falsa estructura.

Quizá seria algo así como construir un iglú bajo la nieve y pasar por encima sin saber que está ahí. ¿Te imaginas el susto?

Pues ese mismo susto me pasó la primera vez que llegué a este lugar y me dio por pasar por un gracioso charco de nieve. Me hundí como piedra en el agua y acabé sentado en el borde de una pequeña piedra, a mis pies, no podía ver el fondo.

Pasé tanto miedo que no sabía si respirar o directamente saltar hacia atrás. Sin experiencia, sin equipo y son mi amiga Mayte sin saber cómo llegar hasta mi. De verdad, esas cosas no se olvidan.

Como tampoco nos olvidaron todos aquellos que pasaban cerca del lugar y me veían tomando el sol en ropa interior y el resto tirado aquí y allá esperando a secarse, ji ji.

¡Qué espectáculo! Espero que nadie se acuerde de aquello.

Seguimos bajando, la gente ha abierto tantas huellas y están tan hundidas que decidimos hacer la nuestra propia. Acabo de descubrir que es más fácil pisar nieve virgen que agujeros apelmazados donde no se distingue el hielo de lo apelmazado.

Estamos felices, no podemos ocultarlo. Vamos saludando tantos los que nos adelantan como los que vienen de cara y empiezan su propia aventura. Mola.

Creo que ya estamos muy cerca del parking, pero no puedo seguir, ya no bajo de cara, me encuentro con una situación diferente, tengo que andar con una inclinación lateral y veo hielo. Golpeo con la bota y fabrico mi primer escalón, Raúl me lo enseñó anoche de subida y creo que puedo hacer algo parecido. Funciona. Me muevo despacio, primero un  palito, después el otro, ahora un paso y cambio mi centro de gravedad. Si me resbalo, no te cuento dónde pueden encontrarme. Por no decir cómo, claro.

Llegamos al río y la estructura de madera que anoche era un puente. Lo sigue siendo, pero no me fijo tanto. Sólo busco el hielo del amanecer y cómo superar esta peligrosa zona de rocas.

Llegamos al parking de la Besurta. Raúl se gira y me pega un nuevo abrazo ¿o me lo estoy imaginando mientras te escribo? Pues no lo sé, me da igual, estoy tan emocionado que deseo que fuese así.

A partir de este momento volvemos a caminar sobre la carretera, nevada, con una capa más fina y unas marcas hechas a modo de pista de esquí de fondo que marca la zona segura por la que transitar. Seguimos caminando y encontramos alguna placa de hielo, pero las evitamos sin problema. Estoy cansado, pero la inercia hace que no me detenga.

13:38h. Raúl se sale del camino para dirigirse hacia un árbol caído, no entiendo lo que busca. Se despoja del equipaje y empieza a trepar por él en busca de una posición cómoda, desde donde se pone a mirar las montañas.

Sin apartar la vista del horizonte y con suma delicadeza, sus labios empiezan a susurrar palabras que se funden con el viento ¿A que es preciosa?

Intento seguir la trayectoria de su mirada y tropiezo con una impresionante mole de piedra en cuyo vértice, un pico nevado destaca majestuoso de un paisaje de postal.

Ahora lo entiendo todo por fin, éste no era mi viaje, sino el suyo. Me siento feliz, estoy contemplando a un tipo que ama la Naturaleza, que es parte de ella y que ante todo, derrocha humildad. Siento que mis ojos se humedecen por un instante y una solitaria lágrima se precipita por mi casi helada mejilla.

Supongo que el sol me ha deslumbrado mucho por el camino, quizá. Bueno, no soy sincero, lo sé. Acabo de vivir una aventura de ensueño, he superado todos los límites que se han puesto en mi camino, sobre todo los míos propios, pensando que tenía mucho que enseñar he acabado siendo un aprendiz todo el tiempo, estaba seguro de que la historia iba enfocada al origen de mi proyecto que con este último asalto a la montaña podría terminar la crónica de la Virgen de las Nieves… Pero no, nada que ver.

Sonrío mientras contemplo el momento que está viviendo mi amigo y me doy cuenta de que soy un privilegiado. La escena es mucho más profunda de lo que pueda explicar con palabras o expresiones románticas.

Lo miro fijamente y tan solo soy capaz de encuadrar la escena con el teléfono móvil e inmortalizar el momento para siempre, de la mejor manea que sé, con un fotografía.

Estoy viendo al personaje que había imaginado para mi historia, aunque desde el principio pensé que era un servidor. Lo descubrí allí arriba, mientras daba gracias a la Virgen y lo miro una vez más ahora, mientras descubro que todo está en perfecta armonia. No alcanzo a explicarlo mejor.

14:02. Llegamos a la Cabaña del Pastor, pero sin detener la marcha. Revivimos la experiencia nocturna entre risas y comentarios divertidos, pero sin aminorar el ritmo. Llegar a Barcelona empieza a cobrar protagonismo. Llegamos al lago, nada que ver con lo que sentí anoche rodado de grandes e interminables paredes, hay un charco helado y aprovecho para hacer una foto más. Saludamos por segunda vez a un señor  de avanzada edad que recorre la pista de fondo. Uff, me siento pequeñito.

14:26h. Justo en mitad de ninguna parte, el camino es igual en ambas direcciones. Si me desorientase no sabría cual es el correcto, la verdad. Seguimos para bingo, la nieve es bastante dura y cómoda para mis botas. Hoy no he tenido molestias, espero que siga así hasta el final.

15:02h. Un padre enseña a su hijo a esquiar, la escena no nos deja indiferentes y animamos al chaval a seguir tras un par de caídas. Lo hace muy bien, la verdad. Debemos estar muy cerca del hotel.

Tras perder de vista a la familia, Raúl se detiene para cambiar el agua al canario, yo sigo y aprovecho la ventaja para grabar un video que inmortalice el único momento en el que tengo que esperar al colega. Se lo dedicamos a Metra Kilato, un gran montañero con el que nos habría gustado compartir este viaje y que espero conocer en persona my pronto.

Es curioso pero cuando el Universo se pone de acuerdo, todo empieza a tener sentido y las personas más afines a ti van apareciendo. Seguimos caminando, siento que estoy muy cansado, pero puedo seguir.

15:07h. Llegamos al final del manto nivoso para descubrir nuevamente el incómodo asfalto. Me siento torpe, andar con botas rígidas es muy incómodo en superficies así. Pero ya queda el último tramo y hay que superarlo como parte de la travesía.

15:18h. Llegamos al parking, casi no me he enterado ¿de verdad que tan rápido? Corremos a ver la raja del cristal y confirmamos que no ha seguido avanzando, tiramos las mochilas al maletero, nos cambiamos de calzado y además, nos fundimos en un abrazo, pero esta vez de campeones muy machos, ji ji ji.

Acabamos de finalizar una increíble, espectacular y un montón de cosas más que siento en estos momentos, Aventura.

No sé cómo voy a escribir todo esto, sin cobertura, sin poder compartir cada momento en el mismo instante que sucede, lejos de la civilización, sumidos en la nada de la montaña, sintiendo la pureza del todo, descubriendo que en realidad, esto es la VIDA… Ni idea, pero intentar, como que lo voy a intentar. ¿Quieres?

Nos ponemos en marcha y vamos de tirón nuevamente hasta Graus, en esta ocasión sea parada técnica será para llenar el depósito del coche y pegar un bocado rápido con las cosas que nos han sobrado. Pan en mano, un par de latas de naranjada, queso y algo de embutido completan el delicioso menú del día. No hay un alma en la calle y el frío es intenso. Decidimos volver a la gasolinera para tomar un último café y proseguir la marcha.

No hay más paradas, estamos agotados y ya sólo pensamos en la ducha que nos pegaremos al llegar a casa, cada uno en la suya, claro.

Los kilómetros suman rápidamente y los recuerdos afloran caprichosamente. Comentamos los momentos más peligrosos, también los más divertidos e imaginamos cómo pudieron ser otros tantos de haber tomado alguna decisión diferente durante la travesía.

Le confieso que estoy tan sorprendido como emocionado, responde con una sonrisa. Este tipo es pura luz, de verdad.

18:08h. Las últimas luces del día nos regalan un lienzo espectacular, los tonos rojizos salpican el horizonte y dibujan caprichosos líneas cruzadas e infinitas. No tardaremos en llegar a la ciudad y olvidar para siempre todo esto ¿O no?

Raúl Díaz.